No era un día más en Complejo Penitenciario Federal VI de Cuyo (en Cacheuta), el mismo en el que está alojado el ex juez Walter Bento. Con una tocata con tercer tiempo incluido, los internos de la Unidad Residencial Nº 3 despedían el año con la primera visita de jugadores de rugby de afuera. Ahí estábamos también nosotros, un grupo de voluntarios y una jueza.
Los 32 presos federales que viven apartados del resto y encontraron en el rugby una puerta de salida
Adoptaron el nombre de los Caciques de las cárceles provinciales. Ellos les llevan unos años de experiencia: hace siete se formaron imitando a los Espartanos de Buenos Aires, el primer equipo de rugby formado íntegramente por presos.
Los Caciques VI (por el número que identifica al complejo de Cacheuta) dieron los primeros pasos hace unos cuatro años pero recién hace dos que lograron constancia. Y hace apenas tres meses se transformaron en los primeros internos federales del país en tener un módulo propio y exclusivo para ellos.
Son 32. Ni uno más ni uno menos. Y hay lista de espera.
Es que no cualquiera puede formar parte de este selecto grupo que se da sus propias reglas de convivencia y que cuenta, entre otros, con un beneficio clave: no comparten celda. Es que, como decía, son 32 pero en una unidad prevista para 64. Y la intención del Sistema Penitenciario Federal es mantenerlo así mientras se pueda.
Lucas, el capitán
Lucas Di Pauli es el capitán de los Caciques de la cárcel federal de Mendoza. Como líder del grupo, nos autorizó a contar su historia.
Le queda exactamente la mitad de su condena por cumplir y unos cuantos desafíos por delante. Jugó al rugby hasta su adolescencia y sueña con volver a hacerlo afuera. Jamás imaginó que aquella pasión lo salvaría estando entre rejas.
Ese sentimiento se repite en cada uno de los 32 internos del pabellón, con quienes compartimos una tarde entre la ovalada y facturas preparadas por uno de ellos, después de que limpiaran el terreno de piedras para dejarlo lo más en condiciones posible para la primera tocata con invitados de afuera de su historia.
"Por un ratito no me sentí preso", confió uno en el tercer tiempo, terminando una jornada especial organizada por el profe Armando González; Juan Martín Bar, presidente de la ONG Caciques; la jueza del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Mendoza Nº 1, María Paula Marisi; y el subdirector del Instituto de Varones, que tiene a su cargo el programa Rugby e Inclusión, Fernando Fernández.
Con la 11 en la espalda, Lucas les agradece. A ellos, a la funcación Caciques y al Servicio Penitenciario Federal en general. Es importante para él que lo resalte. Pensó muchas veces la entrevista y no quiere olvidarse de nada ni de nadie.
►TE PUEDE INTERESAR: La Justicia federal compensó con dinero a una niña por el horror que le hicieron vivir sus papás
Di Pauli ganó musculatura dentro de la cárcel levantando bidones de agua. Trabaja en la herrería, junto a la mayoría de los internos de su pabellón. Allí están armando sus propias máquinas para el gimnasio. "Necesitamos donaciones porque nos falta material", aprovecha para contar.
Su cama está a la izquierda de una de las 32 puertas verdes de la unidad. Es la de abajo de una cucheta que ocupa la mitad de su celda, tiene una camiseta de Los Pumas que le regaló su papá.
Las paredes están pintadas con frases religiosas pero no son de él. Venían con la celda que antes perteneció al pabellón de mujeres (que ahora tienen su propio edificio) y eligió dejarlas.
No tiene fotos. Tiene la suerte de que su familia lo visita todas las semanas. Una vez cada siete días, los internos pueden recibir familiares o amigos por 120 minutos. Los esperan en un sector especial, que cuenta con un patio en el que hay juegos para niños. Pueden compartir una merienda, un mate y charlar un buen rato antes de volver al pabellón.
Como capitán del equipo es uno de los que más pilas le pone al programa. Con el subcapitán pregonan las normas de conducta que hay que seguir para permanecer entre los 32. También lo hablan con los que no están, con esos con los que se cruzan solo a la hora de trabajar o de estudiar.
Arreglar los conflictos hablando y no con violencia es una de las principales. No tener ningún elemento prohibido es otra. Respetarse entre internos y a los penitenciarios es clave. También tienen que cumplir con una jornada de trabajo, otra de educación, una de gimnasio y un momento espiritual, previo al entrenamiento de cada viernes.
No es nada fácil ser tolerante entre cuatro paredes. Tampoco lo es para los penitenciarios federales, que van rotando de provincia en provincia y puertas adentro del complejo cumplen una doble función: la de seguridad y la de tratamiento.
