Seis minutos. En seis minutos se calienta el agua para unos mates; se toma un café al paso; se ve un buen corto cinematográfico; los novios pueden llegar al orgasmo. Seis minutos después de la muerte clínica se declara la muerte biológica. Seis minutos son 360 segundos y ése es el tiempo objetivo. Pero también hay uno subjetivo. Seis minutos no son lo mismo para aquel que toma el café o está teniendo sexo que para este otro que espera la llegada de la ambulancia junto a un familiar herido. La fragilidad de la vida y el acecho de la muerte distorsionan el tiempo y lo relativizan, como el reloj blando de Salvador Dalí.

El operador llama: “129”. El médico cirujano Roberto Baigorria responde. Casi son las 11 y es el primer alerta de sus 24 horas de guardia en el Servicio de Emergencias Coordinado de la unidad de San Martín. El chofer en turno es Elio “Jhonny” Luquez. Los dos son palmirenses. También está el chofer de la guardia anterior, Miguel Parlante, que se ha quedado a charlar y a cebarles unos mates dulces en la base de la calle Entre Ríos, de La Colonia.

“Accidente de tránsito con lesionado. Carril Montecaseros a 400 metros de Alem. Politraumatismos. Posible TEC (Traumatismo Encéfalo Craneano)”, informa el operador. La ambulancia sale. En realidad el “129” es el número del móvil que habitualmente usan, una Renault Master que fue llevada para realizarle unas reparaciones menores para que esté en condiciones para la Cumbre de Presidentes del Mercosur a fin de mes. Después prometieron devolverla. Mientras tanto usan una Mercedes Benz Sprinter que tiene el interno 120. “Yo prefiero la Master. Es más ágil para andar por la ciudad”, dice uno de los choferes mientras hace aullar la sirena, que hace que los autos se abran como si fueran palomas espantadas.

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11 hs. Ariel (40) está tirado boca arriba en medio de la calle, todavía con el casco puesto. Su moto está 10 metros más allá. Quiso esquivar a un perro y cayó. Es preventista de gaseosas y cerveza. El médico le habla suave y tranquilo. De la misma manera le quita el casco. Le pregunta sobre sus dolores. Lo palpa en distintas partes del cuerpo y le mueve brazos y piernas. Le coloca un collarín en el cuello, lo suben a la camilla y parten al Perrupato. Politraumatismos. Tendrá una convalecencia de un par de semanas, pero estará bien. “Les voy a regalar un cajón de cerveza”, les dice el paciente. “Que sea un cajón bien frío, mientras que no sea uno de madera…”, bromea Baigorria.

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Roberto siempre supo que quería ser médico. “Mi única duda fue cuando iba a empezar la secundaria y me planteé si mi padre, que era ferroviario, iba a poder pagarme la carrera”. Entonces eligió estudiar en el Colegio Don Bosco y recibirse antes de enólogo para tener la alternativa de afrontar los costos. Igual la facultad y las dificultades económicas fueron un camino tortuoso y complejo. “Muchas veces viajaba a dedo o me quedé a dormir en una plaza en Mendoza para no tener que gastar en pasaje”.

Era septiembre del 96 cuando se recibió, con 28 años. Un mes después se enteró que su novia estaba embarazada y se casó. “Yo quería hacer una especialidad. La cirugía siempre me atrajo. Pero la única forma era dedicar otros cinco años para una residencia o una concurrencia programada ad honorem y en ese momento no me podía dar ese lujo. Había que parar la olla”.

Fueron años difíciles. Muy difíciles. Las guardias eran el principal ingreso y en el 99 un consultorio que abriría gracias a la invitación (“sin conocerme”) de Luis Chavez, un experimentado colega que lo sumó al equipo de médicos que trabajaba en una casona en Palmira.

Finalmente en el 2000 se animó e hizo la concurrencia de cirugía en el Perrupato. Fueron cinco años de prácticas y estudio.

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11.20 hs. El equipo 129 deja al preventista en el Perrupato y de allí sale a una nueva emergencia. Norma (49) iba en bicicleta por la Avenida Mitre y en el cruce con 9 de Julio la embiste un auto. El vehículo iba despacio pero la mujer cae y se golpea contra el pavimento. Tiene un traumatismo de cráneo y un golpe fuerte en la rodilla derecha.

Baigorria se abstrae de todo cuando revisa a un paciente. Cierta ven atendía a una mujer accidentada y le decía: “Quédese tranquila señora ¿Tiene familiares a quien le podamos avisar?”, y la mujer le respondió: Vos, Roberto. ¿no ves que soy tu prima?”.

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El 2001 agarró a Roberto Baigorria recién acomodándose en la profesión. Para colmo en su matrimonio las cosas andaban a los tumbos. “La pasé muy mal. No tenía ni especialidad ni trabajo estable. De un momento para otro dejaron de pagarme en todos lados. Estuve 9 meses sin cobrar. Me había comprado un Fiat Palio 0 km y tuve que cambiarlo por un Chevrolet ´72 y algo de plata. Con eso elegíamos: o pagábamos las cuentas o comíamos”.

