Mendoza, marzo de 1987. El comienzo del ciclo lectivo es tan accidentado como el cierre del anterior, especialmente en el ámbito nacional, por la disputa salarial entre gremios de la educación y el gobierno de Alfonsín.

Sin embargo, entre paro y paro, una convocatoria circula con fuerza en los colegios secundarios de la UNCuyo. En los pasillos. Durante los recreos. De boca en boca.

"Vallesi está armando un coro para recibir al Papa. Habrá como 200 voces". Entonces, a muchos coreutas y amantes de la música se les puso (se nos puso) la piel de gallina.

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El maestro

José Felipe Vallesi era un hombre de grandes objetivos artísticos. Tan grandes como su porte. De acciones que dejan huella, de las que se puede seguir hablando con el paso del tiempo.

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En 1965 había fundado el Coro Universitario de Mendoza (CUM), que por entonces dirigía, y en los '80 tenía a su cargo la dirección del coro juvenil de la Escuela de Comercio Martín Zapata. Lucía Munafó, la esposa, dirigía el Coro de Cámara.

La visita de Juan Pablo II a Mendoza era un hecho. Tenía fecha y hora. El 7 de abril a las tres de la tarde. Y una campaña publicitaria: "Mendoza ¡viene el Papa!".

Entonces Vallesi y su equipo trabajaron a destajo para recibir al famoso viajero al pie del avión. Con música. Para agasajarlo. Para emocionarlo.

Voces

Cuando se habló de un coro de 200 voces sonó a multitud. Y así sería.

Una vez terminadas las audiencias de selección de participantes, los grupos de sopranos, contraltos, tenores y bajos ensayaron por separado, por días y horarios, en las aulas de la vieja Escuela de Música, cerca de la catedral de Loreto.

Los coreutas formaban parte de las distintas formaciones de la Universidad Nacional de Cuyo, del ámbito secundario y superior como el CUM y el Coro de Cámara. También de la Escuela de Música. Y de otras escuelas y coros.

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Una vez al tanto del proyecto, cada uno de los artistas, partituras en mano, se puso (nos pusimos) una camiseta imaginaria. Es que más allá de las creencias religiosas y de los compromisos particulares y de las edades de cada uno -había desde adolescentes hasta adultos de cuarenta y tantos años-, tener tan cerca al Papa viajero y cantarle en vivo y en directo sería histórico. Todos lo entendieron (lo entendimos) así.

Los ensayos generales fueron una fiesta. Por múltiples razones: porque gozaban (gozábamos) cantando, porque el coro crecía camino al objetivo, por lo bello del repertorio, porque los efectos del ensamble eran satisfactorios y porque las prácticas generales se hacían en el auditorio Galli.

El auditorium Galli era un sitio emblemático para la cultura mendocina que funcionó en la avenida San Martín 1100 de Ciudad.

Teresa Galli fue una de las propietarias de ese templo de la música que abrió en 1974 y cerró en 1994. Hoy recuerda que acompañó al coro durante la presentación por invitación de Vallesi y que recibió un rosario bendecido que atesora.

"Yo tenía mucha relación con los profesores de la Escuela de Música, que hacía temporada de coros y de música de Cámara en el auditorium. Y con el maestro Vallesi y la esposa tenía gran amistad. Siempre fueron muy entusiastas por desarrollar la música en Mendoza, mantuvieron un nivel muy alto e hicieron conocer la música coral de la UNCuyo en el mundo" "Yo tenía mucha relación con los profesores de la Escuela de Música, que hacía temporada de coros y de música de Cámara en el auditorium. Y con el maestro Vallesi y la esposa tenía gran amistad. Siempre fueron muy entusiastas por desarrollar la música en Mendoza, mantuvieron un nivel muy alto e hicieron conocer la música coral de la UNCuyo en el mundo"

"Vallesi me pidió el auditorio para los ensayos de esa gran masa coral que iba a recibir al Papa. Le dije que sí de inmediato" "Vallesi me pidió el auditorio para los ensayos de esa gran masa coral que iba a recibir al Papa. Le dije que sí de inmediato"

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Letra y música

Vallesi fue una especie de Gran Hermano en esta historia. Todo pasó por él y nada escapó a sus enormes ojos azules y a sus dotes de conductor. Armó el coro, dirigió los ensayos y se encargó personalmente de seleccionar las canciones para recibir a Juan Pablo II.

El desafío era enorme: ¿qué canciones podrían conmover a un hombre tan cosmopolita como el papa polaco?

Pensó el maestro Vallesi en la infancia y en la patria chica de Juan Pablo II, entonces eligió Plynie Wisla, plynie y compuso una versión coral de esa obra que trata de la supervivencia del pueblo polaco a través de los tiempos y del inmenso valor del río Vístula (Wisla en idioma original).

Pero también incluyó la pieza mexicana Morenita mía, que tanto le gustaba al Pontífice porque hablaba de su queridísima Virgen de Guadalupe. La virgen negra. Entonces compuso una versión para el coro en formación.

La obra Tú eres Pedro también fue parte del repertorio. Aquella versión tenía un valor extra. Lo recuerda hoy Silvana Vallesi, hija del maestro y directora del CUM.

"Mi papá se la encargó al maestro Elifio Rosáenz, una gran compositor mendocino que mi generación tuvo el privilegio de tener como maestro en la UNCuyo. La nueva versión fue estrenada en ese recibimiento del Papa" "Mi papá se la encargó al maestro Elifio Rosáenz, una gran compositor mendocino que mi generación tuvo el privilegio de tener como maestro en la UNCuyo. La nueva versión fue estrenada en ese recibimiento del Papa"

Silvana no puede creer que hayan pasado 33 años de aquella jornada memorable. Comparte fotos, datos y evoca. Es pura emoción.

