Poner en palabras el sopapo posvendimia

El 10 de marzo pasado fue martes y en la madrugada de ese día había concluido la Fiesta de la Vendimia 2020. Todavía quedaban muchos turistas extranjeros rondando por la Ciudad. Un mes después pareciera que ha transcurrido una eternidad. En ese mes posvendimia, el mundo nos tiró de culo.

Fue como si nuestra Fiesta hubiese sido un dique que nos frenó por unos días el tsunami del Covid 19. En esos días de Vendimia, tanto en las calles, en el anfiteatro, en los restoranes, en los hoteles, en los micros, nadie ponía aún al coronavirus como un problema central. O fingíamos porque Mendoza tenía que festejar. Y que ingresara plata.

Unas noches antes del Acto Central de la Vendimia, en la calle Arístides, una movida electrónica había convocado a una multitud pocas veces vista, a lo largo de varias cuadras. Y en el aeropuerto mendocino, la Fiesta de la Cosecha había sido más convocante que otros años.

¿Me repite la pregunta?

Hoy recordé que por entonces alguien preguntó en la Redacción de Diario UNO: “¿Che, no les parece que hay que darle más espacio al virus? Eso viene para el carajo”. 

Eran los días en que ya no se trataba solamente de lo ocurrido en una lejanísima ciudad llamada Wuham en la otra punta del mundo, donde hay gente que come murciélagos y perros. Ni en Corea. Ni en Singapur. 

El virus ya hacía estragos en Italia e insinuaba su poder dañino en España y otras ciudades del Viejo Mundo, es decir en países con los que conectamos genética y emocionalmente.

En el caso de Italia, el coronavirus no afectaba a las zonas más pobres de la tierra de Garibaldi sino al norte, el territorio más industrial y con mayor poder adquisitivo. Una región donde las personas viajan mucho en avión por el mundo y donde las relaciones comerciales con profesionales del orbe, incluida China, son intensas.

Titanic made in Mendoza 

Hoy vemos a aquellos días vendimiales como si hubiésemos estado bailando en el Titanic. Sabíamos de un témpano, pero creíamos que nada podía afectar a nuestro barco. 

Si hasta el ministro de Salud de la Nación, Gines González García, nos tranquilizaba diciéndonos que la llegada del virus a nuestras pampas, si es que arribaba, iba a demorar hasta los fríos del invierno. 

El jueves 12 de marzo el director general de Escuelas de Mendoza, José Thomas, recién llegado de una reunión en la  Nación, indicaba en los noticieros nocturnos de la TV que por el momento no se iban a suspender las clases porque niños y adolescentes no estaban entre los grupos de riesgo. 

Veinticuatro horas después, ese libreto nacional cambió por completo. El viernes 13 y el sábado 14 de marzo fueron revulsivos. Al país finalmente le había caído la ficha. 

Y ya no hubo pagos de la deuda externa al tope de la agenda política ni planes económicos a los que había que hacer arrancar.

Esa palabra 

En la calle se empezó a hablar de cuarentena, un término extraño. En mi niñez la cuarentena tenía una connotación sexual y la padecían, al parecer, solo los varones cuyas mujeres hubiesen parido. 

Ahora estaba asociada a Wuham y a nombres chinos. Sonaba entendible. Habíamos visto a personas que morían en las calles de esa ciudad donde comenzó el caso cero de la pandemia. En un mercado que vendía animales vivos.

El sábado 14 y el domingo 15 de marzo se tornaron vertiginosos. Los supermercados y locales mayoristas se llenaron con un frenesí de estoqueo. El alcohol en gel, el alcohol común, la lavandina y todo lo que fuera artículo de limpieza desaparecieron de las góndolas. Los infectados empezaban a crecer en la Argentina.

No vayás al café. Ni al cine ni al teatro. Ni a comer afuera ni a bailar. Tampoco a la cancha. Menos al club. Las juntadas, un deporte nacional, pasaron a ser mala palabra, incluso las famosas piyamadas de los  niños de primaria.

Los afectos

Ahora los nietos, los hijos, los abuelos, se corporizan en videollamadas, en WhatsApp o en Tik Tok. La necesidad de abrazar a quienes queremos engorda con el paso de los días. 

Se nos cortaron las caminatas, los asados, los cumpleaños. Hubo que posponer peluquería, dentista, oculista y la mar en coche. Este periodista agrega: y no llegan revistas ni diarios desde Buenos Aires porque no hay aviones ni micros de larga distancia.

El trabajo on line se trasladó a nuestras casas donde debimos  establecer turnos no sólo para usar la única compu familiar y fijar nuevos estándares para ir el baño, sino para ver quién cocina o quién limpia.

El sofocón

Pero todo eso es, diríase, anecdótico. Lo concreto, el dato más duro de la realidad es vivir con un enemigo que no vemos. Con un virus que aún no tiene vacuna. Vivir siguiendo a diario el número de infectados, de muertos, de los que zafan. Sin saber cuándo terminará el modo peste, ni cómo saldremos, ni cómo quedará la economía del país, o cuánto más pobres seremos cuando esto se apague.

En lo personal, en este mes de “otra vida” me he sentido reconfortado al no flaquear ni bajonearme. Sólo en dos ocasiones he experimentado una especie de desazón o de angustia y en las dos ocasiones he usado el mismo remedio.

Me he puesto a escribir lo que sentía. Como loco, sin parar. A poner todo en palabras. Como ahora.

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