No existe un tiempo exacto ni fecha precisa donde anclar la historia de Zacarías. Se la escucha, resistiendo el olvido, en El Retamo, esa localidad de Lavalle cercana a donde se buscan las tierras de San Juan, San Luis y Mendoza. Una triple frontera amurallada de leyendas que de boca en boca se aseguran algo parecido a la perpetuidad.
Testimonios del más allá: "La última nota"
La comunidad huarpe de nuestra provincia ha resguardado valiosas leyendas como la de Zacarías, el hombre que quiso ser el mejor guitarrista y que tuvo como maestro nada más y nada menos que al mismo Diablo
Zacarías tenía un deseo que no podía cumplirse, porque no tenía la potencialidad de hacerse cierto. Quería tocar la guitarra como ninguno antes lo hubiera hecho, que sus acordes conciliaran o enemistaran las emociones, que una vez que sus dedos alumbraran notas, nadie pudiese olvidar su imagen y su nombre. Era un sueño desmedido, porque no sólo no sabía nada de música, sino que incluso sus manos parecían demasiado nudosas y torpes como para aprender las sutiles técnicas de la armonía.
Pero la obstinada obsesión de este hombre encontraría el modo de cumplir sus anhelos, aunque en ello se le fuese la vida.
El atajo
Se compró la mejor guitarra e intentó aprender de los guitarreros que admiraba en las peñas, pero el instrumento era una caja de madera seca en sus manos. De nada valían su empeño, su insistencia, las horas sin sueño para practicar. No había recompensa para su esfuerzo, tan desprovisto de talento.
Tal vez fue su desesperación la que convocó a los voceros siniestros, hombres y mujeres del pueblo que le indicaron el camino alternativo para ser un virtuoso guitarrista, pero a un alto precio. Le hablaron del sabedor de otras artes -las oscuras- y que él podía descifrar dónde y cuándo pedir asistencia al Maligno, el que no hace preguntas porque puede leer nuestra oscuridad.
Ese hombre, que vivía alejado del resto y con una austeridad más cercana a la santidad que a la condena, tampoco preguntó nada. Zacarías no era el primero que iba a verlo para buscar atajos en la vida y se mostró gratamente complacido en orientarlo hacia los peldaños del infierno.
Maestro en la oscuridad
Las indicaciones eran precisas y desconcertantes: debía iniciar el camino al atardecer y adentrarse en un campo cualquiera. “No es que salgas al encuentro del Diablo. Él te va a encontrar”, le dijo su mentor sobre la inaudita cita que estaba concertando.
El declive del día firmaba con ocres y naranjas el sendero, como un otoño impuesto al final de ese día de verano. Cada paso lo hacía sentir somnoliento, cansado, con rumbo fijo a ningún lugar, aunque marchara de modo determinado.
La noche iba surgiendo como un mal sueño, con sus ruidos indescifrables en el temor y la privación de ver y anticipar algún peligro. La tierra irregular lo hacía tambalear, borracho de ceguera sin luna. Su cuerpo era una madeja alerta, reactiva a las piedras que pisaba, al aire que lastimaba por cálido o al silencio que lo cubría como una mortaja.
Una voz, marcada en el viento o en su mente, le ordenó detenerse y no mirar atrás. Escuchó sus deseos, aunque Zacarías nunca recordaría si los expresó con palabras. No puso reparos en la ayuda, es más, el mismo Maligno sería su maestro de música. Pero había una condición innegociable: nunca debía mirarlo. Zacarías aceptó.
Aprendiz del Diablo
Amparado en las sombras y en la soledad del campo abierto, discípulo y maestro se reunían. Apenas la noche se hacía realidad, Zacarías ya lo esperaba para comenzar la clase, puntual y dispuesto como el mejor alumno que pudiera imaginarse.
Zacarías agradecía a la luna la luz intermitente en sus lecciones, pero cuando la desterraban del cielo, sus habilidades crecían. A ciegas, el diapasón era una serpiente vibrante, capaz de reptar melodías con sólo deslizar los dedos, tímidos al principio, audaces después.
El maestro permanecía a sus espaldas. Zacarías escuchaba las indicaciones, de tal virtuosa exactitud, que las palabras dirigían sus acciones sin necesidad de nada más.
La voz del Maligno tenía una cualidad cavernosa, aunque no intimidante. Se permitía incluso reír o bromear a medida que el alumno iba adquiriendo habilidades prodigiosas. Zacarías creía, erróneamente, que la música había creado un vínculo que quizá le permitiese no sólo ser el mejor guitarrista, sino salvarse de la condena eterna.
