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En esta época de internet, cine 3D o TV digital, decir que "el circo tiene magia", puede sonar algo pueril y nostálgico. Pero basta entrar a ese universo con cielo de lona, para volver a la infancia. Quien se anima a conocer el backstage, el pequeño "barrio" de casillas rodantes donde viven los artistas, descubre que sí hay magia real, y es la de sus integrantes y sus historias de vida.

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La semana pasada se instaló en Las Heras, al lado del hipermercado mayorista Tadicor que está a la vera del Acceso Norte, el circo Dihani, y el gran baldío de tierra dura y seca tomó color, en el día, y luminosidad en la noche. Allí conocimos a su payaso Cortito, que nos hizo entrar a su mundo, uno distinto.

El inicio de "otra" vida

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"Amo el circo. Siempre quise estar en un circo y esperé en mi pueblo uno grande para poder sumarme. Fueron varios chiquitos, y yo era demasiado jóven" recordó el pequeño payaso -es enano- sobre sus inicios. "Hasta que cuando tenía 20 años apareció un circo hermoso, brasileño, de Osvaldo Terri, y me animé y me fui de mi pueblo", dijo el correntino de 48 años, que dejó atrás a su familia de 16 hermanos -trabajadores rurales-, en Santo Tomé, y a una mamá muy triste.

"No me fui triste ni huyendo de nada. En mi pueblo la gente me quería mucho, y estaba cumpliendo mi sueño. Quería probar la vida de circo. Y como se dice en este mundo, una vez que rompés una chalupa (zapato de payaso) no lo dejás más. Y eso me pasó a mí. No lo dejé más, y me sigue gustando tanto como antes", confesó Cortito, que el realidad se llama Carlos Kigental.

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La carrera de Carlos en el espectáculo había tenido un inicio teatral, ya que antes de sumarse al circo, participó en su pueblo en la obra La Jaula de Las Locas (obra de teatro del dramaturgo francés Jean Poiret, estrenada en París en 1973). Luego vendría la vida de peregrinar todo el año, visitando ciudades y llevando alegría.

"Lo mejor de este trabajo son los niños. Ellos dan alegría. Pero no hay nada para un payaso como escuchar la risa de la gente cuando hacés una broma. Eso es el mejor pago a nuestro trabajo" "Lo mejor de este trabajo son los niños. Ellos dan alegría. Pero no hay nada para un payaso como escuchar la risa de la gente cuando hacés una broma. Eso es el mejor pago a nuestro trabajo"

El Payaso Cortito

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Una cuestión familiar

Cortito no está solo en su trajín de vida gitana que tienen los cirqueros, que sólo descansan en diciembre, "para las fiestas". En su casilla hay una familia que lo acompaña y trabaja codo a codo con él. Su esposa es la bella bailarina Silvia, a la que conoció en Santa Cruz de las Sierras, en Bolivia, y se la "robó". "La conocí hace 18 años, y cuando se vino conmigo era la primera vez que se alejaba de su casa", contó Carlos. Luego llegaron los hijos, Jocelyn, una esbelta bailarina -como mamá- de 24 años  y los varones: Ariel (21), payaso y malabarista  y el benjamín Cortito Junior, Josué, de 11 años, payaso como su padre.

Si bien Cortito se pinta solo, es toda una ceremonia, y que se hace con cuidado, es la antesala de "lo que vendrá". "Al principio me maquillaban. Aprendí el oficio con dos grandes payasos, como Pancorita, chileno; y Chairita, ecuatoriano. Y en poco tiempo ya comencé pintarme solo", explica sobre ese oculto acto de transformarse; de dejar de ser Carlos, para ser Cortito. Luego se viste, con los trajes que le hace su esposa Silvia, siempre con los colores de su querido Boca Juniors  y está listo para entrar al escenario a realizar su acto.

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"Es muy difícil ahora para los circos. Hay mucho internet y televisión. Cuando teníamos animales, eso le gustaba a la gente, pero ahora no se puede, y hay que usar la imaginación para entretenerlos", explica con cierta nostalgia el payaso del circo que dirige el cordobés Daniel Molina.

"Tenemos el Globo de la Muerte, el Péndulo, a las bailarinas, malabaristas y contorsionistas, y para los más chicos al Sapo Pepe y a Pepa Pig, con los que pasan un muy lindo momento. La gente viene para olvidarse por un rato de sus problemas, y nosotros tenemos que dejar los nuestros afuera, antes de pasar la cortina, para lograrlo y hacerlos divertir", dice el payaso correntino.

Respecto al desarraigo de su vida errante, el artista señala que "los chicos ya se acostumbraron, es su vida. Van a la escuela en cada cuidad que visitamos. Antes de irse les toman un examen, y así van cumpliendo con su educación. También tenemos una casa, en Corrientes, pero es para otro momento. Por ahora nuestro hogar es éste", dice Carlos-Cortito, y señala su pulcra casilla, su "sala de estar" de carpa, con el piso bien regado y barrido, y sonríe feliz, explicando así todo.