Reinaldo Laddaga deambula por la sombría Nueva York del coronavirus junto al fantasma de Edgar Allan Poe

El prestigioso escritor, docente y crítico rosarino Reinaldo Laddaga presentó "Atlas del eclipse", una crónica alucinante. Un libro con "una ambición testimonial"

Reinaldo Laddaga, escritor, docente y crítico rosarino atravesó, cual una película de misterio y terror, la pandemia de Covid en Nueva York, donde vive desde hace años.

Luego de contraer el virus en una delirante y concurrida sesión de terapia alucinógena, sintió que su cuerpo lo abandonaba. Experimentó una “sensación de muerte en vida”, recuerda.

En ese momento, tomó conciencia de que su madre era claustrofóbica. Y que tenía pánico de ser enterrada viva, una situación similar a que le describe Edgar Allan Poe en su cuento “El entierro prematuro”. Como una jugarreta del destino, el renombrado escritor gótico había pasado una temporada, exactamente, en el mismo domicilio donde ahora Laddaga atravesaba los embates de la enfermedad.

No necesitó otro impulso. Apenas la deteriorada salud se lo permitió, Reinaldo ganó la calle y se largó a caminar. Acompañado por el fantasma del mismísimo Poe. Para ir alumbrando, con su lámpara de ultratumba, los rincones más oscuros, las entrañas de Nueva York, convertida en una locación de The Walking Dead y en una metáfora extrema de la humanidad enferma.

El resultado es una crónica alucinante, Atlas del eclipse, libro que vino a presentar a Buenos Aires desde donde dialogó con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-En estos tiempos, Reinaldo, Nueva York debe ser la ciudad más importante o más famosa. Es como la capital del mundo, ¿o no?

-Yo creo que sí. Sin duda durante el siglo XX lo ha sido. Ha reemplazado a París como la ciudad de referencia. Vivimos en un mundo más descentrado, pero supongo que, hoy por hoy, lo sigue siendo.

-Pero no se agota ahí…

-Con toda seguridad, Nueva York es una ciudad que tiene un mito muy fuerte, difícil de atravesar. Y es un poco lo que mi libro quiere hacer.

-Lo notable de tu trabajo es que a una ciudad como esa le mostrás las entrañas. Le hacés una autopsia y quedamos frente a un cadáver vivo. Y contás historias extraordinarias, como la de George Washington DeLong que viaja hacia el Polo Norte en busca del centro del océano.

-(Ríe) Sí, sí, sí… Es que hay historias así por todas partes. De la enorme colección de historias que existen son muy pocas las que la literatura o la historiografía retienen. Por eso, para mí es un casi un deber de escritor recobrar esas vidas que han quedado fuera de la historia. Del mismo modo que el desastre del barco a vapor del cual hablo.

-El desastre donde mueren los niños y las madres.

-Claro, donde mueren casi mil niños y madres en un incendio a finales del siglo XIX. Esa historia, que tomó a la ciudad entera durante meses en aquel momento, hoy se la mencionás a cualquier neoyorquino y no la conoce.

-Cada una de esas historias son como mininovelas dentro de tu libro. Ahí entra otro personaje, que figura en forma permanente y no te cae muy simpático, Donald Trump.

-(Ríe) Ah, sí, claro.

-Pues bien, conocer cómo el abuelo de Donald, Frederick Trump, empezó a hacer fortuna en ásperos caminos de montaña, en Alaska, durante la fiebre del oro, también es espectacular.

-Bueno… a mí me interesan mucho esas historias grises del comienzo de las grandes familias, de las grandes fortunas o de lo que sea. Y, por otro lado, me fascina naturalmente la idea de que aquello que tomó a la nación entera con la presidencia de Trump, tuvo su origen en un alemán, que apenas hablaba inglés, en la frontera, vendiéndoles productos y prostitutas a los mineros desaforados que iban en busca de lo que generalmente no encontraban.

-Y dándoles de comer, ¿no?

-Dándoles de comer carne de caballos muertos.

-Enterrados en la nieve.

-Sí, de caballos muertos de cansancio y enterrados en la nieve. De modo que, efectivamente, como decías antes, se trata de buscar un poco esas entrañas de la historia y de las tripas de la ciudad, que no queremos ver, pero que el coronavirus trajo a la luz de una manera dramática.

-Dramática, pero ¿cómo?

-Dramática, aunque no para todos. Mi libro tiene, además de una de una ambición literaria, una ambición testimonial. Esta Nueva York no aparecía en la televisión. Tampoco aparecen los libros sobre la pandemia más usuales entre escritores. Son diarios del confinamiento, normalmente. Sin embargo, si uno lo observa, formaban una red que a mí me da la sensación de ser aquello que acabamos de decir: las tripas de la ciudad, que, a su vez, son las que producen el combustible con el que la ciudad funciona.