Tal vez lo que salvó al médico de la depresión fue la música, su otra pasión. Amante de los Beatles, tiene un gusto variado. Toca la guitarra y canta. Incluso supo formar parte de algún grupito armado con amigos.

Por esa pasión en 2008 hizo algo que pinta su simpleza y sus ganas. Era principios de junio y Charly García iba a tocar en Cacano. “Pidió una limusina y la secretaria del consultorio es familiar de alguien que tenía una y se la alquiló. Yo le ofrecí ir con él para ayudarlo con tal de estar cerca de Charly. La primera noche hizo un recital espectacular. Cuando salíamos yo terminé cumpliendo la función de guardaespaldas y a Charly se le cayeron los anteojos. Yo los levanté y los guardé en el bolsillo. Esa noche terminó haciendo un escándalo en el hotel, al día siguiente ya no se presentó y después lo internaron. Los anteojos de Charly están en una vitrina en mi casa. Son berreta, de ésos que se compran en la estación de servicio, pero son de Charly”.

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11.50 hs. Dejan a la ciclista en el Perrupato y parten a otra emergencia. Esta es más grave. En el autódromo se estaba haciendo un test drive de la nueva Mercedez Benz Sprinter. Una de ellas volcó, con 6 ocupantes. Hay lesionados. Otra ambulancia concurre en apoyo. El equipo de la 129 atiende a Luis (52) y a Fernando (38), que parecen ser los que han sufrido lesiones más graves. Tienen politraumatismos múltiples. Sus vidas no corren riesgo. La otra ambulancia se lleva a los otros cuatro contusos.

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Elio Jhonny Luquez es un hombre robusto. Tiene 44 años y durante 21 fue enfermero profesional del hospital en áreas complejas: terapia intensiva; cirugía; hemodiálisis… “Un día me cansé y me hice chofer”. Para Baigorria es una tranquilidad trabajar con el (“te saca las papas del fuego”), aunque sus turnos no siempre coinciden. En la base 129 hay siete médicos y cinco choferes que se van rotando.

La vida de Jhonny tampoco ha sido simple. Se separó de su mujer cuando sus hijos eran todavía chicos y los crió él solo. No se volvió a casar. Hoy los chicos tienen 16 y 19 y todavía viven con él. ”Cuando nos avisan de un accidente de motos lo primero que pienso es en mis hijos”, dice, reconociendo un temor inmanejable.

Además es chofer en un sistema de emergencias privada. Maneja con cuidado. La llegada rápido al lugar de la emergencia y al hospital depende más de conocer bien las calles y el tránsito que hay en ellas que la fuerza con la que se pise el acelerador. Siempre lleva las balizas prendidas, pero la sirena la activa apenas cuando Baigorría dice “vamos en rojo”, aclarando que el estado del paciente es grave.

El trabajo del chofer también consiste en mirar el entorno mientras el médico trabaja. Nunca se sabe si puede producirse una agresión o aparecer un familiar desesperado, pese a que la policía siempre intenta resguardar la zona antes de que llegue la ambulancia.

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12.10 hs. Érica (31) es policía. Viajaba con su moto por la calle Avellaneda y chocó contra un Peugeot 504 que circulaba por Albuera. Renguea de una pierna y dice que no tiene nada grave. Baigorria igual la revisa y constata que no requiere hospitalización.

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La vida de Roberto Baigorria comenzó a cambiar cuando se separó de su primera mujer, con la que ya tenía tres hijos. Se fue a vivir a una piecita que hay en el mismo centro médico donde tiene su consultorio. A partir de allí se comenzaron a suceder una serie de acontecimientos que le dieron “estabilidad emocional y económica”, algo que él remarca como si fuera el empleado de una fábrica que ha pasado a planta. Terminó la especialización en cirugía. Comenzó a operar. En 2005 lo contrató el Servicio de Emergencias Coordinado y también tomó una guardia de cirugía en el Perrupato. Esos cargos por contrato luego se transformaron en un pase a planta permanente.

Hoy sus cuentas cierran muy justo,… pero cierran. Todavía alquila y sueña con su casa propia, para la que está inscripto en el plan de una constructora particular. Además formó una nueva pareja y tuvo otros dos hijos. “Ahora tengo una familia numerosa”. Salvo cuando está de guardia en el Coordinado, ve a sus cinco vástagos todos los días. Los lleva y los trae de las escuelas y paga las cuentas de su casa, la de sus padres y la de su ex mujer. Hasta se ha dado el gusto de ir a Buenos Aires a ver a Roger Waters.

En su pueblo es un palmirense más y así trata a sus pacientes. “Esto te permite tener un contacto muy fluido. Una buena llegada”.

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13.10 hs. Gastón (24) iba en moto y choca contra un auto en Viamonte y Santa Cruz. Tiene un traumatismo en la pierna izquierda. La sacó barata. Iba sin casco.

