El auge de la industria manufacturera china: oportunidades globales

Según el autor, los términos “China Shock 2.0” y “China squeeze”son solo etiquetas sin pruebas, y su popularidad dice más sobre el orden internacional actual que sobre China

El lenguaje utilizado para describir a un país nunca es completamente neutral. Influye en la selección de los hechos, la atribución de responsabilidades y las políticas que finalmente se consideran aceptables. Por eso, la reciente popularidad de los términos “China Shock 2.0” y “China squeeze” merece un análisis más detenido.

El primero sugiere que China busca dominar las industrias tecnológicamente avanzadas, incluidos los vehículos eléctricos, las baterías y los equipos solares. El segundo sostiene que China no ha abandonado la manufactura intensiva en mano de obra, a pesar de haber ascendido en la escala tecnológica, lo que reduce el espacio disponible para que los países más pobres se industrialicen.

El problema de estas afirmaciones es que intentan convertir las presiones económicas específicas que enfrenta un país en una acusación general contra la capacidad productiva de China. Es poco habitual que se reproche simultáneamente a un país por tener éxito en la manufactura avanzada y por seguir siendo competitivo en las industrias tradicionales. La implicación subyacente es que China no debería ni avanzar ni permanecer donde está.

Describir la transformación actual como un “shock” también implica que la competitividad industrial de China surgió de repente. No es así. Es el resultado de varias décadas de inversión en infraestructura, educación, formación técnica, investigación científica, planificación industrial y logística.

El país ha construido densas redes productivas en las que los fabricantes de componentes, las universidades, las instituciones de investigación, los operadores logísticos y las plataformas digitales interactúan con los productores finales. Las empresas que buscan mejorar sus productos pueden obtener nuevos componentes y reorganizar la producción en un período notablemente corto.

La escala importa, pero también lo hacen la coordinación y la capacidad de convertir el conocimiento en producción.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) afirma que los vehículos eléctricos chinos tienen una ventaja significativa en términos de costos frente a los fabricados en las economías avanzadas. Gran parte de esta diferencia se debe a la eficiencia, la automatización y el acceso a cadenas de suministro integradas.

Quienes acusan a China de “sobrecapacidad” pasan por alto una cuestión fundamental: ¿cuáles son las necesidades mundiales en materia de transición verde? Una gran parte de la población mundial todavía carece de acceso a una infraestructura energética adecuada y el mundo está muy lejos de cumplir sus compromisos climáticos.

Según la AIE, en 2025, el despliegue mundial de baterías de iones de litio fue seis veces mayor que en 2020, mientras que los precios promedio de las baterías disminuyeron un 8%.

La escala manufacturera y el progreso tecnológico de China contribuyeron significativamente a esta reducción. Su industria solar también ha ayudado a que las energías renovables estén al alcance de países y comunidades que antes no podían permitírselas.

Desde la perspectiva del Sur Global, la disponibilidad de tecnologías asequibles no es una cuestión secundaria. Puede determinar si la modernización ambiental sigue siendo una aspiración o se convierte en una realidad.

El argumento de la denominada “China squeeze” es más difícil de fundamentar porque se basa, en gran medida, en un escenario hipotético. Presupone que, sin la presencia de China, otros países de ingresos bajos y medios habrían conquistado los mercados que actualmente abastecen los fabricantes chinos.

Sin embargo, la producción no se habría trasladado automáticamente a cualquier país con mano de obra más barata. Antes de iniciar o ampliar sus operaciones en un país, las empresas también consideran factores como el suministro de energía, la infraestructura de transporte, el acceso a financiación, la capacidad tecnológica, la cualificación de la fuerza laboral, la previsibilidad regulatoria y el acceso a los mercados. La automatización ha reducido aún más la importancia de los costos laborales en estas decisiones.

Por lo tanto, culpar a China y a sus exportaciones de los desafíos que enfrentan algunos países en desarrollo para ampliar su manufactura de baja calificación puede resultar políticamente conveniente, pero es insuficiente desde el punto de vista analítico.

Incluso podría desviar la atención de las reformas internas necesarias y de las desigualdades internacionales arraigadas que han limitado la industrialización del Sur Global durante décadas.

La popularidad de los términos “China Shock 2.0” y “China squeeze” dice más sobre el orden internacional actual que sobre China.

Durante mucho tiempo, el poder industrial y tecnológico estuvo concentrado en unas pocas economías occidentales. El ascenso de China ha cambiado esa situación. Lo que a veces se presenta como temor a la “sobrecapacidad” de China refleja, en realidad, la incomodidad ante un mundo en el que las capacidades productivas y tecnológicas están más ampliamente distribuidas.

No resulta completamente inesperado que el rápido desarrollo industrial de China se haya convertido en objeto de debates críticos, pero las discusiones deberían comenzar con pruebas y no con etiquetas. La competitividad no es una conducta indebida y el éxito industrial no debería tratarse como una ofensa contra el sistema internacional.

De hecho, la capacidad productiva de China puede contribuir al desarrollo de otras sociedades. Por ejemplo, los fabricantes chinos no solo representan una gran proporción de las ventas de vehículos eléctricos en Brasil gracias a los precios asequibles de sus productos, sino que también han establecido plantas en ese país. Allí integran las tecnologías chinas con las fortalezas de Brasil en materia de biocombustibles para desarrollar vehículos que respondan a la demanda del mayor mercado automotor de América del Sur.

En última instancia, la pregunta clave para los países no debería ser cómo impedir que China tenga éxito, sino cómo aprovechar esta oportunidad para impulsar aún más su propio desarrollo.

Por EVANDRO MENEZES DE CARVALHO. El autor es profesor de Derecho Internacional en la Universidad Federal Fluminense, Brasil. Esta es la versión traducida y abreviada de un artículo publicado en China Daily. Las opiniones expresadas no reflejan necesariamente las de China Daily.

En pocas palabras

  • Falta de pruebas: los términos "China Shock 2.0" y "China squeeze" son etiquetas sin sustento empírico, según el autor.
  • Desarrollo industrial chino: el auge manufacturero responde a décadas de inversión en infraestructura, educación y tecnología, no a un surgimiento repentino.
  • Oportunidad global: la competitividad de China puede ser aprovechada por otros países para impulsar su propio desarrollo y satisfacer la demanda mundial.
Resumen generado por Thinkindot AI

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