Bautista tiene 11 años que cumplió el 8 de junio. Cuando le dijeron que tendría fiesta no reaccionó como cualquier chico. No estuvo exultante ni contando los días y las horas que faltaban para recibir invitados y regalos. No. Bautista solo quería que toda la familia estuviera en esa celebración. "Como antes", deseó. Como antes del domingo 23 de octubre a las 5 de la mañana cuando Daniel Zalazar asesinó a cuchilladas a la mamá, Lorena Arias, a la tía de la mamá, Susana Ortíz, y a la abuela de la mamá, Silda Vicenta Díaz.
Como antes de haberse salvado él, con apenas 8 años, del ataque de quien había sido su instructor de Taekwondo y ahora era una bestia que le tiraba cuchilladas para matarlo.
Como antes de haber rescatado a Lucas y Mía, sus hermanos heridos, a quienes salvó. Como antes de haber tomado el celular y haber avisado: "Manden ambulancias: el sabón los mató a todos".
Hoy
Ya pasaron casi 3 años de la masacre del barrio Trapiche de Godoy Cruz y para la familia las pérdidas son una herida abierta. En carne viva.
Bautista, cada tanto, recuerda y cuenta que logró esquivar las cuchillas que le tiraba Zalazar; que pudo escapar y esconderse en el auto de las garras de aquel hombre de 31 años al que le tenía afecto porque le había enseñado Taekwondo. Pero Bautista todavía no se explica cómo hizo para lograr todo lo que logró.
Lucas habla poco y nada del drama. Muy de vez en cuando. Únicamente motivado para acompañar los relatos de sus hermanos. Todavía no comprende cómo llegó hasta la cama donde fue hallada muerta la abuela Silda. Solo puede asegurar que aquella noche él no se había dormido ahí. ¿Zalazar lo cargó hasta el lecho?
El tema de la masacre está entre ellos. Enquistado. Por más que los adultos no quieran tocarlo, los chicos sí. Y lo hablan. Lo evocan. Lo ponen sobre la mesa. Y aunque no lo dicen abiertamente quieren entender porqué sucedió. Porque la vida diaria acecha a cada paso y con esta fluyen los recuerdos de la madre y los proyectos truncos.
Entonces, frases como "...si mi mamá estuviera acá... " o "yo no sé qué hubiera dicho mi mamá..." se cuelan en el amuerzo o en la cena porque se imponen con la fuerza de lo joven, de lo inocente, de lo que aun no está teñido de los pruritos propios del paso del tiempo.


