*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
La "ratonera" es un juego infantil que, básicamente, consiste en atrapar a un ratón. El mismo nombre adoptaron los represores, pero de forma perversa.
Los militares le llamaban de esta forma a uno de sus tantos modos de operar. Consistía en ingresar a un domicilio, esconderse y esperar la llegada de las víctimas.
Así ocurrió el 9 de abril de 1977. La casa estaba ubicada en Doctor Moreno de Las Heras. Allí tenían la información de que vivían Manuel Alberto Gutiérrez (23) y María Eva Fernández (24), junto a su hija de 5 años. Pero también buscaban un premio mayor, Juan Manuel Montecino, aquel joven militante de 26 años que desde el año anterior se les escapaba de las manos, pese a que habían realizado operativos en su propiedad.
Las tareas de investigación habían sido fructíferas. Hombres disfrazados con mamelucos o vestidos de linyeras habían merodeado la zona días antes.
Esa jornada, Eva salió de su casa a las 9. Dejó a su hija con un vecino, como solía hacer cuando necesitaba interrumpir sus tareas de ama de casa para realizar algún trámite y su pareja estaba trabajando como chofer de Coca Cola. Eva nunca regresó.
Horas después de que fue vista por última vez, varios autos y represores disfrazados de civiles llegaron al lugar. Golpearon la casa de los vecinos pidiendo la ubicación de los dos hombres y las llaves de su hogar. Hasta que dieron con la pequeña de 5 años. No importó la edad. Le apuntaron en la cabeza y le sacaron la llave.
Cerca de las 13.30 llegó Alberto. No alcanzó a arribar a su casa que lo interceptaron en plena calle. Lo golpearon y lo subieron a un auto. Alberto nunca regresó.
Pero faltaba el más buscado. Y fueron pacientes. Jugaron a la "ratonera". Seis se quedaron escondidos en la cocina. Minutos antes de la medianoche, llegó Juan Manuel. Tuvo una leve sospecha de la situación, por lo que prefirió silbar antes de ingresar. Simulando ser Alberto, uno de los secuestradores le dijo que pasara.
Golpes. Gritos. Interrogatorio. Forcejeo. Y engaño. Lo arrastraron hasta la vereda pero uno de los militares mostró compasión. "Te soltamos. Dale, andate". Juan Manuel alcanzó a correr 60 metros.
Tal vez en esos segundos pensó en su esposa y su hijo. A ambos los había dejado en General Alvear para que no sufrieran el mismo destino. Tal vez en el mismo momento que escapaba mientras imaginaba volver a abrazarlos fuerte sintió los disparos. A los minutos lo subieron al baúl de un auto. Juan Manuel nunca regresó.

