Mendoza Profunda

Viaje al corazón de las comunidades huarpes de Lagunas del Rosario

Queremos compartir los cuatro días que pasamos en el secano lavallino, el corazón y la historia del pueblo huarpe. ¿Por qué? Porque allí se encontraban las famosas Lagunas de Guanacache

La añoranza del agua es como el ADN del pueblo Huarpe. Huanacache en Millcayac (uno de los idiomas huarpes junto con el allentiac) significa “hombre que mira el agua que baja”, el agua que venía desde las montañas por el río a llenar las lagunas en Lavalle.

Hoy, el agua no baja. El hombre mira el agua que se queda en la ciudad o en otros cultivos. Hoy, en el secano lavallino, la vida es difícil, las temperaturas son extremas. Durante nuestra visita, siendo principios de noviembre, nos tocó vivir una siesta de 44 °C.

A menudo, la temperatura llega a los 50, 52 °C. El agua hacía todo más fácil, ahora es más complicado. Pero es un pueblo valiente, resiliente y creativo. La adversidad los volvió más fuertes, los curtió en la resistencia.

Junto con la ganadería caprina, se dedican al trabajo en telar, cueros, artesanías folclóricas, cestería y elaboración de comidas típicas.

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Making off . Farra en lo de doña gringa en Lagunas del Rosario.

Making off . Farra en lo de doña gringa en Lagunas del Rosario.

Martín, un personaje del lugar con una profesión singular

Conocimos a Martín y con él, una ocupación que nos llamó la atención: la de asistente sanitario. Martín, nació y se crió en Lagunas. Nunca quiso irse y estudió en el hospital Jocolí de Lavalle, la carrera de dos años.

Ante nuestro desconocimiento, nos explicó que, básicamente, el asistente sanitario es el hospital que va a la casa de cada persona. En la ciudad, cuando tenemos un problema de salud, somos nosotros los que nos movilizamos; aquí, el hospital, la salud, van a tu casa.

Después de charlar un rato comprendimos de qué se trataba, Martín reúne un poco las características de un psicólogo, un asistente social y un paramédico. Toma la presión, revisa los valores clínicos, la alimentación, averigua cómo se siente el paciente, si duerme bien, pero también cómo está constituido su núcleo familiar, qué situaciones puede estar atravesando.

Conoce mucho a su gente. Es como si formara parte de cada familia. Puede detectar violencia de género, depresión, problemas económicos, muchísimas cosas que una guardia o un hospital, sin tanta cercanía con sus pacientes, podrían pasar por alto.

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Martín, el agente sanitario, esperando para salir al aire.

Martín, el agente sanitario, esperando para salir al aire.

La escuela y las ganas de dar a conocer la cultura local

Cuando llegamos a estos lugares alejados de los grandes centros urbanos, siempre, siempre, encontramos una escuela.

En esta oportunidad, visitamos Esperanza de Lagunas, no podría llamarse de otra forma, la escuela secundaria de Lagunas del Rosario.

Tiene una modalidad de escuela abierta que permite que los chicos presenten sus propios proyectos de estudio para las diversas materias, casi siempre están relacionados con sus vidas y su entorno.

De todos ellos, elegimos uno para compartir con ustedes, Relatos del secano, un libro que escribieron contando las historias transmitidas oralmente por sus abuelos y mayores. Hay cuentos sobre la luz mala, la salamanca, todos unen mitos y leyendas, magia y tradición, raíces y sabiduría popular.

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Una calle de arena en Lagunas del Rosario.

Una calle de arena en Lagunas del Rosario.

Estaban ansiosos por mostrarnos lo que habían hecho y por transmitirnos un poco de su cultura. Para ellos es muy hermoso saber que están construyendo un legado recopilando historias que podrán rememorar cuando sean adultos y relatárselas a sus hijos.

Esperanza de Lagunas es una escuela albergue, muchos de los chicos que asisten, como también sucedía en Ñacuñán, viven en puestos alejados. Las edades de los estudiantes de esta secundaria son bastante dispares, a veces en las familias hay varios niños y se espera a que todos estén en edad escolar para enviarlos a la escuela juntos, por esta razón, algunos tienen 20 años y aún no terminan el secundario.

Pero, lo fundamental, es que nuevamente la escuela se presenta como el lugar de sociabilización, de cohesión comunitaria, la puerta al mundo, el punto de partida para los sueños.

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Nara y Daniela juega mientras sus padres trabajan en la finca Los Huarpes de San josé.

Nara y Daniela juega mientras sus padres trabajan en la finca Los Huarpes de San josé.

La vida en comunidad o cómo aprender solidaridad

La zona está habitada por once comunidades huarpes muy bien organizadas. Tienen un presidente elegido por el voto popular y todo se decide en asambleas, un sistema democrático y muy participativo en el que todos están muy involucrados.

Hay mucho interés por la cosa pública y la participación se alienta y se promueve. Las tierras son comunitarias, por eso no se pueden vender, no se pueden enajenar, no se pueden comprar, pertenecen a la comunidad.

