Literatura

Un Espíritu Modesto: el descubrimiento de la soledad y la sensualidad en dos mujeres

Santiago Loza es el autor de la novela Un Espíritu Modesto, un libro que contiene la historia de una madre e hija que cambiarán sus vidas al mudarse y separarse

Una madre, ya anciana y una hija que nunca han podido vivir una vida solitaria se mudan a la ciudad. Las vitrinas las atraen, pero también la posibilidad de dejar de vivir juntas y hacerlo totalmente en soledad. Ninguna lo dice, pero así son felices y el hecho de finalmente poder vivir sin la compañía de la otra las transforma. Esta es la historia que cuenta Santiago Loza en su libro Un Espíritu Modesto.

En Un Espíritu Modesto, Santiago Loza toma la vida de otras tantas mujeres y las transforma en solo dos: Laura y Vilma, madre e hija. Dos personas acostumbradas a vivir y a aguantarse en una casona de pueblo, pero que llegado un momento se animan a hacer algo que siempre anhelaron: vender todo, comprar dos departamentos, irse a la ciudad y vivir solas, separadas una de la otra.

Así es como Laura va a conocer la vida de ser una mujer anónima y podrá sentirse libre en todo sentido. Vilma finalmente se setirá libre de tomar sus propias decisiones y no sentirse juzgada todo el tiempo. La novela de Santiago Loza no es un policial, no es un drama, ni una comedia, es una novela sobre la vida cotidiana en la que se hace imposible no sentirse identifcados con sus personajes.

"Quería contar esa suerte de traslado de personas de provincia al anonimato de una ciudad, como empiezan a tener un cierto viaje", explicó Loza a Diario UNO. Para él, esas mujeres no eran extrañas, ni Vilma ni Laura. "Siento que las conocía".

Y es que no es difícil sentir que uno las conoce, ambas pueden ser esa madre, tía o hermana que uno tiene y con la que convive en la vida cotidiana desde hace años. Que cuando viajan a la grn ciudad encuentran cierta emoción en recorrer vidrieras y en maravillarse con toda esa variedad que no pueden comprar.

"La novela estaba atravesa desde la soledad de los personajes y que, justamente, explora esa soledad y como se van tranasformando", explica Loza, que siempre soñó con ser escritor, desde muy chico, pero que gracias a escribir teatro recuperó y cumplió ese sueño. Pero como el mismo autor señala, esa transformación desde la soledad de ambas también va acompañada de cierta sensualidad que hace que puedan descubrirse desde otro lado, desde otro lugar y no desde donde han estado siempre.

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Así comienza Un Espíritu Modesto, la novela de Santiago Loza

Tardó siete años la construcción. Participaron, en las distintas etapas, treinta y dos obreros. Uno murió en un accidente. Cayó al vacío por un andamio mal colocado. Se demoraron en socorrerlo. La aseguradora tardó en pagarle a la familia la indemnización correspondiente y entraron en un litigio de dos años. La empresa que construía el edificio paró la obra durante ese tiempo.

Los vecinos que pasaban por la vereda miraban esa mole inacabada y se preguntaban si quedaría así. Otro esqueleto de cemento que se sumaría al cementerio gris de la ciudad.

El obrero que murió se llamaba Raúl y se le reventó el cráneo en el impacto. Los médicos que vinieron en ambulancia a socorrerlo se negaron a recoger las partes diseminadas. La policía también se negó. La materia cerebral estuvo expuesta durante horas, se juntaron hormigas y moscas.

La mujer de Raúl perdería su embarazo al mes del accidente. Tenía otro hijo que no era de Raúl pero que él había cuidado como propio. El chico tenía doce años y se daba maña para algunos trabajos de albañilería. Unos años más tarde sería obrero como Raúl y construiría un edificio lindero.

La empresa propuso un acuerdo de un treinta por ciento de lo que correspondía según el abogado. Ella aceptó por necesidad y fastidio. Compró un terreno en el pueblo donde vivía su madre, hizo una huerta y trabajó en una de las dos peluquerías del lugar.

Después del arreglo, la construcción se reactivó, el edificio fue ganando en altura. Los obreros improvisaban asados sobre una chapa cerca del espacio donde había estallado Raúl. Quedaba una marca oscura en la zona que sería tapada con baldosas marrones. Con el tiempo esas baldosas se partirían y la sangre de Raúl volvería en forma de filtración. Un líquido viscoso que se convertiría en moho permanente en la base del edificio.

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Ellas

Laura tenía cuarenta y siete cuando se mudó. Viajó tres meses antes que su madre. Cuando entró al departamento, en uno de los placares encontró un crucifijo rojo con lo que parecía ser el esqueleto de un sapo. No se asustó, lo tiró en la bolsa negra de nailon que estaba en la sala vacía. No le pareció una señal ni una maldición ni los restos de una brujería. Tampoco le produjo rechazo ni temor. En el tiempo de la mudanza, Laura estaba apática.

Pasó lavandina en los pisos. Desinfectó. Rasqueteó los restos de grasa que habían dejado en la cocina. Otros restos que se habían vuelto costras, hongos, materia sólida, fósiles de una vida descuidada. Laura odiaba a la gente en general y pensó que los dueños anteriores serían gente sucia. En la compra de la casa los había visto remilgados. Inclusola miraron como a una pueblerina, como si hubieran tenido cierta alcurnia que los diferenciaba. Puercos. La gente en la intimidad hace cualquier clase deinmundicias.

Le costó más el baño. Nunca le molestó limpiar los baños, incluso disfrutaba de tirar mucha agua y fregar fuerte los sanitarios. Pero ahora, cuando sacaba la mugre de los expropietarios, lo hacía con bronca. Como si quisiera quitar hasta el último germen del pasado. Quería entrar limpia a esa casa. Cuando consideró que estaba impecable, dejó pasar a los obreros.

No aplicó el mismo cuidado en el departamento de su madre. Habían vivido juntas veinte años y por fin tomarían distancia. Seis pisos de distancia. Laura en el 3° A, la madre en el 9° B. Era una distancia prudencial. Podría controlar a su madre. Ver si estaba bien, visitarla a diario, pero manteniendo independencia.

Habían vendido la casa que tenían para vivir en la capital. Otra gente hace el movimiento contrario. Cuando ven que se asoma en el horizonte el fantasma de la vejez, se trasladan a sitios más tranquilos. Ellas no. Cuando vieron que la cosa se venía de achaques, decidieron vivir en una ciudad grande y violenta. Habían visto por televisión las noticias, el tráfico siempre atascado, los robos, las calles cortadas. También las telenovelas. Habían hecho viajes previos que las fueron preparando en su determinación. En cada viaje se habían peleado cuando Laura caminaba demasiado rápido para el andar desu madre. En cada viaje se habían cansado de mirar vidrieras y precios. En cada viaje fueron a algunos de los restaurantes a los que solían ir los artistas de la televisión. Fueron al teatro y se aburrieron. También, a algunos recitales y a ferias en los parques.

En verdad, lo que más disfrutaban era el visionado de vidrieras. Entrar y preguntar precios y que todo les resultara imposible de caro y no comprar. Cuando tomaban el colectivo regresando de cada viaje, cada una en silencio deseaba un día instalarse en la ciudad y dedicarse de lleno al asunto de las vidrieras.

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