Así como para algunas personas los grandes misterios pueden estar en el Espíritu Santo o el valor del dólar futuro, para mí las cosas inexplicables pasan por temas mucho más pedestres. Por caso: ¿por qué la gente habla en el cine como si estuviera en la cocina de su casa, en el bar con amigos, o en la cancha con la 12? Me cuesta entender que alguien pague una entrada de cine si luego se va a dedicar durante buena parte de la proyección a joderle la paciencia al resto de los espectadores. Debería convocar a sociólogos, semiólogos y otros especialistas para que me lo explicaran. Pero prefiero, por ahora, exponer mis puntos de vista. Que para eso me pagan.No tenés códigosUna buena parte de la gente parece no tener conciencia de cómo se debe actuar al estar con otros. Y se comportan como si ellos fueran el centro del universo y el resto, comparsa que debe mirarlos.El cine es un ámbito parecido a un ritual, a una misa. Se desarrolla a oscuras, con lo cual se crea una sensación de comunión única. Los que concurren al cine deben aceptar códigos básicos. Por ejemplo, cuando comienza la película deben guardar silencio para que el resto de los espectadores puedan disfrutar del filme. ¿El resto de los espectadores? ¿Existe eso?, parecen decir los y las charletas cuando alguien tiene el tupé de pedirles silencio.Ser el pupoEn el supuesto afán de no ser caretas, de ser espontáneos, o la mar de vivos, no son pocos los que en los cines y en otros ámbitos de la vida actúan de la misma manera que lo hacen en Facebook o Instagram.Esto es, como si el mundo estuviera expectantes de sus avatares. Y ellos fueran el ombligo del orbe.Una de las formas de la inteligencia es saber acompañar las buenas convenciones sociales, esas que nos ayudan a que la vida en común sea un poco más llevadera.Lo llamativo es que esta enfermedad social de hablar en los cines ataca no sólo a los adolescentes sino a todo tipo de gente, entre ellas las señoras que creen estar tomando el té con sus amigas, o a parejas de tontos grandes que uno sospecha que deberían comportarse mejor.Cierren la bocaUna de las claves de este espiche que usted me está aguantando radica, en algunos casos, en que hay una creciente cantidad de personas desesperadas por obtener la mirada del otro aunque más no sea para que lo reprueben.Pero en otros casos lo que se ve es a gente que parece no conectar con el resto de los mortales, como si estuvieran en una burbuja.Tampoco es un tema menor el hecho de que los cines sean hoy un comedero con pochoclo, chipá, pizza, empanadas, beberajes y otros anexos.Pocas cosas más indecentes que tener que ver una película en la que el director ha logrado crear un clima de tensión o de emoción y que sin embargo es roto sin asco por cada mano que rasquetea pororó en el cubo o por cada sorbo de gaseosa que sube por la cañita hasta la garganta.Los ciegos, los mudosPunto aparte con lo del cine. Vamos ahora a otro asunto de desconexión social. Le cuento algo que me pasó esta semana. Entro a un local comercial. En el negocio no hay clientes y las dos mujeres que atienden están hablando sobre un tema particular o laboral. Saludo, como corresponde. Una de ellas contesta casi sin mirarme. La otra, ni mu. Y siguen en lo suyo. Como si el cliente no debiera tener ninguna preferencia en su atención. Ellas hablan de asuntos internos del negocio. Las miro fijo. Siguen charlando. Hago como que observo productos para ver si eso les llama la atención. Pispeo el reloj y me digo, bueno me rajo. Estoy enfilando hacia la puerta y entonces una de las damas hace como que repara en mí."¿Le puedo ayudar en algo?", me dice. El troglodita interior me ordena: "Decile de todo". No lo hago. No porque me falten ganas, sino porque prevalecen las máximas que me machacaba mi vieja, como el pesado de San Martín a Merceditas. Por ejemplo: "No hay que faltarles el respeto a las mujeres y mucho menos a la maestra".Cada vez son más los locales comerciales, algunos muy finolis, donde atienden para el traste. Dar con un empleado dispuesto a mostrarte ropa o a tenerte paciencia con los talles no es tarea fácil.No sé quién es el santo patrono del comercio, pero ojalá que este buen hombre premie de algún modo a todos aquellos que aún tienen el fuego sagrado de atender como la gente.Caer en la redTodas estas rarezas ya expuestas no creo que lleguen a enmendarles la plana a los que, como si fueran Candelaria Tinelli o Ángel De Brito, cuentan en las redes sociales, con textos y fotos, todo los que les va pasando durante el día. Incluso intimidades que les puede llegar a interesar solamente a los que las escriben.Hace unos días, unos colegas más jóvenes que yo, que tienen el hábito de trajinar Facebook y Twitter, me mostraron los tuits que lanzaba una reciente pareja del ambiente. Las frases, que para los autores de esos tuits deben de haber sido muy sentidas, eran para el resto de los mortales un compendio de melosidades insoportables.El negarnos al amparo que nos ofrece el derecho a la privacidad suele convertirnos en magníficos ridículos.
¿Por qué un creciente número de personas habla en los cines como si estuviera en la cocina de su casa o en el bar con amigos?