Ese débil lazo se quebró la noche en que el Diablo iba a enseñarle la última nota.
La tentación
Conforme el dominio de la guitarra avanzaba, el virtuosismo de Zacarías era incomparable. Empezó a presentarse en las peñas y el efecto que producía en la gente iba más allá de la admiración. Quien lo escuchaba una sola vez se convertía en devoto y propagaba la noticia de su inusual talento por todos los lugares que caminara.
Las notas groseras que el campo escuchó la primera noche, eran una lejana afrenta. Ahora, esa música, paradójicamente celestial, se arremolinaba en la tierra para buscar el cielo en una plegaria oculta. Y a la par de su talento crecía en Zacarías una curiosidad corrosiva: quería ver a su maestro.
A veces lo imaginaba como una voz incorpórea, pero otras tantas su presencia era tan física, que el suelo parecía temblar cuando se acercaba, mientras un rumor de voces y lamentos lo acompañaba, en una letanía de infinito sufrimiento.
Esa naturaleza cambiante y la imposibilidad de ponerle un rostro a su terror lo empujaban a romper el pacto, pero resistía porque la última lección estaba cerca y con ella la culminación de su propia leyenda.
El Diablo fue el que marcó el fin del aprendizaje: “Esta noche vas a aprender la última nota”, le dijo y el desamparo hizo el resto.
¿Qué sería de él, cuando su maestro ya no lo escuchara? Sintió que si era gigante era por la mirada de ese ser que lo había elevado, sin importar qué o quién fuera.
Por eso, con la emoción en las manos, improvisó la más cautivante de las melodías, la cual nos ha sido negada a todos, porque si sus notas nos alcanzaran, nuestra condena estaría escrita.
Su corazón, agitado de gratitud y aguijoneado por la curiosidad, lo impulsó a buscar el semblante del maestro. Y así lo hizo.
El quiebre entre lo que atesoraba y lo que vio fue veloz como una puñalada. El rostro, apenas humano, se ubicaba a más de un metro por encima de su cabeza y el cuerpo era una masa informe, un crisol de bestias que apenas se dibujaba en la piedad de las sombras. El grito fue lo peor. Todas las armonías creadas en el tiempo estaban corrompidas en ese aullido roto, imperfecto, milenario.
Superado el primer impacto, supo que ya no era un alumno para el Maligno: ahora era su presa. Y empezó a correr.
La gloria y el abismo
La última nota quedó sin ejecutarse. Desde la línea del horizonte, el sol sincronizó su luz con el canto del gallo y como en un conjuro inesperado, esa noche el Maligno no pudo llevárselo. Eso pensó Zacarías, con la soberbia de pensar que podía burlar la sabiduría de un ser forjado en todos los engaños.
El pacto se quebró y hubo consecuencias. Su fama en las peñas se había consolidado en los años de aprendizaje, pero todo se estaba derrumbando.
Cuando estaba frente al público, nadie podía sustraerse de sus dominios. Lágrimas y sonrisas alternaban en los rostros según los caprichos de las notas. Incluso los escépticos iban a escucharlo, descreyendo su naciente leyenda, para terminar rendidos ante un poder que no entendía de razones o palabras.
Pero cuando la música los había apresado, Zacarías perdía súbitamente el control. La última nota, la que no llegó a aprender, aparecía como una sombra que consumía su guitarra, sus manos, el espacio que lo rodeaba. Era entonces cuando lo presentía, cuando recordaba la bestia que nunca debió haber visto y abandonaba todo, para volver a huir.
Roto el sortilegio, la gente lo abucheaba por irse, por abandonarlos a su suerte sin melodías, mientras él corría por el campo, sin mirar atrás.
Cuando el aire lo abandonaba, se detenía, esperando la garra que le arrebatara el miedo para siempre, pero no llegaba. Escuchaba la respiración tranquila de la bestia, esperándolo, en un juego del gato y el ratón donde estaba acorralado en campo abierto.
Así fue durante años, hasta que el Maligno se aburrió de correr a un hombre viejo, que ya no tenía fuerzas para escapar. Lo encontraron en un arroyo casi seco, ahogado, el rostro hundido en un escaso charco. Tenía la espalda destrozada, seguramente por un animal y así lo entendieron desde un irracional temor. La verdad se la llevó Zacarías en el mismo instante en que fue alcanzado y escuchó, impiadosa y fatal, la última nota.
Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.









