Despidos masivos

Mermelada amarga: el dolor, en primera persona, por el cierre de La Campagnola

La política y la economía generan mucho más que un discurso, que gráfico, que una noticia. Hay gente atrás de los indicadores del INDEC. El cierre de La Campagnola, después de 70 años en San Martín, es mucho más que una estadística.

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Emilio

Emilio Francisco Alcano tiene hoy 79 años y 50 de ellos los pasó trabajando en La Campagnola. Desde los 16 años hasta que se jubiló. Allí conoció a su mujer y con ese único trabajo, el de toda su vida laboral, compró su casa, su auto, armó toda su vida. Hoy la pena y la emoción lo superar, porque el cierre de la histórica y principal fábrica de San Martín, significa el final de su propia historia.

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“Empecé el 2 de febrero de 1956, con 16 años, y me jubilé ahí mismo, en junio de 2005”, dice, mientras está la puerta de su casa y llovizna. “Yo les enseñé el trabajo a muchos ingenieros y a muchos que fueron gerentes”, cuenta.

La Campagnola llegó a San Martín en 1950, por lo que Emilio tiene en la memoria a casi todos los que han pasado por allí. Como dueño del lugar, identifica con claridad a Silvio Benvenuto, hijo de uno de los fundadores.

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“Entré cuando tenía 16 años y, cuando me jubilé, era el más antiguo de la empresa. “Mi vida ha sido La Campagnola. Todo esto que tengo acá, (y señala su casa) lo hice gracias a La Campagnola, gracias a Benvenuto. Pude tener mi casa, me pude comprar un autito… Ahí nos conocimos con mi mujer, Vicenta Noguera, con la que formamos una familia. No me quejé nunca. Pasaron muchas cosas, pero seguimos siempre firmes, teniendo una elaboración de primera calidad. Fui oficial dulcero durante 45 años”, cuenta.

Cuando entró era un simple cadete, pero fue ascendiendo. Y dicen que era el hombre más experimentado en la línea de las mermeladas. Tanto es así que algunos compradores del exterior, venían a la fábrica y pedían que Emilio Alcano fuera el único encargado de todo el proceso.

“A los 16 fui un obrerito común, que hacía hasta de cadete. Pero, al tiempo, se dieron cuenta que a mí me gustaba el trabajo. Siempre fui muy cumplidor. En toda mi vida de trabajo, solo tuve una sanción, de un día, y fue injusta”, recuerda don Emilio.

“Todo el mundo trabajaba y los jefes no jodían, porque se trabajaba muy bien. Éramos una enorme familia”. Afirma que la incorporación de maquinaria fue reduciendo personal, porque “antes se hacía todo a mano”.

Ese personal, que había llegado a 2.400 divididos en tres turnos de 800, comenzó a ser menos. Pero dice que el principio del fin fue cuando Benvenuto, los dueños originales, comenzaron a iniciar el proceso de venta de la empresa (a Arcor). “¡Una pena!, Comenzaron a sacar gente y trajeron otra que venía de otros lados, especialmente de Córdoba, y que no sabía nada. ¡No sabían ni lo que era un durazno y se negaban a escuchar a los que sabíamos más!”.

Emilio dice que “yo ya me había dado cuenta que esto se estaba viniendo abajo. La misma gente de la fábrica lo sabía. En un momento quisieron acomodar las cosas, pero era tarde”.

Vicenta murió hace 15 años. Ahora Emilio siendo un dolor muy parecido a aquel y le cuesta contener las lágrimas.

Norma

Norma Elvira Lucero ahora tiene 73 años y trabajó desde 1988 en La Campagnola hasta su jubilación, a 63 años.

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En uno de sus brazos tiene tatuado al Che Guevara. Cuanta que en el verano, cuando lleva los brazos descubiertos, alguno le pregunta “¿Y quién es ese?” y ella responde, “mi marido”, entones algunas vecinas le replican: “¡Ahhh, era fachero!”.

Dice que “siento mucha pena por toda esa gente con familia (125 personas) que se han quedado ahora sin trabajo y que no saben qué hacer. Espero que puedan organizarse”.