La noche previa

Era la segunda vez que Juan Pablo II visitaba Argentina. Había estado en Buenos Aires cinco años antes, en el ocaso de la dictadura. Esta vez también iría a Chile.

Aquí, la consigna "Mendoza, ¡viene el Papa!" estaba en todos lados. El Gobierno de Felipe Llaver ajustaba los últimos detalles respecto de la seguridad: una marea humana acompañaría a Juan Pablo II en el trayecto que iba desde la IV Brigada Aérea hasta el predio de la Virgen y de regreso al predio militar, donde funcionaba el aeropuerto internacional El Plumerillo. Con banderas argentinas. Con insignias con los colores papales.

La noche previa, varios de los coreutas no pudieron pegar un ojo por la ansiedad. Algunos trataron de matizar la espera con las imágenes que llegaban desde el Caesars Palace de Las Vegas por televisión: Marvin El Maravilloso Hagler y Ray Sugar Leonard tenían en vilo al mundo del boxeo mientras disputaban uno de los combates más esperados del final de la década.

Salir a escena

Las 200 personas que integraron aquel coro se reunieron pasado el mediodía del martes 7 de abril de 1987 en las puertas de la Federación Mendocina de Box.

Fueron llegando (fuimos llegando) de uno o en pequeños grupos. Como hormigas. Cada uno con el poncho rojo dispuesto como vestuario para la ocasión. Cada uno con la credencial habilitante en la mano.

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Hasta el aeropuerto El Plumerillo los trasladaron (nos trasladaron) en varios colectivos de línea alquilados. El buen ánimo reinaba. También la expectativa y los nervios, nervios que se potenciaron cuando los organizadores hicieron saber (nos hicieron saber) que los colectivos debían circular con las ventanillas cerradas y las cortinas desplegadas por estrictas razones de seguridad.

"De inmediato se me vino a la cabeza la imagen del atentado que el Papa había sufrido en 1981 a manos del turco Alí Agca en la mismísima plaza San Pedro, y no podía creer que yo fuera a tener al Pontífice tan cerca, en un rato apenas" "De inmediato se me vino a la cabeza la imagen del atentado que el Papa había sufrido en 1981 a manos del turco Alí Agca en la mismísima plaza San Pedro, y no podía creer que yo fuera a tener al Pontífice tan cerca, en un rato apenas"

De uno de los coreutas de 1987

Algunos que se atravieron a espiar pasaron el mensaje de que las calles y el Acceso Norte eran un sembradío de gente que esperaba ver al Papa polaco.

La masa coral se instaló en la VIP del Plumerillo para esperar el momento propicio de salir a escena. Afuera, a pocos metros de la pista, ya estaban dispuestas las gradas, de frente a la escalerilla por la que bajaría el Pontífice.

En la parte superior se ubicarían los integrantes de la cuerda de los bajos (y yo era uno de esos vozarrones), los tenores irían a la derecha de los bajos y abajo las sopranos y las contraltos.

La espera se hizo interminable. Hacía calor y el sol del otoño mendocino se había asociado a la fiesta popular.

El sonido de un avión que se disponía a aterrizar sorprendió a los coreutas, que se pusieron los ponchos rojos y caminaron rumbo a las gradas. Pero no. El avión del Papa era otro y llegaría media hora después.

"Ahora sí, vamos"

El maestro Vallesi nos lo dijo con un gesto de manos mientras señalaba las gradas pero también con los ojos y con el paso firme. Reconcentrado. Como cada vez que salíamos a escena, ya fuera en Córdoba, en el Teatro Independencia o para cantarle al mismísimo sucesor de San Pedro en nuestra tierra.

Entonces, aquel sueño tan soñado se hizo realidad, porque mientras el avión del Papa apagaba los motores los doscientos coreutas vocalizaban (vocalizábamos) siguiendo el vuelo de las manos del director.

Porque mientras el Papa descendía de la aeronave y recibía los saludos de rigor los artistas le cantaban (le cantábamos) con fuerza Conocí una linda morenita y la quise mucho...

Pero algunos también lloraban (yo también lo hice, para qué negarlo) y otros se aferraban al compañero más cercano para evitar una mala pasada por la emoción.

Entonces sucedió lo que ninguno había imaginado: Juan Pablo II rompió el protocolo y caminó directamente hacia el coro y se paró justo frente a nosotros, y durante un momento que pareció eterno escuchó en silencio la canción de su querida virgen negra.

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Se acercó al maestro Vallesi, recuerdo esa escena como si la estuviera viendo, hablaron brevemente y el Pontífice agradeció con una leve inclinación de cabeza.

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Luego dejó algún recuerdo material para cada uno de los coreutas: rosarios y tarjetas bendecidos por su visita al país; trofeos que muchos  atesoramos a pesar del paso de los años y de la sucesión de mudanzas.

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Después lo vimos subir al Papamóvil que lo llevó hasta el acto del que participaron 250.000 personas entre mendocinos y visitantes del resto del país.

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Hasta siempre

Pasadas las 18, ya de regreso, vimos a Juan Pablo II despedirse de Mendoza y de nosotros desde la puerta del avión: el Sur del país lo esperaba.

Sin embargo, muchos coreutas todavía juran (juramos) que el Papa viajero no se fue del todo aquella tarde radiante de hace 33 años, sino que sigue presente en cada acorde, en cada nota, en cada ensayo. En aquella música inolvidable que cada tanto suena en nuestras cabezas.