Historias de vida

Padre e hijo unidos por el amor a los trenes, de Palmira al corazón de los ferrocarriles

En el Día del Ferrocarril, Adrián Casas dice que su papá le transmitió valores y ética de una vida entera sobre las vías de Palmira

En Palmira, Mendoza, cada silbato de tren es más que un sonido: es una parte del alma de un pueblo que creció, respiró y se forjó al ritmo de los vagones. Allí nacieron y se criaron Javier Casas y su hijo Adrián, protagonistas de una historia de herencia, orgullo y lucha en torno al ferrocarril argentino, que este sábado celebra su día.

Adrián tiene 44 años y es inspector ferroviario. Su vida profesional estuvo marcada desde el inicio por una figura entrañable: su padre Javier, que fue su instructor y lo formó para convertirse en conductor de trenes. Esa enseñanza, asegura, trascendió la técnica.

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Adrián y Javier Casas, orgullosos ferroviarios. Padre e hijo comparten la misma pasión.

Adrián y Javier Casas, orgullosos ferroviarios. Padre e hijo comparten la misma pasión.

“Mi papá era instructor, preparaba a los conductores, y por eso fui su alumno. Eso me produce mucho orgullo. Más que conocimientos, me transmitió valores y ética. Y eso en el ferrocarril es fundamental”, cuenta Adrián, padre de dos hijos, Iván (20) y Lorenzo (9), a quienes le gustaría ver continuar con la tradición familiar.

La historia de los Casas es, también, la historia de Palmira. Un pueblo ferroviario por excelencia que hoy se aferra a su identidad entre nostalgias, recuerdos y esperanzas de futuro.

La herencia familiar sobre las vías del ferrocarril

El camino de Adrián parecía trazado desde mucho antes de que se subiera por primera vez a una locomotora. Su abuelo materno, Lorenzo Mercado, fue jefe de estación; su abuelo paterno, Domingo Casas, era mecánico de locomotoras en el depósito. Javier, su padre, se sumó al ferrocarril en 1974 y trabajó 42 años hasta su jubilación.

“Mis abuelos eran ferroviarios y de Palmira. Mi papá heredó esa pasión y me inculcó valores que todavía me acompañan. Por eso, haber nacido acá me llena de orgullo”, explica Adrián.

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Formados en Palmira y unidos por la vocación de ser ferroviarios: Adrián y su papá Javier Casas.

Formados en Palmira y unidos por la vocación de ser ferroviarios: Adrián y su papá Javier Casas.

El camino profesional no fue inmediato. Tras iniciar en el rubro, pasó un tiempo destinado fuera de Mendoza: primero en Santa Fe, luego en Justo Daract, la última estación de San Luis, y más tarde en Beazley, otra localidad ferroviaria a 50 kilómetros de la capital puntana.

“Recién después de esos años volví a Palmira. Ese siempre fue mi objetivo, porque amo mi pueblo, soy nacido y criado acá”, recuerda.

Hoy, como inspector —cargo que obtuvo hace una década tras un examen riguroso— Adrián se define como “un puente entre los conductores y la gerencia”, pero cada vez que habla de trenes sus palabras se tiñen de nostalgia y pasión.

La mirada del padre, ferroviario de toda la vida y aquella privatización

Javier Casas, con casi 70 años y cuatro décadas de servicio en el ferrocarril, conserva la memoria intacta de lo que significó esa vida. “Entré el 30 de septiembre de 1974. Pasé 42 años dentro del ferrocarril. Es un orgullo ser de Palmira y ser hijo, yerno y padre de ferroviarios”, dice y asegura que lleva las vías grabadas en la piel.

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Domingo Casas (izquierda), padre de Javier y abuelo de Adrián. Fue en Palmira, en 1978.

Domingo Casas (izquierda), padre de Javier y abuelo de Adrián. Fue en Palmira, en 1978. "Están en la refacción de un coche para el tren de auxilio", dijo su hijo a UNO.

Su relato está marcado por dos grandes etapas que definieron la historia reciente de los trenes argentinos. La primera, el golpe de la privatización en los años 90: “Nunca me voy a olvidar cuando fue la privatización en el gobierno de Carlos Menem. Despidieron en forma masiva en Palmira: de 320 empleados quedaron 60. Lloraban los compañeros. Con ellos habíamos compartido navidades, fin de año, nacimientos de los hijos. Fue terrible. Antes de ser privatizado todo funcionaba: las vías estaban en condiciones, igual que las locomotoras y los cinco mil vagones”, rememora.

ferroviarios palmira Oscar Molina, Javier Casas, Roberto Salinas, Roberto Arias y Osvaldo Albornoz

La segunda etapa llegó con la reestatización. Aunque significó un alivio para muchos, Javier advierte que tampoco fue fácil: “Cuando vuelve al Estado, quedaban apenas 35 locomotoras y la mitad de los vagones. No estoy en contra ni a favor, pero no se supo manejar el tema”.

Palmira, tierra de trenes, locomotoras e historias

Adrián describe a Palmira con una mezcla de orgullo y melancolía. “Es mi lugar preferido y me enorgullece que siga siendo un pueblo ferroviario. Pero es una pena visitar pueblos que se forjaron gracias al ferrocarril y han quedado abandonados. El tren conectaba todo el país y hoy hay vías muertas, abandonadas, no solo en Mendoza sino en toda la Argentina. La economía funcionaba en base a los trenes, que no solo trasladaban gente, sino productos”.

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"Mi deseo es jubilarme acá, en esta estación", dijo Adrián Casas. Tiene 44 años.

La transformación de la actividad cambió también la relación de las nuevas generaciones con la profesión. “De chico mi papá viajaba mucho y yo no me daba cuenta. Más tarde me picó el bichito de seguir sus pasos. Hoy todo es muy distinto: yo espero jubilarme acá, pero los jóvenes piensan en otras cosas, buscan trabajos mejor remunerados. Antes era una cultura, una vocación”, reflexiona.

Una tradición ferroviaria que resiste

La familia Casas muestra cómo el ferrocarril atraviesa generaciones, moldeando identidades y dejando huellas. Para Javier, fueron décadas de entrega y sacrificio. Para Adrián, una pasión que eligió abrazar incluso sabiendo que el contexto ya no es el mismo que el de sus abuelos.

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Adrián Casas es inspector.

Adrián Casas es inspector. "Un intermediario entre la gerencia y los conductores", aclara. Trabaja en Palmira.

“Lo más importante que me dejó mi papá es la ética ferroviaria. Eso vale más que cualquier conocimiento técnico”, insiste Adrián, consciente de que su legado trasciende lo profesional.

En el Día del Ferrocarril, sus historias representan un homenaje a miles de trabajadores que hicieron posible que la Argentina se conectara de punta a punta, y a los pueblos como Palmira que crecieron gracias a esa red de hierro.

Porque, como dice Javier con emoción contenida, “ser ferroviario es más que un trabajo: es un modo de vida”.

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