-En vos se activa la pluma del escritor, pero también la de los grandes cronistas o la del investigador. ¿Te sentiste, de algún modo, un periodista?

-Sí, sí, claro. Porque, curiosamente, sentía que yo, un rosarino que vive hace muchos años en Nueva York, nunca había pasado demasiado, al igual que los neoyorquinos, de esa primera colección de los grandes lugares. ¿Qué cosa es Nueva York? ¿Es Manhattan? ¿Es Brooklyn? O sea, jamás había salido de una manera sistemática de ese circuito que es el circuito conocido.

-¿Y qué pasó cuando cruzaste la frontera conocida hacia ese otro territorio?

-A medida que fui explorándolo, sentí casi un deber de decir: “Esto, señores y señoras, existe. Esto está allí. Y nosotros, los que estamos en cuarentena, podemos estarlo porque allá afuera hay eso”.

-¿Eso qué?

-Barrios donde viven los repartidores de alimentos, las enfermeras y todo esto que en absoluto estaba en cuarentena (ríe). Claro, eran aquellos que no podían estar en cuarentena para que nosotros lo estuviéramos.

-Además, constatás algo terrible. La explosión de Covid se dio en aquellos lugares donde estaban los negros, los latinos y, sobre todo, los asilos de ancianos. En algunos de estos establecimientos se iban quedando sin personal médico y de enfermería, con lo cual había un panorama medio apocalíptico.

-Y en algunos asilos, de alguna manera los ancianos habían tomado el mando, porque no había enfermeras. Estaban solos y abandonados. Para mí eso era muy impactante por esto de que no creemos que tal cosa sea posible en Nueva York.

-¡En tremenda ciudad!

-Claro. Aquellos que vivimos en Nueva York, como vos acabás de decir, sentimos que estamos en la cumbre, en la gran ciudad donde estas cosas que suceden en las periferias globales, no suceden. Pero suceden. Sucedieron. Y, durante el coronavirus, sucedieron mucho.

-Tu libro hace recordar a escritores del nivel de Truman Capote o Norman Mailer, cuando se pusieron a novelar a partir de historias reales. Ellos pueden ser tu fuente de inspiración, ¿no?

-Exactamente, sin duda. Te soy honesto, yo, cuando escribo, no estoy demasiado pendiente de la distancia entre la información fáctica y las ficciones.

-¿Por qué?

-En parte, porque todo está tejido de ficciones. Nueva York está tejido de ficciones. Pero, por otra parte, si he tenido suerte en la manera en cómo he ejecutado la diferencia entre este libro y, digamos, un libro puramente periodístico, es que aquí aspiro a comunicar algo del tono emocional de esos tiempos.

-¿A través de qué herramientas?

-El libro se sirve de diferentes cosas. Desde una prosa más rítmica que la que emplearía el periodismo y, diría, de momentos de fabulación, si no fuera que la realidad se había vuelto tan fabulosa.

-Claro. No te hacía falta fabular. Simplemente bastaba mirar con ojo agudo.

-(Ríe) Sí, sí…

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Reinaldo Laddaga, autor de Atlas del Eclipse.

Reinaldo Laddaga, autor de Atlas del Eclipse.

-Volvamos al origen de tu libro. Vos te enfermaste de Covid, estabas medio hecho pelota…

-¡Del todo hecho pelota!

-En un momento, salís a la calle, querés probar si podés caminar y te entusiasmás. Le empezás a dar hasta totalizar unos 10 kilómetros diarios. Así empieza todo, ¿no?

-Así empieza todo. Me enfermo. Durante tres semanas estoy muy mal. Al principio no sé que es Covid; no lo creo porque no tengo los síntomas usuales. O sea, no tenía ni fiebre ni tos ni nada parecido. Lo que tenían era una extenuación, por eso uso todas esas metáforas asociadas con la muerte en vida.

-Fue una experiencia fuerte, en todo caso.

-Respecto de mi experiencia con el Covid, no quiero dramatizarla. No sería adecuado porque tanta gente se murió y yo no. Mi caso no fue de los tops.

-¿Qué sentiste, puntualmente?

-Era un poco como si mi cuerpo me hubiera abandonado, como si la mente hubiera abandonado el cuerpo. Era un poco esa sensación de muerte en vida, como te decía.

-¿Y cómo la fuiste llevando?

-Recién a los 10 días, algo así, hice una consulta vía zoom con una médica y allí me confirmó que, seguramente, lo tenía, pero que probablemente no me fuera a morir. Y lo que fue importante para mí era que tal vez no había probabilidad de contagiarme nuevamente, al menos en el curso de los próximos meses.

-Y ahí te sentiste un poco liberado.