Por eso, para todos, este pabellón en el que están solo 32 de los 696 internos que hay en total, es una especie de respiro.
Voluntad y autoexigencia son otras de las dos palabras que sonaron no solo en boca de Di Pauli sino también en la de los chicos de la ONG Caciques, encargados de los momentos espirituales del programa.
Juan Bar, Candelaria Martín, Trinidad Bar y Pilar Fernández entran a la cárcel federal todos los viernes. También lo hacen en los complejos provinciales.
Ellos llegan a conocer algunos de los pensamientos más profundos de los Caciques. Con ellos se abren, se imaginan afuera, se reprochan lo hecho, hablan de recuerdos y se proponen metas, cortas y largas.
Claro, nada es color de rosas ahí adentro. Y cuando uno mete la pata e inclumple alguna de las reglas, se sienten frustrados como grupo. Hay que estarles encima. "Son como niños: si tienen mucho tiempo solos para pensar, se mandan alguna", ejemplifica siendo suave una de las autoridades del penal.
El 80% de los internos de la cárcel federal está allí por narcotráfico. También hay presos por contrabando, secuestro, facturación trucha, lesa humanidad, lavado. No hay un sector de "peligrosos" y, aunque hubo un crecimiento importante de ingresos en los últimos meses, todavía el complejo, que es relativamente nuevo (2018), no está completo.
Tolerancia
Parte del proceso de cambio incluye dejar las adicciones, un flagelo común en la cárcel.
Cuando dejan de consumir, cambia no solo la relación con sus pares y con la autoridad sino también con sus seres queridos. La familia lo siente. Son muchos los que a partir de ello pueden perdonarse y perdonar.
"Con el primer tackle me saqué ocho años de cárcel", dijo alguna vez uno de los Espartanos. Así se siente jugar al rugby entre rejas. Por eso pelean contra sus fantasmas internos para no dejar de pertenecer. La vida pasa por estar o no entre los 32.
Se ríen. Se putean. Se revuelcan y se lastiman. Compiten. Se abrazan.
No. No lo estoy romantizando. Cuento solo lo que vi en apenas dos horas de juego.
Y lo cuento porque también vi a los otros. A los de la unidad que está separada de la Nº 3 solo por un pasillo. Con su rostro y sus manos pegadas al vidrio cubierto de rejas nos miraba un interno. Otros dos intentaban pispear también. Esa es la otra realidad. La del que no está. La del que no logró meterse entre los 32. La del que no juega en el patio ni comparte gaseosas y facturas con nosotros. Y es triste.
Tolerancia. A la frustración y a la espera. Es el principal logro que los penitenciarios ven en los internos que juegan al rugby y participan del programa. Ellos los conocen bien y los notan mejor.
Remarcan esa capacidad de espera porque no es natural en alguien que está encerrado 24/7. 10 minutos para el que está adentro es una hora; una hora es un día; y un día es una eternidad.
"El rugby es el medio y el objetivo es la reinserción", cuenta Juan Martín Bar, líder de la ONG Caciques. El programa tiene cuatro pilares: el rugby, el trabajo, la educación y lo espiritual. Está estudiado y probado. Funciona.
Los Espartanos resaltan, por ejemplo, que hay un 65% de reincidencia entre los que no participan de Rugby e inclusión; mientras que se reduce solo a 5% entre los que sí. Así de abismal es la diferencia.
A la jueza Marisi se le cae alguna lágrima cuando habla de superación. Intenta que no me dé cuenta pero no es buena para disimularlo.
Muchos de los que están en el pabellón de los Caciques tienen una condena que lleva su firma; y con el programa que impulsa con insistencia -y para el que consigue camisetas, banderas y hasta tierra para aminorar los efectos de las piedras de la "cancha"-, la intención es que no vuelvan a pasar por el banquillo de un tribunal.
Que salgan del penal y sean afuera la mejor versión que de ellos mismos puedan ser.
Cuando aún no se define si los Vikingos, Paso a Paso o algún otro de los equipos se quedará con el torneo de tocata, nos toca partir.
Pasamos otra vez por cada una de las puertas de seguridad, por pasillos con olor a encierro, por el detector de metales. Miramos por última vez el viñedo que trabajan los internos. Saludamos a los que revisaron cada bolsillo, bolso y material tecnológico que entramos. Y escuchamos el sonido del portón al cerrarse.
Se siente como una cachetada. Subimos nuestras cosas al auto y nos juramos siempre tenerla presente para no caer del otro lado.
*Si querés colaborar podés escribir al 2614708765 o al Instagram @caciquesmdz













