Los delincuentes camuflados de hinchas vienen ganando el partido desde hace demasiados años y no es porque a la sociedad le falten "arqueros". Faltan, en todo caso, "árbitros" honestos.

Siguen ganando los violentos

La violencia no es justificable. Nunca. Que se diga que fueron "40 estúpidos" los que arruinaron una fiesta del fútbol no exculpa a los violentos de siempre.

Si la cifra era tan pequeña, más en evidencia queda la impericia de quienes desde la seguridad debían velar por todos aquellos que fueron a disfrutar de la final del Torneo Vendimia.

Apesadumbrado, un funcionario mendocino lo reconoció sin medias tintas: "Una vez más los violentos nos han ganado". El problema es que estos delincuentes camuflados de hinchas vienen ganando el partido desde hace demasiados años y no es porque a la sociedad le falten "arqueros". Falta, en todo caso, "árbitros" honestos que hagan cumplir la ley.

Lo ocurrido tras el encuentro entre Godoy Cruz e Independiente Rivadavia, con butacas destrozadas utilizadas como temibles armas, no hace más que reafirmar que en esas condiciones es inviable que las hinchadas visitantes vuelvan a acompañar a sus equipos.

La impunidad es el principal reaseguro de los violentos. Saben que no van a terminar presos ni tendrán que pagar con trabajo comunitario la rotura de las instalaciones de un estadio que pertenece a Mendoza.

Probá, en un rapto de furia, arrojar una silla en un bar. No dudés: a los dos minutos vas a tener en la puerta a un móvil policial esperándote para trasladarte a la comisaría más cercana.

En cambio, el barrabrava, aquel al que poco le importa el amor por una camiseta ni la belleza implícita en un deporte como el fútbol, siente que tiene vía libre para detonar una batalla aunque el partido en cuestión sea apenas un amistoso, como el del martes en el Malvinas Argentinas.

Pueden cambiar los colores, las canchas, el tamaño de la hinchada, la ubicación en la tabla, los torneos y las categorías, pero lo que se mantiene -al menos en el fútbol argentino- es el peso que un determinado grupo tiene sobre el resto de los asistentes y que puede transformar un simple partido en una tragedia. He ahí su triste poder.

De los hechos en el estadio mundialista hay imágenes de sobra. Alcanza para detectar a los violentos, juzgarlos y hacerles pagar los destrozos. No hacerlo sería seguir prohijando a estos personajes siniestros y defraudando a quienes todavía creen que las leyes están para cumplirlas.