Se bardea al periodismo como si fuera una sola cosa, con la soltura con que se patea a alguien que está en el piso y con la boca rota. "Al periodismo", como si el servil de turno fuera lo mismo que el autor de "Operación Masacre". La simplificación oculta dos verdades: por un lado, que no existe un solo tipo de periodista; y por otro, que hay flacos y minas que se dedican a esto y sí son capaces de joder la vida de los poderosos.
Un oficio para romper el aislamiento
Escuchar al otro, narrar el mundo, tender puentes: eso también es periodismo. Y a veces, es la forma de descubrir quiénes somos
Pero claro: es más fácil hablar de "los periodistas" a secas, con sus supuestas inutilidades y corrupciones. Obvio que las hay, como en cualquier ámbito. La trampa es que se mete todo en la misma bolsa, y esa estrategia le deja el campo libre al "son todos lo mismo" y la apatía.
Ahora resulta que los llorones que construyeron su carrera política como columnistas de TV se sorprenden de que los medios tengan intereses. Chocolate por la noticia, pichón. Se le reclama al periodismo privado una autonomía que nunca tuvo, ni siquiera en sus épocas fundantes, allá por el siglo XIX.
Lo que sí hay son algunas personas íntegras que todos los días tratan de ganarse el pan sin vender el alma. Y entretanto los diarios, las radios y los canales suceden. Con tensiones, con debates; imperfectos y llenos de matices, como la vida.
No existe un paraíso sin contradicciones, donde las opciones son nítidas y los piolas mayoría. El que prometa eso es un chanta. En todo caso, además de indignarse con tal o cual periodista famoso, una pregunta más punzante es -por ejemplo- por qué al periodismo progre le cuesta calibrar el encuentro entre sus proyectos y la masividad. O indagar la razón por la que tantos mendocinos exigen artículos de calidad y jugados pero son incapaces de pagar $500 mensuales para bancar un medio.
Son preguntas incómodas y es más fácil tirar la pelota afuera. Es más fácil bardear "al periodismo" y a "los medios" así, en abstracto.
¿Por qué, entonces, algunos seguimos en esto? Porque no nos sale otra cosa. Conozco a varios en Diario UNO que, si hoy fuera el último sábado del mundo, estarían pensando en cómo escribir la crónica del apocalipsis. Qué le vamos a hacer: es un defecto que, una vez asumido, permite acariciar la historia de primera mano, vivir varias vidas y conectar seres humanos entre sí.
Eso sigue marcando nuestras jornadas. Incluso en esta época, en la que nadie sabe qué ocurrirá con la industria dentro de cinco años. Pase lo que pase, siempre valdrá la pena recordar la frase con la que Fabián Polosecki empezaba su programa "El otro lado", allá por 1993:
"Durante algunos años trabajé de periodista. Un día, no sé cómo, todos los jefes de redacción se dieron cuenta al mismo tiempo de que podían arreglarse sin mí. Ahora escribo historietas absurdas sobre historias verdaderas. No me va mucho mejor, pero se conoce gente".
Era su forma de decir que el periodismo implica mucho más que una u otra redacción, uno u otro jefe, una u otra empresa. Es una forma de vivir.
"Se conoce gente", decía Polo, y viajaba por la ciudad registrando penas, esperanzas, odios y amores. Había llegado al grado de maestría en este oficio: ese momento en que el periodista aprende a escuchar y siente en carne propia lo que le pasa al otro. Y lo ayuda -y se ayuda- a no estar solo, aislado con el celular.
Una persona capaz de hacer eso no es sólo un periodista. Es alguien que tarde o temprano se vuelve peligroso para el Poder.





