Si tuviéramos que hablar de Mendoza, presentársela a quien no la conoce, probablemente vendrían a nuestra mente las imágenes de la montaña omnipresente, de la ciudad de acequias interminables, de las infinitas hileras de vid con sus bodegas que invitan al brindis y a celebrar la alegría del trabajo de la tierra.
Un viaje a las profundidades de la reserva de Ñacuñán y sus 100 habitantes del desierto
Pero hay otra Mendoza, tal vez podríamos decir otras mendozas, menos frecuentadas, no tan presentes en nuestro imaginario, que están esperando a ser descubiertas, visitadas y amadas, y para eso, debemos conocerlas.
Nosotros, como periodistas, estamos acostumbrados a hacer agenda en la ciudad, corremos de una nota a otra y generalmente, preguntamos buscando una respuesta que a veces no escuchamos en profundidad. Parece que en la ciudad cuesta escuchar y en nuestra cabeza ya imaginamos la respuesta que esperamos del entrevistado.
Mendoza Profunda es un ciclo generado por un equipo de Canal 7, conducido por el periodista Julián Chabert e integrado por Gerardo Tejeda, Atilio Spinello (h) y Facundo Gutiérrez, que intenta ser la oportunidad de asomarse a otras realidades y cambiar nuestra forma de trabajar para poder convivir, pasar tiempo con la gente.
Mendoza Profunda es también una invitación a nosotros mismos como grupo de comunicación, a una escucha profunda. Y esa escucha tiene que ver con la humildad de reconocer que hay mucho que no sabemos. Tiene que ver con olvidarte del celular o del trajín cotidiano y empezar a conectarte íntimamente con el otro. Por eso queremos invitarlos a ustedes, queridos lectores, a compartir nuestro recorrido, a acompañarnos en este camino formando parte de las historias.
Nuestro viaje nos lleva en primer lugar a Ñacuñán, en el departamento de Santa Rosa, a unos 160 kilómetros al sudeste de la capital mendocina. Fue declarada reserva en 1961, la primera área natural protegida de la provincia, e integra la red mundial de reservas de la Biosfera de la UNESCO desde 1986.
Águila Blanca en lengua pehuenche
Lleva un nombre pehuenche, el de Neyku-ñan, que significa águila blanca, el nombre del último cacique de Malargüe, aliado de San Martín. Protege unas 12.600 hectáreas de bosque nativo de algarrobo que se halla en recuperación, debido a la tala indiscriminada que sufrió desde principios del siglo XX hasta 1937, ya que abastecía de leña y carbón tanto a la ciudad como al ferrocarril. A esto se sumó la ganadería, que también impactó en el ecosistema, pero que es parte de la base del sustento de las personas de estas tierras.
Una reserva de biosfera es un área protegida que busca promover la conservación de la biodiversidad y el uso sostenible de los recursos naturales. Estas áreas son reconocidas y designadas por la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) como parte del Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB, por su sigla en inglés). Las reservas de biosfera buscan equilibrar la protección de los ecosistemas, la investigación científica, la educación y el desarrollo sostenible de las comunidades locales.
En una reserva de biosfera se establecen zonas núcleo, donde la conservación es prioritaria; zonas de amortiguamiento, que rodean las zonas núcleo y permiten un uso más sostenible de los recursos; y zonas de transición, donde se fomenta la investigación, la educación y el desarrollo sostenible, armonizando la conservación de la naturaleza con las necesidades de las poblaciones humanas, promoviendo la coexistencia sostenible de ambos enfoques.
El pueblo de Ñacuñán es muy pequeño y para muchos, a pesar de hallarse a la vera de la ruta, puede pasar inadvertido. Cuenta con una población de unas cien personas y se encuentra sobre de la ruta 153, conocida como la ruta ganadera, a unos 89 kilómetros al sur de Las Catitas, camino a Monte Comán.
Hay un caserío, algunos almacenes, una plaza sin bancos, pero en la que se pueden observar juegos y una churrasquera y, como en todo pueblo, un destacamento policial, un centro de salud, una biblioteca y una escuela albergue.
También cuentan con una delegación municipal, un cementerio y una parada de micro. En la capilla, se venera la imagen de la Virgen de Itatí y todos los años, durante el mes de setiembre, Ñacuñán viste sus mejores galas para agasajar durante tres días, junto a cientos de visitantes, a quien es su Patrona y Protectora desde 1967 con diferentes actividades sociales y culturales.
Nos adentramos entre los jarillales en camionetas 4x4 por caminos arenosos que nos conducen hasta el corazón de la reserva, que además alberga una estación meteorológica y otra de investigación biológica.
La figura de algarrobo que custodia el monte
Nos recibe una enorme águila hecha de algarrobo que simboliza la biodiversidad del lugar y recorremos el Sendero de Fauna, un sendero armado para escuelas que nos enseña que nosotros también somos habitantes de este monte nativo, que nuestra familia, nuestros hijos son habitantes del monte y que, si de alguna manera lo dañamos, nos dañamos a nosotros mismos, a nuestra casa.
Es la enseñanza ambiental que reciben todos los chicos que con sus escuelas visitan el monte, saber que uno no está escindido, separado de la naturaleza, sino que forma parte de ella.
