Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "Prisionero bajo tierra"

El encuentro entre dos mujeres y un joven en un cementerio fue inusual, sobre todo por su inesperado desenlace. Esta ficción surgió a partir del relato de una oyente de radio Nihuil

Lucas tenía 19 años y hacía 11 meses que estaba muerto. Fue en un accidente automovilístico y no hubo fotogramas de su vida, túneles luminosos, ni miedo. Fue un golpe, un súbito dolor y nada más.

La muerte fue una verdadera decepción, aunque en realidad tampoco se había planteado en profundidad qué esperar del más allá. No tuvo tiempo.

Los primeros días -si es que fuese posible cuantificar la eternidad- fueron difíciles. A Lucas, que tanto le gustaba la música, el silencio lo enloquecía. Intentaba recordar alguna de sus canciones favoritas, pero las notas y las palabras se fragmentaban progresivamente. En cada intento de melodía perdía musicalidad y eso incluía los sonidos de algunas palabras. Por eso dejó de intentarlo, para no perder lo poco que le quedaba.

Tampoco era el que peor la pasaba. Los primeros días de otros eran aterradores. Niños llorando sin consuelo, mujeres con sus gritos aferrados a un final violento, hombres insistiendo en el nombre de sus seres queridos o sus asesinos. Y después, la calma.

La mayoría guardaba un inquietante silencio. Cualquiera podría tentarse en asimilar esas dos circunstancias opuestas a escenarios como el cielo o el infierno, pero bajo la tierra no existen nociones de evaluación, castigos o recompensas. El camino que se adentra en la propia muerte no sólo es inevitable, sino la huella digital que marca la singularidad de nuestro fin.

Libertad condicional

A veces hablaban, más por mensurar la eternidad que por curiosidad. Los diálogos eran breves: nombres, historias que no llegaban a identificar como recuerdos, fechas con o sin sentido.

Entre las conversaciones deshilvanadas y susurradas, había una frase que se repetía: “Voy a salir”. Cuando alguno de sus compañeros la pronunciaba, el resto interrumpía la monotonía de sus expresiones con la alegría en sus voces.

Lucas no entendía lo que significaba, hasta que el anciano que tenía a su lado la pronunció y por la cercanía, el joven se sintió en confianza como para preguntar.

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“A veces podemos salir y visitar los lugares que conocimos o los que nunca llegamos a descubrir. Ver a nuestra familia, seguir a alguno de nuestros amigos o enemigos y hasta jugarles una broma para que sepan que estamos cerca. Las señales serán interpretadas como proximidad o advertencia, según quién sea el destinatario del mensaje. Cada cual recibe lo que merece”, resumió su vecino.

Lucas tuvo más preguntas. ¿Quién decidía quién salía y quién se quedaba? ¿Cómo sabía el beneficiado que podía viajar al otro mundo? ¿Todos podían salir? ¿Había algún requisito para lograrlo?

Al anciano la charla lo aburrió. Sólo contestó que si le llegase el momento, simplemente lo sabría. Y no volvió a hablarle, absorto en lo que haría cuando volviese a la superficie.

Ella

“Voy a salir”, dijo Lucas y todos lo felicitaron. Sólo restaba decidir el lugar o la persona a visitar. No tuvo dudas: quería ver a su madre.

Si lo pensaba, no había un rostro o una imagen para su deseo. Su mamá lo abandonó cuando tenía dos años y su padre y sus abuelos paternos borraron de la casa y de la memoria cualquier vestigio de esa mujer. Tampoco eran necesarias esas referencias: al salir el deseo como brújula lo llevaría al lugar correcto, a la persona indicada.

Lo primero que sintió al subir fue el aire apenas fresco de la tarde y el olor de las flores vivas y muertas. Empezó a caminar, con su intención como mapa y las vio: dos mujeres de espaldas a él, caminando por el cementerio lentamente, no sabía si por la pena o por el cansancio de los años.

Iban del brazo, el andar coordinado, las cabezas inclinadas para apenas susurrar lo que el dolor les dictaba decir.

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Lucas estiró el brazo y la mano tocó el hombro de una de las desconocidas. Las dos giraron al unísono, como si un mecanismo invisible las obligara a sincronizar hasta sus más pequeños gestos. El joven recuperó el milagro de sentir a otro ser humano, tan infravalorado cuando era cotidiano.

La mujer lo miró con algo de extrañeza, pero con una dulzura que continuó en la voz para preguntarle si necesitaba algo.

Necesitar algo. Había sido despojado de todo, tan temprano, que toda su presencia gritaba necesidad.

Le pidió disculpas por la intromisión en la charla, pero dijo que se había animado a acercarse porque ella se parecía mucho a su madre.

Mintió al decirle que había ido a llevarle flores a su mamá, porque no quería asustarlas. Se sorprendió al darse cuenta qué rápido las argucias de la vida regresaban.

Las últimas palabras de Lucas casi no se oyeron en la voz recuperada y atravesada por una emoción nueva, justo ahora que no debería sentir nada. Los ojos de la mujer se espejaron en lágrimas y al reconocer su emoción se atrevió a hacerle un pedido.

-¿Puedo abrazarla? Sé que suena raro, pero en este momento lo único que desearía es sentir el abrazo de mi mamá por última vez.

La mujer no dudó. Sin responder lo abrazó con calidez, determinada a honrar el pedido de ese extraño con el que sólo compartía el conocimiento de la pérdida. Se abrazaron en la comprensión de ese instante único de humanidad que trascendía sus edades, circunstancias y fronteras inimaginables.

Lucas lloró en el hombro de esa desconocida el abandono, el rostro invisible, la ausencia y, por qué no, el perdón.

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Se despidieron y las mujeres siguieron su camino hacia la salida del cementerio. La que sólo había sido testigo de ese encuentro inusual, pensó que el joven, visiblemente conmovido, tal vez necesitase que le hiciesen compañía un momento más, el imprescindible para asegurarse de que estaba bien.

Lo buscaron de inmediato, pero no había rastro de él y ninguno de los visitantes lo había visto. Las lápidas se veían tan solitarias, hundidas en la monotonía gris apenas salpicada por el colorido insolente de las flores.

Lucas tenía todo el tiempo -que no podía medir-, para vagar en su primera salida, pero apenas se despidió de las mujeres, pidió regresar a su espacio de silencio y diálogos intermitentes.

No quiso insistir en ver el rostro de quien lo abandonó y nunca, ni en su muerte, se interesó por él. Si la hubiese encontrado no habría querido asustarla, ni presentarse como una funesta sombra que volvía a reclamar por su desamor. Ahora sabía cómo era el abrazo de una madre, la de otros, ajena, pero con eso tenía suficiente. Sin rencor ni venganza. Al menos, hasta su próxima salida.

Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.

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