Walter Álvarez tenía 19 años cuando su vida cambió de un día para el otro. En diciembre de 1993 perdió la visión tras un accidente y, con eso, todo lo que conocía hasta entonces. Apenas unos meses después, entre febrero y marzo de 1994, un profesor de educación física lo fue a buscar a su casa junto a un grupo de deportistas ciegos. La invitación era simple: sumarse, probar, moverse.
Ahí apareció Silvina Castro. Y también el amor.
Ella también era de General Alvear, pero su historia con la ceguera había comenzado mucho antes. Tenía 12 años cuando quedó ciega y tuvo que irse a Mendoza a estudiar en la escuela Helen Keller, donde aprendió orientación, movilidad y braille. Después regresó a su ciudad, terminó el secundario en una escuela común —siendo la única alumna ciega— y siguió adelante.
Cuando Walter llegó al grupo, Silvina ya tenía ese recorrido.
“Él hacía muy poco que había quedado ciego y se integró al grupo de deporte. Yo me ofrecí para enseñarle braille, así que empezó a venir a mi casa. Tenía muchas ganas de aprender, le costaba, pero era muy constante, siempre se ponía objetivos y los iba cumpliendo”, cuenta ella.
Esos encuentros fueron el primer vínculo.
Walter recuerda ese momento como un punto de partida: “Para mí era todo nuevo. Yo necesitaba empezar a hacer cosas, recuperar independencia. Ir a la casa de Silvina, aprender braille, compartir ese tiempo, me ayudó muchísimo”, evoca.
Pero no fue lo único que compartieron.
A los pocos meses empezaron a viajar juntos a Mendoza para hacer un curso en la Asociación Tiflológica Luis Braille y mejorar el uso del bastón. Esos viajes, las prácticas, el deporte y el tiempo compartido fueron acercándolos.
En noviembre de 1994 se pusieron de novios.
No recuerdan la fecha exacta, pero sí lo que vino después.
Porque al poco tiempo, la relación tuvo una prueba importante: la distancia.
Silvina se fue a estudiar a Mendoza capital, a unos 300 kilómetros de General Alvear. Y en esos años, la forma de comunicarse era otra.
Se escribían cartas. Cartas en braille.
“En ese tiempo que estuvimos a la distancia, nos mandábamos cartas en braille. Eran cartas románticas, donde nos contábamos cosas, lo que nos pasaba, lo que sentíamos. Era otra forma de comunicarse, más tranquila, más pensada”, recuerda Walter.
Silvina también guarda ese recuerdo como algo central en su historia: “Las cartas eran muy importantes. Era la manera de estar cerca, de acompañarnos”, rememora.
Ese intercambio fue construyendo el vínculo. Con el paso de los años, la relación creció. El deporte siguió siendo parte de su vida en común, como lo fue desde el inicio.
“Siempre hicimos deporte, siempre viajamos, compartimos mucho eso”, cuenta Walter. “Y también nos sirve cuando hay alguna tensión. Salimos a correr, a andar en bici, y eso ayuda a descargar”, señala.
Un casamiento con mucha gente y la celebración del amor
En el año 2000 decidieron casarse. Fue el 26 de febrero y fue un casamiento grande, con mucha gente.
“Invitamos a muchísimas personas. Siempre tuvimos gente linda alrededor, y eso es algo que valoramos mucho”, dice Silvina.
Con el tiempo, formaron una familia. Tuvieron tres hijas: Carolina, Martina y Delfina. Hoy ya son grandes, pero forman parte de ese camino que fueron construyendo juntos.
Walter trabaja en el Poder Judicial. Silvina se dedica a su casa y además tiene un emprendimiento de dulces artesanales que comenzó en pandemia.
La vida cotidiana se fue armando entre tareas, responsabilidades y acuerdos.
“Nos complementamos. Hay cosas que hace ella, otras que hago yo. Nos organizamos. Se puede hacer una vida totalmente normal”, explica Walter.
Y agrega, con humor: “Yo en la cocina soy un desastre, así que ahí manda ella. Cocina muy bien”.
Silvina se ríe, pero también pone el foco en lo importante: “Como toda pareja, tuvimos altos y bajos. Pero siempre nos apoyamos, siempre seguimos proyectando. Creo que eso es fundamental, tener proyectos en común”.
Ese “seguir proyectando” es algo que los define.
El deporte, algo que siempre unió al matrimonio ciego
El deporte, una vez más, aparece como eje.
Hoy siguen activos, entrenando, participando de actividades. Y hace poco llevaron ese espíritu al extremo: completaron una travesía en bicicleta de más de 1.500 kilómetros desde Chile hasta Punta Alta, junto a un equipo.
Pero más allá de los logros, hay algo que permanece.
La forma en la que se acompañan, la manera en la que se fueron enseñando cosas desde el primer día.
Silvina lo resume así: “Yo le enseñé el braille, pero también aprendimos juntos muchas otras cosas. Creo que eso es lo que pasa en una pareja, uno va creciendo con el otro”, indica.
Walter coincide: “Nos entendemos. Sabemos que nadie es perfecto, pero nos adaptamos, nos acompañamos”. Y acota: "Siempre hemos contado con el apoyo de nuestras familias. Y eso es muy importante, fundamental para nosotros".
Las cartas ya no viajan como antes. Pero lo que construyeron en esos años sigue intacto.
Ese tiempo dedicado, esa forma de decirse lo que sentían, ese vínculo que se armó desde lo simple.
Walter y Silvina no necesitan verse para saber lo que el otro significa. Lo aprendieron hace más de 30 años cuando empezaron a escribirse.
Y cuando, sin saberlo, estaban empezando a construir una vida juntos.