Justamente porque sentimos que no pertenecemos, en la ciudad pensamos que el bosque nativo es algo absolutamente lejano. Y cuando estamos ahí, el bosque nativo es como el patio trasero de tu casa.
Lo vivimos recientemente con los incendios provocados por el viento zonda. No fue en Ñacuñán, sino en el piedemonte, pero entendimos que la quema nos afecta en forma directa ya que cuando llueve, el bosque nativo frena el agua que llega a la ciudad y evita los aluviones.
Ahora, sin ese bosque, si llegara a llover mucho en esa zona del piedemonte, el agua va a llegar a la ciudad y podría provocar destrozos.
Es parte de la riqueza que nos dejó esta visita, un gran aprendizaje. El tener otra mirada, posar los ojos en realidades que no tenemos en cuenta, porque no queremos, por prejuicio, porque no podemos, porque nos queda lejos.
Por ejemplo, cuánto hemos hablado de la fiesta de la ganadería de zonas áridas, pero claro, no hemos visto cómo se lleva adelante esa actividad, no sabemos qué significa criar animales en un lugar donde no hay agua, donde no hay pasto y todas las dificultades que implica.
Y así, conocimos a los puesteros y a los productores de esta zona y su eterna lucha para moverse por caminos en pésimo estado, cuyo mantenimiento se disputa vialidad, irrigación e hidráulica, pero finalmente nadie los arregla.
El problema es llegar, el problema es que el alimento llegue, porque si bien hay bosque nativo y los animales se alimentan un poquito de él, no les alcanza, entonces hay que comprarles alimento.
Ahí ya tenemos una dificultad grande, porque muchos productores no tienen el dinero necesario para comprarlo. Además, está el problema del agua. Hay que hacer pozos para conseguir agua, no siempre el agua sirve, no siempre el pozo rinde, no siempre el agua está, pero bueno, esta gente hace un esfuerzo gigante para llevar adelante la producción. Y así conocemos de qué se trata, cuál es el desafío y cómo es la logística para hacer ganadería en zonas áridas.
Harina de algarroba
También tuvimos la oportunidad de conocer a otras personas como Esther Valdés, Yoya, una mujer que aprendió a moler, preparar y fraccionar harina de algarroba.
Algunos lo sabrán y otros se estarán enterando en esta nota, que la algarroba es el fruto del algarrobo. Es una vaina con semillas que al ser molida y procesada da como resultado una harina con muchas propiedades nutricionales, rica en proteínas y azúcares naturales, empleada sobre todo en pastelería y repostería.
Europa empezó a mirar con buenos ojos su utilización por lo que tiene muy buen precio y algunos vecinos, entre ellos Yoya, comenzaron a la elaborarla
Una de las experiencias más lindas y divertidas fue conocer a los chicos de la escuela. Es una escuela albergue, lo que significa que los niños viven, estudian, comen, se bañan, duermen, todo en la escuela.
Este sistema de escolaridad es muy importante para padres y niños porque los puestos en los que viven pueden estar a 20, 25, 50 kilómetros de distancia, lo que vuelve imposible asistir de manera diaria.
¿Profe usted vino a jugar? ¡Juguemos!
Por eso, los chicos se quedan en la escuela y sus maestras se vuelven parte de sus familias. Ya no son su segunda mamá, muchas veces toman el rol de mamá, a secas. Incluso brindan su amor y sus cuidados cuando están enfermos, porque muchas veces tienen más posibilidades de proporcionarles una mejor atención de la salud que cuando están es sus casas.
Los niños tienen la calidez de la gente de la zona, los ojos llenos de un entusiasmo que contagia y muchas ganas de hablar y contarles sus experiencias a “los de la tele”.
Cuando están en sus casas comparten las tareas de campo a las que se dedican sus familias: cuidan chivos, vacas, hacen las tareas rurales, a menudo bastante aislados. La escuela les permite conocer a otras personas, jugar con sus pares, abrirse hacia otros mundos y asomarse de esa forma a realidades que de otra manera les resultarían desconocidas.
Casi todos sueñan con seguir aprendiendo, seguir estudiando en la escuela secundaria, en la universidad, conocer la vida de la ciudad, viajar. La escuela posibilita que sus sueños no tengan límites.
Con mucha alegría, pero con nostalgia por la despedida, llegamos al final de esta visita de cuatro días. Podríamos decir que nuestras expectativas al comenzar el proyecto fueron superadas con creces.
Nos propusimos aprender a escuchar y a conectarnos con otras personas y otras realidades. Nos dimos cuenta de que cuando escuchamos, las historias empiezan a llegar solas, no tenemos que buscarlas. Compartimos tiempo, charlas, comidas, paseos, actividades cotidianas. Jugamos con los chicos que nos decían: “¿Profe usted vino a jugar? ¡Juguemos!”
Paradójicamente, el momento en el que tomamos verdadera conciencia de que estábamos logrando esas conexiones que anhelábamos fue cuando nos quedamos sin conexión, es decir, sin señal de internet. Es realmente muy loco porque pensamos que internet nos permite conectarnos con el mundo de maneras que no hubiéramos podido imaginar, pero muchas veces nos lleva a ignorar lo más cercano.
Esperamos que esta experiencia compartida sea la primera de muchas y que podamos tomarnos de la mano y transitar juntos los caminos de nuestra Mendoza Profunda.






