Atrás quedaron los años dorados del consumo de vino. Cuando en el país era la bebida infaltable en la mesa, en el encuentro familiar, en las reuniones sociales, en el bar, en la juntada de amigos, la compañía de la soda ayudaba a refrescar el trago y a rebajar el alcohol para hacerlo más digerible.
Cuentan que hace algunas décadas llegó a consumirse cuatro veces más que ahora cuando la curva descendente muestra la caída año tras año. Es evidente el cambio de hábitos cotidianos y en las tendencias del consumidor como en la forma de relacionarse con la "bebida nacional". Hoy mezclar el vino con la soda o hielo parece un sacrilegio a la hora de beber un trago ya sea en público o en el ámbito privado, y peor intentar mezclarlo con otra bebida como la Coca; un prurito que obviamente no sobrellevan otras bebidas que le compiten.
Hoy el vino se la tiene que bancar solito en la pugna por congraciarse con el consumidor de bolsillos menguados, y sin el presupuesto sideral con que invierten en publicidad las multinacionales competidoras.
A pesar de los cambios en los hábitos, costumbres y organización social, el vino sigue teniendo oportunidades y el potencial que le dé larga vida a la industria. Se trata de una bebida versátil como pocas, que se adapta a diversidad de gustos, situaciones, ocasiones y bolsillos. En el noble producto, desde los más básicos hasta los más glamorosos de nuestra tierra, se encuentra un buen vino presto a adaptarse a paladares sencillos o más complejos.
Pero el titánico desafío hoy es comprender integralmente al consumidor para innovar en el producto, en el envase, en los puntos de contacto. Al mismo tiempo acentuar la inversión en la promoción del vino sin apuntar a la sofisticación que aleja al consumidor.
Hay mucho para replantearse en torno de la bebida y de la industria vitivinícola en general, que contiene en su seno desde una atracción creciente para viajeros exigentes y expertos del mundo, a través del enoturismo, hasta a sufridos viñateros que buscan sobrevivir a los castigos naturales y económicos.
Si no se consume o exporta, sobra
En esta coyuntura, con un mercado interno deprimido por la baja del consumo, por razones económicas y culturales, el vino está sobrando. Las buenas cosechas generales, en vez de celebrarse provocan sobrestock que debe ser enfrentado con políticas urgentes.
En eso están los representantes de los sectores vitivinícolas junto al Gobierno para ver cómo se financia la cosecha y qué se hace con el producto. La discusión se trasladará a la Legislatura donde deberán encontrarle la vuelta sin las mezquindades propias de la previa electoral.
Después, con tiempo, habrá que trabajar en políticas de fondo para que los ciclos cambiantes no se sigan llevando puesto a más actores de la vitivinicultura, porque la provincia necesariamente debe preservar los equilibrios territoriales.
Por su parte, la Nación debe atender sin dilaciones la situación de las economías regionales, que en el caso de la vitivinicultura no alcanza con el anuncio del mínimo no imponible en cargas patronales.
Ya es histórico el clamor en temas como las retenciones, reintegros a las exportaciones, costos incrementados por la inflación, logística, financiamiento, la postergada ley de uso de jugos naturales, y un largo etcétera que debe resolver la política macroeconómica.
A eso se suman otros problemas estructurales del sector, como la tendencia a la concentración y la comercialización y distribución que se lleva una gran porción de la torta.
El otro tópico fundamental que no debe subestimarse es la inversión en investigación e innovación para estar a tono con los mercados, en sintonía con los consumidores y ser competivos en el mundo.
Son muchos los asuntos como compleja es la trama vitivinícola. Son diversos los actores y variados los intereses. Habrá que ponerse de acuerdo con urgencia en esta coyuntura crítica y seguir trabajando en el largo plazo aprovechando las instituciones que han sabido consolidarse y ser modelos para otros sectores, aun con desaciertos.
Y trabajar estratégicamente para que pronto podamos brindar con un buen vino en el que apreciemos su "color intenso, su aroma sensual, sus dulces taninos en boca e interesante final". O, por qué no, con un resfrescante vino con soda. Por la vitivinicultura argentina, salud.
