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Más vale temprano que nunca

Adiferencia de su significado original, hoy la escuela es el ámbito de instrucción formal. Es la Institución por excelencia. La obligatoriedad de asistir la convierte además, en la más conocida y visitada.

Mucho más que un edificio que alberga a personas. Y bien distinto que aquél lugar propicio para que se distraigan, se diviertan, descansen y encuentren la mejorar manera para saciar el ocio los vecinos del lugar, tal su primitivo propósito, según nos señala el camino etimológico de la palabra escuela.

Razones siempre sobran.

Por crecimiento demográfico, necesidades ampliadas, aspiraciones de progreso, evolución intelectual y ambición productiva del humano, la transmisión de conocimientos no se redujo a enseñarles sólo a los propios descendientes el oficio o la habilidad desarrollada por el sostén del hogar, sino que hubo una administración de saberes que iban compartiendo los de un mismo lugar.

Ya en el Renacimiento surge en Occidente la idea de que la intromisión abusiva de la religión en la cosa pública, podría ser perjudicial para la salud social y es el antecedente para ir consolidando con luz tenue, en la época de la Ilustración, la secularización de la organización del Estado.

Sin teocracias ni monarquías absolutistas, el Estado laico gana la batalla con el auxilio indispensable de las burguesías. Esto sí nos lo enseñaron en la escuela.

La escuela, como lugar de reunión comunitaria para recibir las instrucciones adecuadas, y para repetir de manera más orgánica y con menos fisuras la historia oficial. Para defender con y sin armas el estatus logrado, y alcanzar los objetivos que la propia comunidad había prefijado.

Tal vez, la expresión más acabada del significado de modernidad, lo encontraremos precisamente en esa escuela.

Ya no sólo se impartía un esquema rígido moral, ni cómo eliminar al enemigo.

La escuela ayudaba a discernir ahora a ese enemigo, y desde niños, todos, empezaban a compartir el conocimiento de lo que significaba el futuro. Sí, pretencioso objetivo. Porque ese significado no era el resultado profético sino la construcción asertiva. La escuela indicaba el camino inexorable que nos conduciría al futuro. Y para dominar tanto a la naturaleza como al tiempo, ir a la escuela no era suficiente pero sí imprescindible.

Desde los ensayos napoléonicos, pasando por nuestro inevitable Sarmiento, y discutiendo a Piaget, a Pablo Freire, pasaron más de dos siglos, llegamos hasta aquí, con más alumnos que nunca antes, pero en el pizarrón están los problemas sin resolver y sobre abundan los interrogantes que sólo nos formulamos los que ya sorteamos bolillas y enmarcamos diplomas, porque el sujeto de ese concepto de educación, o sea, las chicas, los niños, las adolescentes, los jóvenes, adquirieron el atajo y seguramente muchos llegarán, pero no recorrieron el paisaje.

En todo aparece la educación, pero no siempre la escuela.

La semana pasada, por caso, el CEM, Consejo Empresario Mendocino, quienes se han impuesto entre sus metas intervenir en la Educación, realizaron un tercer foro sobre calidad educativa.

Pedagogos, ministros, ilustres expositores, del lado del pizarrón. Directoras, , escasos funcionarios y algunos pocos diletantes de la pedagogía como quien firma esto, abajo. Escuchando, conociendo las experiencias de directoras que son auspiciadas por el CEM y de los responsables educativos de siete estados provinciales. Todos expertos y prestigiosos. Con diagnósticos, reclamos, ideas y propuestas.

Acaso como constatación científica, no más de cinco estudiantes, adolescentes, actuando lo que habían logrado junto a sus directivos. No más. No en el público. No.

Es lógico. Exactamente. Es irrefutablemente lógico. No más que lógico y bastante anacrónico.

Esta escuela, la de hoy, sigue teniendo el rol más importante que puede tener cualquier institución de la sociedad: es el lugar de encuentro. Es el espacio común de una sociedad cada día más disociada. Y ya sea de gestión estatal (la merecidamente prestigiosa llamada Escuela pública) como la de gestión privada (que también es pública, pero ahí se detecta con mayor rapidez quién paga y quien no) están confundiendo no los verbos sino el tiempo.

Sigue educando desde la perspectiva industrial, para que los alumnos adquieran algunas habilidades capaces de nutrir en un futuro lo que requiere esa organización, organización que ya no es como era, ante un alumnado que tampoco es aquél que pretendía título y diploma.

La escuela es y debe seguir siendo "el lugar".

Incorporar la tecnología, está muy bien. Que los docentes lean a Ken Robinson, buena idea. Que se pretenda alterar el esquema actual y busquen para que se reduzca la edad de obligatoriedad, buen intento. Leer, observar y si fuese necesario imitar diseños curriculares, conceptos, manuales. Perfecto.

Pero no alcanza. Porque sigue confundiendo el ritual que le dio origen. Instruir para que luego con el dominio de esas herramientas, trabajen y contribuyan así al mecanismo que con tanta solvencia Charles Chaplin ilustra en Tiempos Modernos.

Ya pasó. Hoy las enciclopedias están detrás de cada invasivo aviso publicitario en internet. Las matrículas y los títulos se disuelven en la nostalgia nuestra.

Datos antipáticos pero inapelables. El 47 por ciento de los trabajos de hoy, no tuvieron educación formal previa específica.

Y más revulsivo aún para los que aman a los próceres, propios y ajenos, pero retratados sobre rectángulos de papel: de las 20 personalidades más adineradas del Planeta, el 80% o no posee graduación universitaria, o el título habilitante es de una carrera no afín a la construcción de su fortuna.

La era industrial, dirían los pibes: fue. Y es peligroso que continuemos queriendo fabricar un futuro con el esquema de la repetición al infinito, algo propio de la cadena de montaje, no de la sobre modernidad, no de esta época digital en la que la velocidad reemplazó al propio deseo.

Ni revolución, ni retorno. Tampoco desdén ni desprecio por la importancia de la palabra hablada, de la comprensión de texto y el conocimiento básico de las tablas.

Despojarnos de la ansiedad competitiva tradicional, sería un buen primer paso, repasar bien los verbos para no acudir a la falsedad, otro. Acudir al ejemplo, no estaría mal.

El adjetivo y a veces adverbio "temprano", en sus orígenes, no significaba anticipo, ni precoz, ni prematuro. Temprano era la palabra que designaba: el momento adecuado. El tiempo oportuno.

Bien podríamos empezar hoy. Temprano. A tiempo. Sólo haría falta que quienes deben atiborrar las aulas con sus cuerpos de movimientos torpes, con sus inquietudes, con sus sueños, pero también con sus dolores, sus frustraciones y sus miedos, sean los verdaderos e inexorables protagonistas.

Maestras, docentes, también la seño, el profe, los docentes, las directoras, las supervisoras, tienen un desafío impresionante. Sin soportar destratos y sin acudir a la tentación de reclamarle a la magia: mantener la vocación, el entusiasmo y la convicción recuperando aquél antiguo puntero y convertirlo en dos punto cero.

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