Margarita García Robayo, escritora en primerísima persona: "Me gusta que mis hijos tengan las distintas versiones de su mamá"

Cómo contar la propia vida con “distancia quirúrgica porque, cuando una está muy cerca, todo se distorsiona” es la consigna de Margarita García Robayo

Editado por Andrés Gabrielli

Primera persona es un libro que goza de un amplio recorrido. Sus primeras historias datan de 2011, su publicación inicial ocurrió unos años después en la editorial peruana Pesopluma y ahora, luego de otras apariciones en sellos independientes, Anagrama le da su espaldarazo definitivo, con el agregado de dos textos recientes.

¿Qué justifica tamaño recorrido?

“Yo siento que todavía está vivo”, explica Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980) en esta segunda vez que dialogamos. “Fue un libro que fue creciendo, envejeciendo conmigo”.

Y se ha convertido, según reconoce, en su best seller indie.

Piedra angular sobre la que se erige el resto de su obra de ficción, esta colección de relatos autobiográficos le permite a la autora colombiana mirar su trayectoria en perspectiva, sus ideas y vueltas, sus amores y desamores, sus socavones familiares, sus miedos y sus fobias contradictorias, como cuando dice “odio el mar”, pero, a su vez, lo extraña.

O el amor intenso que siente por sus hijos, pero admitiendo el peso que la maternidad ejerce sobre la vida de las mujeres.

Desde Buenos Aires, analizamos en el programa La Conversación de Radio Nihuil cuánta distancia media entre aquella Margarita, recién llegada a la Argentina, en busca de estabilidad, y esta de ahora, más madura, se ve. Pero no menos batalladora detrás de sus ideas y su oficio de escritora.

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Más madura se ve Margarita García Robayo. Pero no menos batalladora detrás de sus ideas y su oficio de escritora.

-Hola, Margarita, buenas tardes. Hemos estado hablando hace muy poco con Agostina, la esposa de Gonzalo Garcés, que es fanática tuya. Ha leído todos tus libros y nos ayudó a interpretarlos.

-¡Hola! Me río, totalmente. Me río y me ruborizo.

-Tenés toda una red de seguidoras. ¿Y sabes qué fue lo bueno de hablar de tu libro con una mujer? Que Primera persona es un texto muy femenino. Está escrito desde las entrañas.

-Qué lindo comentario. Y sí. Creo que es un libro escrito desde una mirada femenina, pero no está restringido tampoco a una lectura femenina. Hay cosas que se pueden identificar de manera más universal.

-Sucede que la condición femenina está puesta muy sobre el tapete. Por ejemplo, hay un capítulo, "Leche", que, como hombre, inevitablemente se sigue muy desde afuera. Se trata de toda la compleja problemática del amamantamiento, de cuerpo presente.

-Ese texto que mencionas obedece a uno de esos raros momentos, porque uno suele decir: yo escribo después de que me ocurran las cosas, pensando, reflexionando. Y es verdad. Uno no hace la catarsis cuando suceden las cosas. Pero a ese texto en particular lo fui escribiendo a lo largo de la experiencia, mientras me pasaba lo que estaba pasando.

-Tal cual. Es una crónica.

-Una crónica, exactamente. Es lo más crónica que hay en el libro.

-¿Y cómo te fue con eso?

-Esa sensación de estar en el momento, mientras vivía la situación, sentí que ha resonado un montón en otras mujeres que están amamantando. Y muchas de ellas me escriben para decirme yo estoy pasando por lo mismo, gracias por eso, yo no sabía tanto, etcétera.

-Una comunicación muy de tú a tú.

-Es un texto que, si bien lo escribí para mí, en un estado de soledad y de desesperación, se ha vuelto muy colectivo. Lógicamente, todas las mujeres que atravesamos por la maternidad nos vemos enfrentadas a eso en algún momento.

-Por otra parte, su lectura resulta paradojal porque es de doce años atrás. Y hoy el tema parece ir al revés. Lo que está en el centro de la agenda es la caída de la natalidad. Como que los bebés están en fuga en estos tiempos.

-Bueno... no sé. Es verdad que la gente joven dice tener perritos, como que las familias están conformadas de otra manera.

-Un cambio muy marcado.

-Claro. Para nosotros era de vital importancia el tema de la reproducción. Era una decisión trascendental en la vida. Pero ahora está un poco más naturalizado que no, que no hay porqué hacerlo.