-Me dio el coraje de salir cuando nadie salía y de sentirme, hasta cierto punto, inmune. Fue ahí que el diario Clarín me pidió una crónica. Entonces le tomé el gusto a escribir y a tomar fotografías con mi teléfono.

-Es tu línea de largada, prácticamente, para este libro.

-Así empecé. Fui a diversos lugares y terminé caminando, como vos decís, 10 o 15 kilómetros prácticamente todos los días durante tres meses.

-Hay amigos que nos cuentan que Nueva York pudo recuperarse de crisis como la Gran Depresión o de tragedias como la caída de las Torres Gemelas, pero que de esta última situación no se ha recuperado. ¿Puede ser que la herida todavía esté abierta?

-No sé. No sé qué pasará. Por ejemplo, hoy yo estoy en el centro de Buenos Aires, muy impresionado con la cantidad de negocios cerrados y la ausencia de vida. Y algo así sucede en algunos barrios de Nueva York, incluyendo el mío, porque la pandemia fue como un último empujón para los negocios de barrio. Todo esto porque la gente compra online.

-Sí, la pandemia acentuó esa tendencia.

-La gente ya estaba un poco mirame yno me toqués y, bueno… el Covid arrasó con calles enteras de negocios, muchos de los cuales ya no han vuelto a abrir.

-¿Qué pasa en tu zona?

-En mi barrio, el Upper West Side de Manhattan, hay cuadras y cuadras de Broadway en las que, prácticamente, no hay negocios. Y también sufrieron, como en el centro de Buenos Aires, los servicios en los barrios de oficina. Tampoco han vuelto a full. Pero no sé cuánto durará eso efectivamente. Todavía no está enteramente recuperada la ciudad, pero, comparado con Buenos Aires, está mucho más avanzado el proceso.

-Hay un momento delirante del libro, que lleva a pensar que vos sos medio delirante también, en donde te ponés en mano de unos médicos, el doctor y la doctora S, que te llevan hacia una experiencia alucinógena.

-(Ríe) Sí, sí…

-Durmiendo junto a un montón de gente, según vos ahí te contagiaste el Covid. ¡¿Cómo se te ocurrió meterte ahí?!

-(Sigue riendo) Bueno, efectivamente, yo me contagié con certeza durante una noche que me pasé en una mansión en las afueras de Nueva York haciendo una sesión de plantas alucinógenas.

-¡Con cien personas más!

-Sí. Fue una locura. Te acordarás que eso fue unos días nada más antes de que el Covid llegara oficialmente a los Estados Unidos y cuando ya era obvio que estaba en España, en Italia, etcétera.

-O sea, que igual se embarcaron en la experiencia.

-A pesar de eso, nosotros todavía vivíamos en una especie de ingenuidad. Nos parecía que no iba a llegar. Yo tenía programado un viaje a Sudáfrica y no tenía prácticamente miedo al Covid. Y quería, hacía mucho tiempo, probar la ayahuasca sin tener que pasar por todo el ritual del vómito y todo eso.

-Con lo cual, los doctores S te abrieron las puertas de la experiencia.

-Conocí a esta gente que ofrecía un acceso menos revulsivo y… (ríe) pues, no resultó.

-Recuerdo que te dieron el brebaje y no pasó nada. Te siguieron dando como tres veces más para ver si hacía efecto.

-Sí, sí. Fue una situación absurda. Supuestamente eran ocho veces lo que me iban a dar al principio y yo estaba con un pequeño mareo. Eso era todo. Pero en cierto momento empecé a tener algunas memorias, una de las cuales es la que muy vagamente luego expandí en el relato.

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-Algo quedó, entonces.

-¿Viste cómo somos los escritores? Lo que sea por escribir (ríe). Ese es nuestro sacrificio. No ponemos nuestro cuerpo, pero sí nuestra mente en peligro.

-Hablando de escritores, vos vivís en el mismo paraje en que vivía Edgar Allan Poe, a quien elegís como compañero de ruta. O sea, el fantasma de Poe te acompaña durante el peregrinaje y vas descubriendo escenas que remiten a relatos o a poemas suyos. Además, claro, de El gran Gatsby, de Fitzgerald. ¿Cómo fue este mecanismo?

-Como comienzo diciendo, cuando yo me enfermé estaba absolutamente convencido de que mi mal era psicosomático. Yo soy una persona bastante claustrofóbica. Y pensé que el encierro me había generado una claustrofobia como nunca me había pasado. Me había dejado literalmente de cama.

-¿Cómo procesaste esa primera impresión?

-Me acordé de que mi madre era claustrofóbica también y tenía pánico de ser enterrada viva.

-Como en “El entierro prematuro”, de Poe.

