Hace rato que la Fiesta de la Vendimia se ha autoimpuesto un corset. Todos los años las cosas se hacen medianamente bien e incluso en algunos casos muy bien, pero dentro de un catecismo conceptual.

Si hubiese que decirlo en términos financieros, diríamos que el estilo semeja un corralito. La plata está (hablamos de las posibilidades, del talento) pero nos la dan de a poquito y cuando el banco dispone, no cuando la necesitamos (nos referimos al dogma de temas que el sistema ha impuesto).

En ese sentido, el espectáculo Tejido en tiempo de Vendimia que vimos el sábado en el anfiteatro bajo la lluvia, intentó con fruición levantar vuelo, lo logró en muchos cuadros, pero no pudo terminar de sacarse totalmente la mochila de un guión de manual, modosito.

Los pilares

El Acto Central de la Vendimia 2019 tuvo dos nombres para destacar: por un lado la directora general, Alicia Casares, que hizo notorios esfuerzos artísticos por escaparle a la medianía del libreto de Miriam Armentano y por darle brillo y coherencia; y por otro lado la notabilísima tarea creativa del compositor y director musical Mario Galván, a cargo de una orquesta y de unos cantantes que -en vivo- estuvieron a la altura de un show internacional.

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Si bien es cierto que todas las historias son de amor, y que no hay a priori historias malas sino que todo depende de cómo se relaten y de que nos convenzan y emocionen, la que se contó en Tejido en tiempo de Vendimia  sonó en principio pobretona y medio apolillada.

De qué va

Un "peón golondrina" que casi no sabe leer llega a Mendoza por primera vez a la cosecha de uva y se enamora de una cosechadora feminista. En el medio hay una deidad, un "tejedor de destinos", que a la par que teje el destino del pueblo en un telar latinoamericano, también decide meter mano en la historia de amor ya aludida. Todo ello es contado por un narrador que no sólo relata la historia sino que quiere meter la cuchara.

Ante tal desafío, la directora Casares optó por un tratamiento juguetón y etéreo. Para ello utilizó con acierto el enorme despliegue escénico y le dio al conjunto (bailes, música, luces, pantallas, y aportes digitales) un tono conceptual unificador y teatral

Esa fuerte unidad visual lograda en muchos de los 17 cuadros de la Fiesta tuvo uno de los puntos más altos en el vestuario (Norberto Lateana fue el jefe). En ese sentido fue admirable cómo las diversas texturas lograron integrarse a la historia y darle carnadura.

Más y menos

El cuadro del amanecer con que arrancó la puesta en escena fue impactante al igual que el final, con toda la carne puesta en el asador, y sin excederse en los tiempos de exposición. Es importante que el espectador se quede con necesidad de ver más.

Por eso es una pena que se insista en esa pésima "tradición" de la Fiesta que ha impuesto que los bailarines, figurantes y actores no se retiren del escenario cuando concluye el show y se quedan dando vueltas, palmeándose entre ellos y sacándose selfies. Poco profesional.

La dirección coreográfica -a cargo de Virginia Paes- logró salvar con cierta solvencia las faltas de coordinación en varios cuadros de conjunto. Los más logrados fueron los del rubro folklórico, en particular Malambo (en dos ocasiones) y El Alcatraz.

Vuelvo a la gema de la Fiesta: la música en vivo. Una orquesta magnífica dirigida por Mario Galván e integrada por 52 músicos y cantantes, interpretó un repertorio que incluyó casi el 80%  de música original para la ocasión. Ojalá que no se nos torne difícil conseguir esta obra en las plataformas digitales porque es realmente notable. Recuerda a los grandes músicos que han creado partituras inolvidables para el cine.

Sinteticemos

Y concluyo como empecé. Hay que abrirle la cabeza a la Fiesta. Hay que dejar que entre aire fresco. Los concursos para el guión de la Fiesta no deben poner vallas ridículas en lo temático.

Los artistas deben pelear por esto. Y deben demostrar que la Vendimia es mucho más que la Virgen de la Carrodilla, que los duendes del vino, o la llegada de los inmigrantes.

Ya que hemos logrado generar un estilo de espectáculo propio, un producto cultural netamente mendocino, insistamos en mejorarlo.

Hay dos formas de fracasar con un producto, dicen los estudiosos: Una, haciendo un mal producto. La otra, haciéndolo bien, pero manteniéndolo sin cambios en el tiempo.

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