La historia de los Casas es, también, la historia de Palmira. Un pueblo ferroviario por excelencia que hoy se aferra a su identidad entre nostalgias, recuerdos y esperanzas de futuro.
La herencia familiar sobre las vías del ferrocarril
El camino de Adrián parecía trazado desde mucho antes de que se subiera por primera vez a una locomotora. Su abuelo materno, Lorenzo Mercado, fue jefe de estación; su abuelo paterno, Domingo Casas, era mecánico de locomotoras en el depósito. Javier, su padre, se sumó al ferrocarril en 1974 y trabajó 42 años hasta su jubilación.
“Mis abuelos eran ferroviarios y de Palmira. Mi papá heredó esa pasión y me inculcó valores que todavía me acompañan. Por eso, haber nacido acá me llena de orgullo”, explica Adrián.
Hijo y padre ferroviarios palmira flia casas
Formados en Palmira y unidos por la vocación de ser ferroviarios: Adrián y su papá Javier Casas.
Gentileza
El camino profesional no fue inmediato. Tras iniciar en el rubro, pasó un tiempo destinado fuera de Mendoza: primero en Santa Fe, luego en Justo Daract, la última estación de San Luis, y más tarde en Beazley, otra localidad ferroviaria a 50 kilómetros de la capital puntana.
“Recién después de esos años volví a Palmira. Ese siempre fue mi objetivo, porque amo mi pueblo, soy nacido y criado acá”, recuerda.
Hoy, como inspector —cargo que obtuvo hace una década tras un examen riguroso— Adrián se define como “un puente entre los conductores y la gerencia”, pero cada vez que habla de trenes sus palabras se tiñen de nostalgia y pasión.
La mirada del padre, ferroviario de toda la vida y aquella privatización
Javier Casas, con casi 70 años y cuatro décadas de servicio en el ferrocarril, conserva la memoria intacta de lo que significó esa vida. “Entré el 30 de septiembre de 1974. Pasé 42 años dentro del ferrocarril. Es un orgullo ser de Palmira y ser hijo, yerno y padre de ferroviarios”, dice y asegura que lleva las vías grabadas en la piel.
domingo casas a la izquierda ferroviario
Domingo Casas (izquierda), padre de Javier y abuelo de Adrián. Fue en Palmira, en 1978. "Están en la refacción de un coche para el tren de auxilio", dijo su hijo a UNO.
Gentileza
Su relato está marcado por dos grandes etapas que definieron la historia reciente de los trenes argentinos. La primera, el golpe de la privatización en los años 90: “Nunca me voy a olvidar cuando fue la privatización en el gobierno de Carlos Menem. Despidieron en forma masiva en Palmira: de 320 empleados quedaron 60. Lloraban los compañeros. Con ellos habíamos compartido navidades, fin de año, nacimientos de los hijos. Fue terrible. Antes de ser privatizado todo funcionaba: las vías estaban en condiciones, igual que las locomotoras y los cinco mil vagones”, rememora.
ferroviarios palmira Oscar Molina, Javier Casas, Roberto Salinas, Roberto Arias y Osvaldo Albornoz
La segunda etapa llegó con la reestatización. Aunque significó un alivio para muchos, Javier advierte que tampoco fue fácil: “Cuando vuelve al Estado, quedaban apenas 35 locomotoras y la mitad de los vagones. No estoy en contra ni a favor, pero no se supo manejar el tema”.
Palmira, tierra de trenes, locomotoras e historias
Adrián describe a Palmira con una mezcla de orgullo y melancolía. “Es mi lugar preferido y me enorgullece que siga siendo un pueblo ferroviario. Pero es una pena visitar pueblos que se forjaron gracias al ferrocarril y han quedado abandonados. El tren conectaba todo el país y hoy hay vías muertas, abandonadas, no solo en Mendoza sino en toda la Argentina. La economía funcionaba en base a los trenes, que no solo trasladaban gente, sino productos”.
adrian casas ferroviario
"Mi deseo es jubilarme acá, en esta estación", dijo Adrián Casas. Tiene 44 años.
Gentileza
La transformación de la actividad cambió también la relación de las nuevas generaciones con la profesión. “De chico mi papá viajaba mucho y yo no me daba cuenta. Más tarde me picó el bichito de seguir sus pasos. Hoy todo es muy distinto: yo espero jubilarme acá, pero los jóvenes piensan en otras cosas, buscan trabajos mejor remunerados. Antes era una cultura, una vocación”, reflexiona.
Una tradición ferroviaria que resiste
La familia Casas muestra cómo el ferrocarril atraviesa generaciones, moldeando identidades y dejando huellas. Para Javier, fueron décadas de entrega y sacrificio. Para Adrián, una pasión que eligió abrazar incluso sabiendo que el contexto ya no es el mismo que el de sus abuelos.
Adrian casas ferroviario palmira
Adrián Casas es inspector. "Un intermediario entre la gerencia y los conductores", aclara. Trabaja en Palmira.
Gentileza
“Lo más importante que me dejó mi papá es la ética ferroviaria. Eso vale más que cualquier conocimiento técnico”, insiste Adrián, consciente de que su legado trasciende lo profesional.
En el Día del Ferrocarril, sus historias representan un homenaje a miles de trabajadores que hicieron posible que la Argentina se conectara de punta a punta, y a los pueblos como Palmira que crecieron gracias a esa red de hierro.
Porque, como dice Javier con emoción contenida, “ser ferroviario es más que un trabajo: es un modo de vida”.