*El siguiente relato fue extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
El 22 de julio de 2019 falleció Agustina Elcira Corvalán de Vera. De sus 92 años, 42 los pasó intentando obtener una respuesta por la desaparición de su hijo, una lucha que comenzó en la madrugada del 6 de diciembre de 1977.
Rodolfo Osvaldo Vera y Mirtha Hernández estaban felizmente casados. El año 1976 agonizaba y él cursaba el segundo año de arquitectura en la Universidad de Mendoza. Su compromiso social era tal que no sólo militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista e integraba el Centro de Estudiantes, sino que también ayudaba a personas necesitadas en distintos barrios.
Para diciembre de ese año ya había recibido varios avisos. Allanaron ilegalmente el departamento donde vivía en Godoy Cruz, por lo que decidió mudarse con su pareja a Rivadavia.
Insatisfechos, los represores fueron hasta la casa de sus padres y suegros. Hasta destruyeron una pileta pensando que escondían armas de fuego debajo de ella.
Varias veces la suerte estuvo de su lado. En una ocasión circulaba con un amigo en una camioneta. Justo cuando se bajó a comprar mercadería, un grupo militar se llevó el vehículo con conductor incluído -estuvo detenido hasta 1980-.
Promediaba septiembre del 77 y, con las cosas un poco calmas, Rodolfo y Mirtha decidieron volver a Mendoza. Tres meses después, la fortuna se acabó.
El joven, que tenía 27 años para ese entonces, fue secuestrado en una mimbrería donde vivía y que por las noches hacía las veces de sede para reuniones de militantes. Horas después, una llamada anónima le avisó a Agustina lo último que sabía de su hijo: había sido desaparecido.
Mirtha, que no tenía actividad política pero sabía que a los represores eso le importaba muy poco, escapó a Mar del Plata. Allí tampoco encontró la paz: una noche debió esconderse en una zanja para zafar de un operativo militar.
Ya en 1979 regresó a Mendoza y comenzó a investigar. Esto le valió varios días de detención en el centro clandestino D2. A excepción del resto que corría ese destino, no fue torturada pero sí debió darle clases de matemáticas a los uniformados que se desempeñaban en ese lugar.
Recuperó su libertad pero sin documentos. Recién en 1984 pudo recuperarlos y comenzar a trabajar como docente. En su primer bono de sueldo le descontaron los honorarios del abogado que contactó para encontrar a su marido pero que la terminó entregando a las autoridades.
Rodolfo siguió vivo en ella. Y en Agustína, quien se convirtió en una de las líderes de las Madres de Plaza de Mayo en Mendoza. Hasta los últimos días de su vida estuvo presente en las recorridas que realizaban en una plaza céntrica, 42 años después, diciendo presente en nombre de su hijo.

