Por Gisela Emma Saccavino
Aballay, uno de los cuentos de Antonio Di Benedetto, fue llevado al cine es uno de los estrenos de cine la semana en Mendoza. Entrevista con el director.
Western de gauchos

Fernando Spiner estrenó la versión cinematográfica de Aballay, un cuento de uno de nuestros más brillantes –aunque no reconocidos– escritores: Antonio Di Benedetto.
El cuento mendocino que renovó la literatura gauchesca ha sido transfigurado en un “western gauchesco”, Aballay, el hombre sin miedo, un neologismo acuñado por el propio Spiner, quien ha demostrado ser un director osado en filmes como La sonámbula o Adiós, querida luna.
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La historia tiene como eje a un gaucho impiadoso que busca redimirse y al que la mitología popular ha convertido en una especie de santo. El hijo ya adulto de una de sus víctimas, que sólo recuerda su mirada cruel y el crimen que cometió, busca venganza y no se detendrá hasta encontrarlo. El gaucho sanguinario que un día dejó las tropelías para montar un caballo y no bajarse jamás lo espera.
En un principio Spiner intentó filmar la película, que fue premiada en la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata, en escenarios mendocinos, lo que implicaba además un modo de honrar la tierra de Di Benedetto, pero no consiguió el aporte financiero de la Provincia. Perseverante, el realizador encontró en los Valles Calchaquíes, particularmente en Amaicha del Valle, las locaciones ideales. Y fue el gobierno de Tucumán el que le dio el apoyo.
–Cuando decidiste filmar Aballay recurriste primero al apoyo de Mendoza...–Sí, la verdad es que quería filmar la película allá, primero por el espíritu de Di Benedetto, y después porque allí encontré locaciones muy importantes. Pero bueno, teníamos fechas muy precisas, acuerdos con los actores y con el Incaa, por lo que necesitábamos definirlo con cierta premura, y por ahí la gente del Gobierno que fue nuestro interlocutor en ese momento tenía otros tiempos, por eso no logramos un apoyo del que teníamos expectativas, porque la coyuntura no nos ayudó, y al mismo tiempo apareció el apoyo de Tucumán. Encontramos ahí también locaciones muy interesantes. Finalmente, tomamos la decisión de ir a filmarla a los Valles Calchaquíes.
–¿Y cuándo surgió esta idea?–Hace ya 20 años que estoy con este proyecto, pero los contactos iniciales los habré tenido en 2007, la verdad que tengo un recorrido tan grande con la película que no te puedo dar fechas precisas.
–Resulta un poco paradójico leer, en el inicio de la película, la leyenda “con el apoyo del gobierno de Tucumán”, siendo que el filme está basado en un cuento de nuestro escritor más importante...–Entiendo lo que decís, es difícil, entiendo la coyuntura, además a veces es difícil medir la potencialidad de un proyecto. Igual quiero rescatar que en esta ocasión, a través de la gestión de Valeria Roig, la gente del Gobierno me invitó y me apoya con una función especial.
–¿Lo sentís como una especie de reivindicación?–Puede ser, estoy agradecido a Valeria, a quien conozco porque trabajó conmigo en La sonámbula y enseguida se puso a disposición. Imaginate que soy el primero que hubiera querido que Mendoza aportara en el proyecto y participara en la producción, pero no me interesa reclamar nada porque no es mi lugar. Además, ahora estoy siendo invitado y de algún modo me están dando un lugar, así que agradezco el apoyo en este estreno nacional.
–¿Cómo fue el proceso de adaptación de las locaciones?–El cuento habla de lugares como Jáchal y el Norte de Mendoza, pero la ambientación, la época y el lugar donde transcurre no son la cuestión, porque lo central está en ese asesino que está torturado por la culpa de haber matado. Es el corazón de este cuento que está extraordinariamente escrito; Di Benedetto es un escritor maravilloso, de los más importantes de la literatura argentina, pero no ha llegado todavía al público. Por eso una de las expectativas que tengo es que la película ayude a que su obra sea más popular.
–Me decías que el acento en el cuento está puesto en el planteo existencial...
–Claro, para nosotros fue un punto de partida muy interesante, porque hace muchos años que tenía ganas de hacer un western, un género tan genuino a nuestra propia historia, de violencia, de la ley del másfuerte, de territorios a conquistar, y además porque me interesaba incursionar en lo gauchesco, un género que hasta este momento había sido mas propio de la Pampa Húmeda, y que está muy ligado a nuestra literatura e incluso a nuestro cine. En este caso quería irme a otro lugar a probar otro tipo de gauchesca, y fue muy interesante lo que encontré en Amaicha, y lo tomé como una verdad para la película, porque es lo que revitaliza un poco el género.–Amaicha es un pueblo ancestral...–Es increíble, la verdad que allí tuvimos una historia muy linda con la comunidad originaria, nos reunimos con el cacique y el consejo de ancianos y nos llevaron a unos lugares secretos con una potencia visual alucinante. Ellos fueron una especie de aliados que nos ayudaron mucho, incluso participaron en la peli y la hicieron bendecir a la Pachamama.
–O sea que se te cerraron unas puertas pero se abrieron otras inesperadas...–Sí, a veces hay que dejarse llevar y las cosas toman el camino que tienen que tomar. Por eso para mí ir a Mendoza el día que Aballay se estrena en toda Argentina de alguna manera salda y reconcilia el proyecto con Di Benedetto, cosa que para nosotros es fundamental. Me alegra estar en Mendoza y me llena de orgullo poder presentarla allí, porque mi respeto por el autor es muy grande. Igual tengo
claro que lo mío es otra cosa y que, afortunadamente, la obra de Di Benedetto no la puedo arruinar, porque está ahí para siempre. Aballay es un pico de nuestra literatura y la película lo respeta y lo reinventa. Creo que lo que nos une es ese punto de vista tan especial. Él es para mí un motivador al que yo admiro. Un autor digno de las filas mayores: Antonio Di Benedetto padeció –al menos en cuanto al nivel de reconocimiento– el hecho de nacer en un planeta tristemente llamado “Interior”, identificado con una gran nación postergada, Latinoamérica. Talvez sea esa la causa de que hoy no figure entre las filas del canon del sistema literario, al que pertenecen autores de otro planeta, al que podríamos identificar como “Buenos Aires es Argentina”, como Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Sin embargo, la potencia de su narrativa existencialista pudo más y algunas de sus obras más emblemáticas, como la novela Zama o el cuento que hoy es llevado al cine porFernando Spiner, Aballay, cruzaron las fronteras, y recién ahí fue reconocido por esa nación en que “atiende Dios”. El hecho de que hoy miles de argentinos tengan la posibilidad de llegar a su obra a través del cine, tal como ocurrió en 2006 con Los suicidas, enorgullece a su director, y por supuesto, a los mendocinos.