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El SEC atiende urgencias, emergencias o catástrofes. Lo que se llaman códigos amarillos o rojos, cuando la vida está comprometida. Accidentes, pérdidas de conocimiento, heridas de arma de fuego... El operador recepta la llamada, identificar el problema y pasa el alerta. En la provincia hay distribuidas una docena de unidades como la 129. Casi no se conocen entre ellos. Apenas por la voz, el número y el nombre. Cada uno soporta el stress, las presiones, los insultos de la gente cuando creen que hubo demora, “pero no se puede ni hay que dramatizar nuestro trabajo”, dice Baigorria.

Sin embargo hay situaciones tremendas que han tenido que superar. La unidad 129 fue la primera que llegó el mediodía del 23 de octubre del 2009 a la casa de la familia Scordomaglia, en el barrio Mebna. El matrimonio y sus dos hijos discapacitados se habían encerrado dentro de la vivienda y habían abierto las llaves de gas. Hubo una explosión y todos sufrieron gravísimas quemaduras que, horas después, les provocaron la muerte. “A mi me costó mucho tiempo superar eso”, reconoce Roberto. También fue difícil cuando quedaron en medio de un tiroteo en el barrio Venier la noche del jueves 24 de marzo de 2011. “Siempre la Policía nos asegura la zona, pero esa vez tuvimos que refugiarnos”.

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15 hs. Germán (28) y su padre Héctor (50) chocan con su Renault 9 contra un camión en Ruta 7 y Tropero Sosa. Sufren múltiples lesiones, especialmente en el rostro por los vidrios del parabrisas.

18.32 hs. Víctor (42), encargado de una cooperativa de trabajo, recibe una furibunda golpiza a manos de un marido indignado que asegura que su esposa había sufrido una injusticia laboral.

19.10 hs. José (17) y un compañero de 18 años son alumnos del Centro de Capacitación de Trabajadores 6-031, de La Colonia y sufren lesiones en el rostro en una “piñadera”, como ellos dicen, cuando iban a la escuela. El mayor se vuelve solo a su casa pero el menor es revisado por Baigorria en la escuela y no requiere hospitalización. Mañana tendrá el ojo en compota.

19.40 hs. Una mujer de 70 años se cae a una acequia en la manzana 14 del barrio San Pedro. Cuando llega la ambulancia una vecina anuncia que ya la han trasladado en un auto particular hasta el hospital.

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De día hay mayoría de accidentes de tránsito. De noche hay más heridos por riñas y algún código “cero ocho, cero uno, cuádruple negativo”, tal como se califica a un trabajo de parto. Esta noche será tranquila. No pasará nada de eso.

Para cada uno de estos pacientes, para cada uno de sus familiares, la ambulancia siempre parece tardar demasiado.

La tarde del 7 de julio de 2010 quedó grabada en la memoria de Roberto Baigorria. Lloró mucho después de esa emergencia y siguió llorando después, durante mucho tiempo. “Todos somos padres, todos tenemos hijos”, dice.

Eran cerca de las 18 y una niña de cuatro años se soltó de la mano de su hermana mayor y cruzó el carril Primavera, en Junín. Un auto la atropelló. La desesperación de los presentes hizo que las llamadas fueran hechas directamente al micro hospital de Junín en vez de al 911. Pasaron varios minutos hasta que finalmente ingresó el alerta a la unidad 129. “Tardamos 6 minutos en llegar al lugar. Cuando me bajé de la ambulancia vi a una nena tirada en la calle. Tenía puesta una campera de lana igual a la que usaba mi hija, que también tenía cuatro años. Además tenía el mismo cuerpito. Entonces bloqueé los sentimientos, cerré la persiana y empecé a trabajar. La gente estaba indignada por la tardanza en la llegada de una ambulancia. La nena tenía las pupilas dilatadas y le toqué la cabecita. Tenía fractura de cráneo. La subimos a la ambulancia. La madre subió detrás de mí. A los 100 metros la nenita se me clavó (paro cardiorespiratorio). La saqué y la entubé mientras el chofer ya alertaba al Perrupato y la madre gritaba”.

En el hospital, y sin bajarla de la camilla de la ambulancia, la estabilizaron y seguimos hacia el Notti. “No me olvido de la cara de la nena y de su camperita de lana. En el Notti ya nos esperaban. Esa emergencia fue una de las más eficientes en lo operativo, pero la nena murió.

Al día siguiente nos criticaron mucho por la demora. Hasta hicieron una manifestación. Yo los entiendo, pero nosotros habíamos tardado solo seis minutos desde que nos dieron el alerta hasta llegar al lugar”.

Una niña. Una camperita de lana. Un padre. Un hijo. Un médico. Seis minutos.

(Esta nota fue publicada originalmente en junio de 2012 en Diario UNO. Hoy sus protagonistas siguen trabajando, agregando a las emergencias las particularidades de la pandemia de coronavirus)

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