Un personaje singular de la zona es don Andrés Molina, un puestero que vive donde estaban las antiguas lagunas de Guanacache, ahora secas. Este hombre hizo un pozo en ese terreno y afloró el agua, encontró una aguada, como se le llama a la napa freática más cercana al suelo.

Don Andrés se dedica a cuidar esta fuente de agua, con su pala la mantiene abierta porque muchas veces la tierra de alrededor se desmorona y cae dentro. Hizo un cierre para protegerla de los animales, para que su paso sea controlado.

Sin embargo, es una aguada comunitaria, los vecinos se organizan por turnos para que sus animales puedan abrevar.

Este es un ejemplo de cómo funciona la vida aquí en las Lagunas del Rosario. Don Andrés trabaja para la comunidad que se organiza y participa y todos salen beneficiados.

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Madre e hijo desmalezan un cuadro de cebollas en la finca Los Huarpes de San José.

Madre e hijo desmalezan un cuadro de cebollas en la finca Los Huarpes de San José.

Otro ejemplo lo encontramos en la comunidad de Manuel Villegas, San José, a 25 kilómetros de Lagunas del Rosario. Allí encontraron una perforación vieja. La municipalidad de Lavalle invirtió 13 millones de pesos, destapó el pozo, lo purgó, instaló una bomba, paneles solares y actualmente, gracias a eso, las tierras aledañas volvieron a ser productivas.

Pero no fue inmediato. La comunidad hizo funcionar el proyecto, desmontó nada menos que 10 hectáreas de monte a pico, pala, machete, esfuerzo y voluntad. Ahora se producen cebollitas de verdeo, tomate, lechuga, pimiento, zapallo, en verano sandías y melones.

La realidad ahora es completamente diferente y el paisaje también. Los pobladores consiguieron alimentos. El emprendimiento provee de verduras a las once comunidades. Las tierras áridas volvieron a verse como un manto verde.

Es un movimiento fabuloso de resiliencia, de resistencia, conectado con el milagro del agua. Construyeron un galpón de acopio, se percibe el incipiente progreso económico; por ahora, las ganancias vuelven a la tierra, a la producción, para comprar semillas, para conseguir máquinas, para mejorar la finca.

Pero no solo el paisaje cambió. Cambió la vida de los habitantes de San José.

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Cúpula de la histórica Capilla del Rosario, que está siendo reconstruida por la comunidad.

Cúpula de la histórica Capilla del Rosario, que está siendo reconstruida por la comunidad.

Un poco de historia

Hasta Guanacache llegaba el río Mendoza y la abundancia de agua traía peces, pájaros, pasto para los animales y un entorno perfecto para la vida huarpe que se establecía en sus orillas. Esta abundancia constituía su sustento, su sistema de vida. Pescaban con cestas que fabricaban con los junquillos que encontraban en la rivera, llevaban los peces hacia la ciudad y los vendían.

Poco a poco todo cambió. Con el desarrollo de Mendoza productiva en el norte, el agua del río Mendoza dejó de alimentar las lagunas, se secaron y ahí comenzaron las penurias de un pueblo acostumbrado a vivir, entre otras cosas, de la pesca y de la agricultura, pero que debió cambiar sus costumbres para intentar la supervivencia dedicado a la cría de chivos y no mucho más, lo que lo empobreció notablemente.

Tuvieron agua hasta 1983. La ciudad se fue transformando en un oasis, una isla verde dentro de la provincia. El norte quedó desértico y con baja densidad poblacional porque muchos se vieron forzados a migrar. El antiguo humedal que proveía a las comunidades originarias dio paso al secano. Y el oasis se volvió un desierto. Las superficies de agua se transformaron en una sucesión de médanos.

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Casa de las Lagunas del Rosario, detrás el mar de arena que antes fueron las lagunas de Guanacache.

Casa de las Lagunas del Rosario, detrás el mar de arena que antes fueron las lagunas de Guanacache.

Las poblaciones comenzaron a depender de las crecidas, de las escasas lluvias mendocinas, cada vez menos abundantes por causa de los efectos del calentamiento global, que dificulta la acumulación de nieve y hace retroceder los glaciares que siempre alimentaron los ríos de montaña.

No nos sorprende entonces que una de las emociones más transitadas de la gente de aquí, los descendientes del pueblo huarpe, sea la añoranza del agua. El siempre presente recuerdo de las lagunas llenas, pródigas en sustento para ellos y sus animales; las mismas que aliviaban los tremendos calores del verano invitando a sumergirse en sus aguas, las compañeras cotidianas de cada una de sus actividades.

Un presente forjado a fuerza de voluntad

Estamos contemplando los resultados de la adaptación del hombre a sus circunstancias. Hace mucho calor, pero todos trabajan la tierra, los jóvenes trabajan la tierra, ya no se quieren ir, acá tienen un presente y tienen un futuro.

Y así, con esperanza y con trabajo, termina nuestra visita al secano, agradecidos de haber podido presenciar el milagro, porque cuando hay agua la vida se abre camino, las posibilidades, los sueños se abren camino.