-Claro. Y una vez que empecé de nuevo a leer a Poe, percibí que gran parte de sus relatos de terror suceden entre la vida y la muerte. Por ejemplo, el señor Valdemar no termina de morir o el enterrado vivo, incluso el gato negro. Prácticamente todos los relatos pasan por esa situación.

-¿Qué los motiva?

-Recordemos que lo de los enterrados vivos, a mediados del siglo XIX, cuando escribía Poe, era como el tema de los pasquines. Todo el tiempo salían historias sensacionalistas y había uno furor del entierro vivo. De modo que encontré en Poe una inmensidad de metáforas, de imágenes, de historias que resonaban muy poderosamente con una ciudad que estaba muerta viva.

-¿De qué manera fuiste procesando ese material?

-Yo leía continuamente el conjunto de la obra de Poe. Tal vez fue un punto de identificación, también, que Poe era un provinciano viviendo en Nueva York. Su perspectiva sobre la ciudad es muy peculiar, tanto en las crónicas como en las cartas que escribe.

-No fue ocioso, entonces, que hayamos presentado tu libro en las redes como una especie de capítulo de The Walking Dead.

-Sí, absolutamente. Esa era la situación. La ciudad estaba en esa condición incierta entre la vida y la muerte. Del mismo modo que tantos ciudadanos estaban entre la vida y la muerte. Y por eso Poe, como el gran autor de esa condición intermedia, era invalorable.

-Además de la cuestión domiciliaria.

-Estaba, por supuesto, la mera casualidad, sin duda, de que Poe hubiera vivido durante algunos meses muy importantes de su vida, cuando escribe “El cuervo” e incluso “El entierro prematuro”, exactamente en el lugar donde yo vivo.

-¿Qué había ahí?

-Era una granja allí donde luego se construyó el edificio donde yo vivo.

-¡Qué bárbaro! Es decir, que vivís, literalmente, en compañía del alma de Poe.

-(Ríe) Sí, sí. Poe cuenta unas caminatas que hacía hacia el río para mirar desde una roca. Y yo voy siempre a esa misma roca.

-Otro de los momentos impactantes de tu libro es cuando describís los lugares diseñados como tumbas de los aristócratas. Esa gente se mantiene criogenizada con la aspiración de que, en algún futuro incierto, se la pueda resucitar. Se trata de una nueva clase de edificaciones funerarias, pero para los ricos.

-Exactamente. Eso es una fantasía. Por ejemplo, no existen, pero van a existir sin duda. Es una cosa en la que yo caí, ¿eh? Porque un gran drama de la pandemia en Nueva York fue, no sólo atender a los enfermos, sino disponer de los muertos.

-Con situaciones espantosas como las fosas comunes.

-Claro. Y otro de los problemas era que los hornos crematorios habían colapsado porque no están hechos para estar trabajando 24 horas al día. Eso me llevó a darme cuenta de algo que, después resultó obvio, y es que la gente ya no se entierra. La cremación se ha vuelto la manera estándar de disponer del cadáver.

-Otro signo de los tiempos.

-Por lo tanto, esos cementerios que yo iba a visitar los sentía como museos, como algo el pasado, con esas tumbas y todo ese imaginario.

-En ese punto, vos sacás a colación dos cementerios antagónicos, el de la Chacarita y el más aristocrático de la Recoleta, en Buenos Aires.

-Exacto, porque también una de las caminatas que hago va del cementerio lujoso del Bronx, el cementerio de los magnates de principios del siglo XX, hacia el cementerio de indigentes que está, como acabás de decir, en Hart Island. No queda muy lejos. Es posible llegar caminando.

-¿Hasta el sitio mismo?

-No hasta la isla misma del cementerio de indigentes, porque no es accesible para el público, sino a otra islita enfrente desde la cual se puede ver. Así que ese trayecto, sí, era un poco el trayecto de la Recoleta a la Chacarita. Y por eso cito a Borges que tiene su doble gran poema sobre la Recoleta y la Chacarita.

-Tu libro, que otea en las catacumbas y en las entrañas de Nueva York, hace tomar conciencia de la cantidad de muertos y de basura que se acumulan y deben ser procesados en ciudades de este tamaño. Es un problema tecnológico y humano.

-Así es. En Nueva York está la movida de convertir los antiguos basureros en parques. Es la manera de limpiar, cubriéndolos con un plástico y tierra. Así los basureros quedan convertidos en parques que más bien se parecen a canchas de golf que a parques naturales. Son como montículos muy regulares, verdes.

-Para terminar, Reinaldo, según hemos leído, se viene otro libro tuyo, pero sobre California.

-Ahí no solo cambio de costa, sino que cambio de estado de ánimo también. Ese va a ser un libro feliz. Pero nunca se sabe, porque California se está incendiando (ríe).

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