Una luz tenue invadía el escenario del Teatro Independencia y ahí en reposo, casi inmóvil, envuelto en penumbras estaba Luis Machín esperando que, poco a poco, las butacas del recinto se llenen de testigos. El Mar de Noche es la magnífica obra que interpreta el actor, un trabajo en conjunto del autor Santiago Loza y el director Guillermo Cacace. Esta pieza teatral nace de dos textos: De Profundis, de Oscar Wilde y Muerte en Venecia, de Thomas Mann.
Una historia que te lleva a la intimidad del detalle, la intimidad del dolor, de un dolor profundo que traspasa el alma de una persona lastimada por un desamor. Ese desamor producto de un amor no correspondido, un amor invisible, pero doloroso y eterno.
Solamente un sofá basta para que el actor se sumerja en este personaje que relata de manera minuciosa cómo su alma está destrozada y su depresión lo oprime en el dolor. Afuera de esa habitación de hotel, está la alegría brasileña, el sonido del mar y algarabía de una sociedad feliz, pero adentro solamente está este hombre sufriendo por una traición amorosa que describe poco a poco en su relato.
En ese texto, minuciosamente escrito, no se aprecia ni odio, ni bronca y no hace falta ningún grito, exabrupto y ni siquiera un llanto intenso para entender el dolor de ese hombre. Poco a poco se va desgastando y hundiendo en el olvido que resulta de la derrota que ha sufrido en su vida.
Una derrota que hace que se vaya desgranando sobre el sillón en donde estaba reposando, casi inmóvil como un ovillo. Él y su alma se entregan por completo a la oscuridad, al dolor y al entender que esa derrota, ese fracaso amoroso, culminarán para siempre con su alma. Y allí, en su cuerpo, solo quedará el recuerdo de esa batalla perdida.
