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Murió Horacio Campos, un ícono de las salas de cine de Mendoza

Horacio Campos, falleció este jueves. Fue caramelero, taquillero, acomodador, encargado de sala y terminó siendo socio y promotor de varias salas de cine

Horacio Campos, un ícono de las salas de cine de Mendoza, falleció este jueves. Comenzó trabajando de caramelero a los 12 años y a los 17 manejó el proyector por primera vez. Terminó siendo un empresario de salas de cine e hizo revivir, entre otras, al Cine Ducal, de Rivadavia, y al Cervantes, de San Martín. En los últimos tiempos había abierto una pequeña sala en Merlo, San Luis, que atendía junta a su familia.

Cuando era un niño de 6 años, llevado de la mano por su madre Lucía, ingresó a la sala del Cine Sportman de Villa Hipódromo, en la calle Paso de los Andes, en Godoy Cruz. Ese día de 1965 se proyectaba “La historia más grande jamás contada”, en donde el actor sueco Max von Sydow encarnaba a Jesucristo. “Lo primero que hice fue buscar de dónde venía la luz que reflejaba las imágenes en la pantalla. Entonces vi allá arriba, el foquito aquel”, contó alguna vez, en una charla con Diario UNO, recordando el inicio de ese amor que le duraría toda la vida.

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Horacio recordaba: “A los 13, después que terminé la primaria, tenía que ayudar a mi madre y alguien me ofreció trabajar de caramelero en los cines. El primer día me costó, pero lo hice”. Nunca más dejó ese ambiente mágico.

A los 17 proyectó su primera película en el cine Roxy. Fue una cinta en donde Sandro era el protagonista y “Rosa, rosa” era el leitmotiv. Era la época en donde “en Mendoza había más de veinte salas. Estaba el City, (en otra época Cinerama); el Avenida; Mendoza; Palace; Cinema (después Radar); el Luxor (primero Centenario); el Opera; el Lavalle; Cóndor; América; Gran Rex; Premier; el Roxy;…”, enumeró aquel día. En el Este estaban el Ducal, de Rivadavia, el Cervantes, de Junín; el Colón, de Palmira. Y en San Martín el Mayo, el Monumental y el Cervantes.

“Cuando comencé como proyectista eran dos máquinas y el sistema de proyección era a carbón. Era un arte manual. Ahora todo es digital, colocan el rack, aprietan un botón y listo. Nosotros teníamos que estar cada 20 minutos cambiando rollos. Había que unir las cintas. Estar mirando constantemente los carbones para que no se separaran o se acercaran y se acababa la proyección. Había que mantenerlos a un centímetro de distancia. Los carbones estaban recubiertos en la punta con cobre y emitían un gas que era insalubre. Por convenio los proyectistas podíamos trabajar solo seis horas por turno y teníamos que beber un litro de leche para contrarrestar los efectos del gas carbónico”, contaba Horacio.

También recordaba esos años crueles, donde las salas iban cerrando una a una, como en efecto dominó. “Fue una gran angustia”, dijo. “Más de 40 familias se quedaron sin trabajo de un momento para otro. Todavía siento una gran nostalgia cada vez que paso por frente los cines Ópera y Lavalle, en la ciudad, y los veo convertidos en playas de estacionamiento con piso de parquet. Jamás dejaré el auto estacionado allí”, dijo, con voz quebrada.

Pero después, en un pasado mucho más cercano, Horacio se tomó revancha y ayudó a reabrir el Cine Ducal, en Rivadavia, y el Cine Cervantes, en San Martín. También se animó a transformarse en productor y trajo a Mendoza, a Pacífico, "El Narigón del Siglo", de Divididos, y a Diego Torres al Bustelo, ambos espectáculos que tuvieron gran éxito.

Se fue Horacio Campos, un hombre que fue esencialmente un proyectista. Como el Alfredo de Cinema Paradiso. Y no habrá incendios ni muertes que puedan hacer que desaparezcan ni los cines ni personas como Horacio. Ni ellos, ni los besos que se daban Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Porque hoy y siempre será jueves de estreno.