Casos resonantes

"Los voy a matar a todos haciendo explotar esta granada"

Sábado 24 de febrero de 2001. Las Heras. Dos menos cuarto de la tarde. El francotirador de la Policía de Mendoza siente que es ahora o nunca.

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Lleva mucho tiempo estudiando el blanco, que se mueve de un lado a otro. Ya está, decide. Entonces aprieta el gatillo.

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Siete horas antes, Matías Cerón alias El Morocha había despertado súbitamente mientras dormía en una casa ubicada en la calle Doctor Moreno 3.200 frente a un descampado seco y maloliente.

Las corridas por patios y techos no daban lugar a equivocaciones: estaba en marcha un nuevo allanamiento policial para dar con El Morocha, quien se había fugado del COSE.

Entonces, el muchacho, con apenas 15 años y una larga carrera en el mundo del hampa mendocino y sabiéndose sin salida, tomó a la novia del cuello y le apuntó con un arma a la cabeza. Juntos salieron a la vereda dando inicio a un cautiverio tan largo como inesperado.

"Los voy a matar a todos haciendo explotar una granada si no me dejan ir" "Los voy a matar a todos haciendo explotar una granada si no me dejan ir"

Una de las amenazas del Morocha

Los fines de semana en las redacciones periodísticas suelen ser muy tranquilos. Y cada vez más. Pero aquel sábado de 2001 El Morocha desató una tempestad policíaco-judicial que llevó toda la atención a Las Heras.

Uniformados por doquier pero también personal de civil, un juez y un secretario, autoridades políticas eran parte del paisaje... Gobernaba Roberto Iglesias y Leopoldo Orquín recibía la inquietante noticia en su casa de Los Corralitos.

Agua para aplacar la sed era lo único que se pedía en el lugar. Hasta que alguien pidió algo excepcional: una caja de cartón. Que sea de gran tamaño, precisó un hombre que buscaba posicionarse del otro lado de la calle Doctor Moreno, justo frente a la casa donde El Morocha hacía gala de su bravura con aquella jovencita tomada del cuello y empuñando el arma. Tendido de panza sobre el techo hirviendo y escondido en la caja de cartón, el francotirador comenzaba una larga vigilia.

¿La novia del Morocha y su familia eran rehenes o cómplices del delincuente juvenil? A esa altura de los acontecimientos era imposible saberlo. Había que actuar.

La madre del Morocha fue convocada por las autoridades para hacerlo declinar en su postura pero no le permitieron acercarse a la escena. Temieron que ella también terminara siendo secuestrada. En bicicleta llegó el abuelo con intenciones de ayudar pero tampoco le permitieron involucrarse.

La bala disparada por el tirador atravesó la calle y dio de lleno en la muñeca derecha del Morocha. Tac.

Y en un instante pasó de todo: el arma voló por los aires, la chica zafó y tres policías saltaron sobre El Morocha que gritaba de dolor. Y de rabia por verse capturado otra vez.

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En la guardia del Hospital Central le dieron asistencia y más tarde lo trasladaron al COSE, de donde había logrado escapar al frente de una pandilla de delincuentes juveniles a punta de pistola y agrediendo a  celadores de la institución.

El final

El Morocha vivió sospechado de haber cometido una decena de asesinatos. De andar fuertemente armado por los barrios del oeste de la Ciudad. No solo con armas de fuego, sino con balas preparadas para perforar chalecos de las fuerzas de seguridad. 

Atacaba en banda. Generalmente con la complicidad de la noche. Como lo hizo la última vez.

El 16 de agosto de 2003 también era sábado y habían pasado dos años y medio de aquel tremendo episodio en Las Heras. La caída del Morocha ocurrió en la Cuarta Oeste. Tenía 18 años.

Sorprendió a una familia que llegaba a casa de madrugada y guardaba el auto con la precaución que el momento exigía. Pero no sería suficiente. El Morocha y uno de sus secuaces atacarían rápido. Estaban en su salsa.

El matrimonio estaba siendo desvalijado bajo gravísimas amenazas cuando un testigo de la irrupción inicial que vivía cerca llamó a la Policía. Así, el final del Morocha comenzaba a escribirse. Y no habría vuelta atrás.

Los uniformados lo interceptaron justo cuando escapaba por los techos. Le dieron la voz de alto y pasó lo que tenía que pasar. Solo una bala policial pudo pararlo. Un proyectil que le ingresó por la ingle y le perforó el bazo. Matándolo en el acto.

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Llevaba encima dos armas. De calibres 9 y 11.25, anotó un escribiente judicial. Y más de 100 balas, agregó.

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Confirmar que se trataba de El Morocha fue sencillo: el policía Roberto Munives, hoy jefe de la Policía de Mendoza, ayudó a confirmar que los tatuajes del cadáver levantado en la escena eran los mismos de Matías Cerón cuando se habían enfrentado, cara a cara, arma contra arma, años antes. Cuando la violenta historia de El Morocha era apenas un puñado de denuncias.


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