Irene Castro tiene 54 años, vive en la ciudad de San Rafael, es madre, esposa y lleva la docencia en la sangre. “Mi vocación pedagógica surgió principalmente por el entorno en que crecí, rodeada de una familia de docentes, profesores y directivos”, cuenta, a poco de celebrar el Día del Maestro.
Mucho más que una docente: Irene es mamá, psicóloga y enfermera en el desierto de Malargüe
En la Escuela Albergue 8-384 “Carlos Rusconi”, sobre la ruta provincial 180 de Malargüe, Irene Castro se multiplica y es mucho más que una maestra
Hace más de 24 años que ejerce la profesión, de los cuales 19 los ha pasado en la escuela albergue “Carlos Rusconi”, ubicada a más de 200 kilómetros de la ciudad de Malargüe, en plena ruta provincial 180. Una zona inhóspita, de difícil acceso y catalogada como “muy desfavorable”, donde sin embargo encontró su lugar en el mundo.
Fue en 2006 cuando titularizó como maestra de grado en el paraje El Cortaderal, donde está ubicado el establecimiento, y desde hace 12 años se desempeña también como directora. Desde entonces reparte su tiempo en un régimen especial: 15 días de trabajo intenso en la escuela y 15 de descanso en su casa.
Directora, maestra y mucho más
Cada domingo previo al inicio de cada albergue, Irene comienza una rutina que pocas personas imaginan. “Ese día es cuando más trabajo tengo, porque debo organizar la valija, la ropa y todas las actividades. Además de dar clases, me toca llevar adelante la dirección: rendiciones, informes, presentaciones, todo lo que pide la inspección. Tengo que dejar todo organizado para esos 15 días en que mi vida transcurre allá”, relata.
Pero ser docente en una escuela albergue va mucho más allá de enseñar Matemática o Lengua. La directora se convierte también en segunda mamá, contenedora, psicóloga y enfermera. Muchos de los chicos, hijos de puesteros que viven de la cría de animales, llegan desde parajes alejados: algunos viajan hasta 75 kilómetros para llegar a la escuela. Estar lejos de sus familias implica nostalgia, y ahí aparece Irene para acompañarlos.
Una segunda familia en el desierto de Malargüe
Para los 19 alumnos que hoy forman parte de la matrícula, Irene es mucho más que una maestra. Ella lo resume con emoción: “Mi tarea no solo consiste en enseñar, sino en ser la segunda mamá de cada uno de ellos, brindándoles un ambiente familiar y cálido, lleno de amor, confianza, bienestar y seguridad”.
En el día a día se encarga de lo más cotidiano: desde jugar con ellos, leerles cuentos, fomentar hábitos de higiene y cuidado personal, hasta velar por su salud y consolarlos cuando están tristes. “Es una labor sacrificada, donde dejamos de lado nuestra vida y nuestra familia, pero a la vez considero que es una de las profesiones más gratificantes”, confiesa.
Conoce la escuela como la palma de su mano y después de 19 años siente que es su segundo hogar. Los niños la saben presente a toda hora: cuando alguno se enferma, cuando extrañan, cuando necesitan un consejo. Su rol es tan amplio que a veces se confunde con el de madre.
Educación en el desierto
La escuela albergue "Carlos Rusconi" es un pequeño oasis en medio de la soledad. Allí, cada 15 días, se encienden las risas, las tareas escolares, los juegos y las canciones que le dan vida al desierto. Los alumnos llegan con sus mochilas cargadas de expectativas y también con la confianza de que Irene estará para cuidarlos.
La rutina escolar no se limita al aula. Hay que organizar la comida, los horarios de descanso, las actividades recreativas y los hábitos que forman parte de la convivencia. La directora se asegura de que los chicos mantengan un ambiente saludable y de que el aprendizaje vaya más allá de los libros.
El desafío de enseñar en Malargüe y la enorme recompensa
Irene reconoce que la tarea no es sencilla. Requiere fortaleza emocional, organización y una entrega que muchas veces significa postergar su propia vida personal. Sin embargo, lo que recibe a cambio es invaluable.
“Cada niño me ha enseñado a amar y valorar su vida personal, su familia, sus costumbres y tradiciones, y a hacerlas propias. Mi meta es lograr que tengan oportunidades de desarrollarse, brindándoles las herramientas que les permitan superar los desafíos que se les presenten para alcanzar sus objetivos”, asegura.
Un homenaje en el Día del Maestro
Irene Castro elige enseñar en uno de los rincones más apartados del país. Su compromiso va mucho más allá de los programas escolares: ella representa amor, contención y esperanza para 19 niños que encuentran en la escuela un verdadero hogar.
Porque, como dice Irene, “ser maestra en un albergue es dejar de lado la propia vida, pero también es descubrir que no hay profesión más gratificante que la de enseñar y acompañar a estos chicos que tanto nos necesitan”.







