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Análisis y opinión

Paren ya la inflación

Editado por Carlos Hernández
hernandez.carlos@grupoamerica.com.ar

Es imperioso que todos los cañones apunten sin perder más tiempo a frenar el actual ritmo inflacionario. Con cada punto que aumenta el costo de vida más gente se queda con hambre, en la misma proporción.

En un país que se precia de producir alimentos para abastecer al mundo es escandaloso que millones de habitantes no alcancen la canasta básica alimentaria.

Con urgencia el Gobierno debe tomar medidas que vayan más allá de la pulseada entre el dólar y la tasa de interés. Mientras se entretienen en este jueguito esquemático, los precios siguen indiferentes a la recesión, subiendo sin parar.

Se avecina un trimestre en el que se espera el ingreso estacional de dólares por la liquidación de la cosecha gruesa, más la plata del Fondo para subastar en el mercado sesenta millones diariamente. ¿Y con eso qué? Los precios van a seguir subiendo, porque está demostrado que en Argentina la inflación no para ni con el dólar planchado ni con caída del PBI. Los comerciantes venden cada vez menos, pero los productos se encarecen sin parar. Vivimos sumidos en la estanflación.

A las explicaciones basadas en teorías económicas, a los planteos monetarios y a otros tantos esbozos argumentativos hay que enmarcarlos en causas estructurales propios de la realidad argentina. Setenta años de tradición inflacionaria sellan una marca que nos distingue negativamente de los países normales del universo.

Hay inflación motivada por múltiples razones: algunas derivan de las políticas macro coyunturales, otras se basan en la estructura económica histórica, y también por deformación cultural conformada a través del tiempo, pues se gatillan remarcaciones hasta por si acaso.

Venimos desde hace años con una fuerte tendencia a la concentración de empresas que no se modificó tampoco durante los años del kirchenismo en el poder. La inversión para estimular la producción y la competencia es exigua. Buena parte de los ingresos del Estado se han despilfarrado en gastos innecesarios sin reparar en el déficit fiscal. Mucho de lo que se recauda va a parar a los servicios de una deuda que ha financiado la renta financiera y la fuga de capitales. La mala praxis de los gobiernos de turno no han modificado el status quo.

Existen variados productos importados y de exportación que dependen de la cotización del dólar y de los precios internacionales. Otros tantos tienen valores acordes a la oferta y la demanda del mercado interno, pero con formadores de precios oligopólicos. A eso hay que agregarle el "costo argentino" por la presión impositiva, el sistema financiero absurdo, los gastos desproporcionados en servicios, logística, litigios laborales, los costos de la corrupción, entre tantos otros factores que afectan a las pymes y a los consumidores.

La intermediación que se lleva la gran tajada entre lo que recibe el productor primario y lo que paga el consumidor implica una brecha que supera las cinco veces.

Todo va conjugando un mix entre altos costos y aumentos constantes de precios, donde unos pocos ganan y la inmensa mayoría pierde.

INJUSTICIA SOCIAL

No se han aplicado en años políticas que atacaran la pobreza enfocada como fenómeno multidimensional y no sólo por ingresos, ni aun durante el período de fuerte crecimiento durante la "década ganada". Y ahora todo empeoró al punto de que el 32 por ciento de la población no llega a la canasta básica total y casi la mitad de los niños de hasta 14 años es pobre. Un rotundo fracaso de todos los gobiernos.

Es urgente la intervención del Estado mediante políticas activas. Es momento de que el Gobierno llame a los sectores y no se quede esperando los resultados dudosos de una estabilización que no logra plasmar.

Así como ha volcado recursos a la contención social, siempre insuficientes, debe entender lo delicado de la situación que también está horadando a la clase media.

El Estado debe estar ordenado y equilibrado, pero nunca ausente.

La toma de decisiones debe ser coherente, previsible, generadora de confianza. Es la forma de generar expectativas favorables para que los actores económicos prevean que llegarán tiempos de producción competitiva, generación de trabajo, distribución equitativa, inclusión social. Es la base para apostar a un país donde la gente viva sin tanto sobresalto, pueda comer todos los días y acceder a los servicios esenciales.

La situación exige una actuación a fondo y no sólo pensando en llegar a las elecciones de octubre.

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