Ahora el edificio está disponible para la venta pero durante casi 16 años fue la incubadora donde se creó Diario UNO de Mendoza y se escribieron casi 5.000 ediciones del matutino hasta 2009. Donde siguieron funcionando las rotativas hasta que en 2018 se apagaron definitivamente para abrirle paso a tiempo ilimitado al mundo digital.

Hoy podemos decir que el edificio está ubicado en calle Pedro Molina de Ciudad y que también tiene salida a Patricias Mendocinas. También, que está situado frente al Centro Cívico, cerca de los Tribunales y de la Casa de Gobierno, y que en las tardes de primavera el aroma de los tilos se mete por todos lados.

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El edificio está ubicado en calle Pedro Molina de Ciudad y que también tiene salida a Patricias Mendocinas.

El edificio está ubicado en calle Pedro Molina de Ciudad y que también tiene salida a Patricias Mendocinas.

Pero es imposible no evocar que de sus entrañas salió a la calle el número 1 de Diario UNO de Mendoza, el domingo 27 de junio de 1993. Aquel acontecimiento fue frenético adentro y afuera del edificio.

Adentro porque funcionaban la redacción, las oficinas de los ejecutivos y hasta las máquinas rotativas y todo era urgencia. Afuera, la expectativa era importante: Mendoza tenía por fin un nuevo diario impreso y se rompía el monopolio de Los Andes. Canillitas por doquier cargando sus vehículos y bicicletas de reparto y hasta lectores ansiosos componían esa postal.

Carlos Menem presidía el país y vino especialmente invitado por Daniel Vila, gestor de la empresa periodística ya en marcha.

Diario UNO de Mendoza funcionó en ese edificio hasta 2009 cuando mudó su redacción y oficinas a Las Heras, donde ya funcionaban Canal 7 y Radio Nihuil, pero la historia había comenzado mucho antes de aquella primera tapa con Coco Basile en plena Copa América, el aun misterioso caso Guardati y otros protagonistas de diversos sucesos de interés local, nacional e internacional. El puntapié inicial fue la decisión de la familia Vila de jugar fuerte en el mercado de los medios dotando a Mendoza de una nueva voz para leer y participar.

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La primera edición de Diario UNO se imprimió en el edificio ahora a la venta.

La primera edición de Diario UNO se imprimió en el edificio ahora a la venta.

Pasó el tiempo y mucha agua corrió debajo de ese puente. Alejandro Gómez, el primer director periodístico de Diario UNO, los anteojos siempre colgando de la punta de la nariz y las manos siempre adentro de los bolsillos del saco, dejó su sello en un plantel de jóvenes periodistas, muchos de los cuales habían dejado su impronta en otro diario: el Mendoza.

Hubo cambios y recambios en la familia de Diario UNO. Hubo éxodos y bienvenidas. Hubo cambios de rumbo y allí se formaron camadas de periodistas que con el paso del tiempo dieron vida a otras redacciones.

Y el país y el mundo no se quedaron atrás: hubo mundiales de fútbol, crisis financieras, cayeron las Torres Gemelas a manos del terrorismo y Argentina se prendió fuego durante varios meses de 2001 y 2002 post caída de Fernando de la Rúa y el fracaso de varios presidentes por un día.

Aun así, incluso en épocas de motín vendimial, adentro de aquel edificio que hoy está para ser vendido siempre hubo música no convencional: un ejército de tecleados golpeteando cada uno a su ritmo, agitados cierres de ediciones, páginas de Policiales que se terminaban con el último aliento, personas que se llamaban unas a otras por sus apellidos y en voz alta, y que a cierta hora de la jornada se desvivían por un dato, una noticia o un café de máquina y vaso descartable a cambio de un cospel. Si hasta unas pitadas en la vereda y a las apuradas cotizaban tan alto como el dólar blue de hoy. Y al día siguiente, vuelta a empezar y así cada vez.

Sin embargo, no todo fueron maratones periodísticas por elecciones o vendimias en aquel edificio de calle Pedro Molina: también se vivió como en la casa propia. Y se sufrió y se amó. Y hubo alegrías y tristezas e incertidumbres. Reglas del juego y de la vida, como cuando muchos anunciamos la llegada de nuestro primer hijo y compartimos nuestras experiencias extralaborales: como padres, hijos, hermanos, como inquilinos, profesionales, aprendices de escritores y encarnizados lectores y espectadores de toda expresión artística que estuviera a mano.

Dicen que no pero aquellas paredes, aquellas oficinas, aquellas cocheras y las plantas altas y bajas y las escalera y la sala de máquinas y las oficinas seguramente están impregnadas de recuerdos, sonrisas, secretos, de primicias nunca dichas ni escritas y hasta de desencuentros. En fin, de la vida misma.

Porque de eso se trata. De la vida. Aunque la venta del edificio marque un fin de época.

Más de la historia

Todo el edificio original de Pedro Molina fue construido para viviendas y oficinas por Dalvian S.A. y se inauguró en 1975. En su planta baja funcionaba esta empresa constructora y desde allí se gestó el desarrollo del barrio residencial por parte de su mentor, Don Alfredo Luis Vila (1926/2008). También se encontraba el estudio jurídico de su hijo Daniel Vila, quien por aquel entonces ejercía su profesión de abogado.

En 1992, cuando la familia Vila decide poner en marcha Diario UNO, se compra el terreno colindante y se construye otro edificio específicamente diseñado para este medio gráfico. Ese mismo año Dalvian muda sus oficinas al complejo residencial del oeste mendocino, liberando el inmueble originario para que allí funcionara la redacción del diario. Ya para ese entonces el cubano americano Carlos Castañeda trabajaba en el diseño del producto gráfico para luego colaborar en la la puesta en marcha de aquel sueño.

Entre sus paredes y oficinas también funcionó la revista Primera Fila y también fue allí donde nació la idea de poner en funcionamiento el primer sistema de televisión por cable del interior del país, Supercanal.

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