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Cuenta que “yo llegué a trabajar con Arcor dos años, pero estábamos mucho mejor con Benvenuto (La Campagnola). Cuando se vendió la empresa a mi me bajaron de categoría. Yo hacía control de calidad y me remplazaron”.

Sin embargo todos aseguran que los productos de La Campagnola eran muy superiores a los que se elaboraron después y que solo conservaban el nombre.

Francisco

Francisco Antonio Zeta (57) trabajó 27 años en La Campagnola. Entró en el 82 y primero trabajó haciendo 5 temporadas de cosecha, para luego pasar a planta. “En ese momento éramos 3 turnos de 800 personas por turno”, recuerda. Empezó como un obrero raso y terminó como oficial especializado.

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Allí, en La Campagnola, dejó parte de su vida… y de su cuerpo. Tres hernias de disco y aplastamiento de dos vértebras. “Fue descargando tambores de 200 kilos, con pulpa. Nosotros teníamos que dar vuelta los tambores, uno se me resbaló y, para que evitar que se cayera, lo quise sostener. Ya no pude trabajar más”, cuenta.

El proceso para que lo jubilaran por incapacidad no fue fácil. La empresa ya estaba empezando a cambiar de dueños y los abogados peleaban por ver a quién le correspondía cargar con el herido.

“Se producía salas y extractos de tomate. Se procesaba durazno, ciruela, damasco, para hacer mermeladas y pulpas. Hasta se chauchas y naranja, que traían de otras partes del país. Hasta mayonesa, salsa golf y kétchup”, recuerda. También dulces de batata y de membrillo.

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Dice que el cierre le genera “una gran tristeza”, porque La Campagnola fue parte de las familias que allí trabajaron.

Anselmo

El nombre de Anselmo Manuel Saroff surge casi siempre en el recuerdo de los empleados antiguos de La Campagnola.

Fue durante muchos años el encargado general de producción de la fábrica y se lo recuerda como “un hombre bueno y justo”, y su historia está en cierta forma ligada a la historia del país y también define la calidad humana de los Benvenuto, de quien se dice que eran patrones bravos, exigentes, que montaban en cólera cuando detectaban algún defecto, pero que eran buenos pagadores, que respetaban los derechos laborales y premiaban a sus trabajadores.

Saroff ya era un hombre estratégico para la fábrica en 1975, cuando esta trabajaba a pleno.

Eran tiempos convulsionados. En agosto de 1974 Mario Santucho había anunciado el pase a la clandestinidad de Montoneros y en febrero del 75 Isabel Perón le comenzaba a dar vía libre a la Triple AAA, con un primer decreto, fueron cuatro en total, que se conocen como “decretos de aniquilamiento de la subversión.

Marta Saroff, hija de don Anselmo, y su marido Alfredo Leroux, eran militantes.

Don Anselmo le había ayudado a su yerno a montar una imprenta en San Martín, para que la pareja pudiera tener un ingreso más o menos estable.

Pero el 4 de abril de 1975 un grupo militar allanó la imprenta. Como no encontró a Alfredo, fue hasta la casa de Anselmo Saroff, ya que allí también vivía la pareja. Los militares no encontraron a los jóvenes y, entonces, decidieron llevarse detenido a don Anselmo.

Pasaron 40 días sin que se supiera nada de él. Finalmente, con la gestión de abogados que fueron contratados por el propio Silvio Benvenuto, dueño de La Campagnola, se logró que tres meses después el responsable general de la producción de la fábrica recuperara su libertad.

Pero su hija Marta Saroff es hoy una desaparecida (Legajo CONADEP 4718 – 5209) y su yerno Alfredo Leroux fue ejecutado en Cañadón Negro, en San Juan, el 20 de noviembre 1976.

Los cierres

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Como La Campagnola, ha habido otros golpes brutales para los pueblos mendocinos.

Los casos más emblemáticos de cierres de industrias conserveras, han sido la de la fábrica Noel, en Palmira, en la década del 90, y la de Bestani, en San Martín que cerró también para esa época.

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