-Esa es la línea, justamente.

-También es verdad que ha habido en los últimos años toda una vuelta al tema de la maternidad; y de la maternidad desidealizada, desromantizada. Es parte de lo que me hizo ver Leila Guerriero, que hace el prólogo, un prólogo hermoso, en esta edición.

-Es un plus muy significativo tener en el prólogo a Leila.

-Ella me decía: estás hablando de esto desde hace mucho tiempo. Fue un tema, ¿cómo decirlo sin que suene raro?, pionero. Digamos, ese tema de la maternidad sin romantizarla que ahora está más en boga.

-Tu texto ayuda a que se te caigan algunas fichas, a prestarles atención a cosas que uno no suele considerar. Por ejemplo, cuando decís "la vaca: nuestro gran enemigo", uno entiende que era un estigma para las mujeres que amamantaban dar leche de fórmula. No dar la teta era una cosa terrible. Se trataba de un peso muy grande sobre ustedes.

-Pues sí. Y además es un peso completamente prescindible, porque una experiencia así, en la que se juegan tantas cosas, desde la salud del niño a la salud emocional de la mamá, no tiene por qué estar atravesada por esos mandatos y esas culpas.

Margarita García Robayo se refirió a mandatos y culpas a la hora de amamantar.

-Algo parece haber cambiado desde entonces, ¿no?

-Como todo en la vida, las nuevas generaciones lo que hacen es tratar de hacer todo lo contrario de la anterior.

-¿Cómo fue la cosa con tu generación?

-Yo nací en el año '80. Y de todas nuestras madres, las madres de mi generación, la que te daba fórmula era por default, porque trabajaba, porque no tenía tiempo, porque tenía más hijos. Eso no estaba cuestionado. Mientras que, para las mujeres de mi generación, cuando empezamos a tener hijos, el paradigma era distinto.

-¿Cómo era?

-Era: la leche de fórmula es venenosa, la vaca no sé qué, hay que hacer todo, hay que dejar la piel en el tema de amamantar porque, sino, era mal visto. Pero todos son cambios de paradigmas. Al final todos estamos más o menos bien alimentados con leche de fórmula desde que nacimos.

-Los primeros textos de este libro tienen alrededor de quince años. Después, Primera persona tuvo mucho rodaje. ¿La reedición que tenemos ahora ocurrió por interés tuyo o de la editorial?

-Hace unos años yo me mudé de editorial y Anagrama, además de editarte los nuevos libros, hace una compra del fondo de tu obra; no necesariamente todo, pero sí de los títulos que más le interesan. Y este les interesaba en particular, porque, curiosamente, como yo digo, es mi best seller indie.

-¿Cómo sucedió eso?

-Circuló por tantas editoriales independientes, fue un libro que fue creciendo, envejeciendo conmigo. Cada nueva edición tenía nuevos textos. No sé, es un libro que yo siento que todavía está vivo.

-Podemos aseverarlo, como lectores.

-De hecho, en esta edición hay dos nuevos textos. A mí me gusta ver el arco, el recorrido de esa misma narradora que, por momentos, se parece más a mí, menos a mí, por la distancia también. Y ver las contradicciones entre los textos, ver cómo ha ido cambiando esa mirada.

-¿Mucho o poco?

-Los textos más nuevos se parecen más a mi vida actual. El último de ellos es del año pasado. Habla de hijos, habla de vacaciones, habla de otras madres, mientras que los primeros hablaban más de una inmigrante en Buenos Aires que se mudaba porque no le hacían el contrato de alquiler. En fin, es como un álbum de fotos el que yo llevo, que va captando momentos particulares en la vida de una persona, pero que son extrapolables a la vida de cualquiera.

-En esas minivacaciones campestres del último texto, a tus amigas por lo menos les ponés nombre, porque, en general no nombrás a nadie en tu libro, ni a los novios o ex novios, ni a tu papá ni a tu mamá. Es más, cuando charlamos anteriormente por El afuera, te tuve que sonsacar cómo se llamaban tu papá (Gabriel García Díaz Granados) y tu mamá (Emilce Robayo).

-(Ríe a carcajadas). Es verdad. No sé. Es que tengo un tema con los nombres, en general, en la vida, con las categorías. Pero, además, es la poca distancia que me puedo permitir con las cosas que cuento.

-¿En qué sentido?

-Porque cuento cosas que están basadas muy en mi experiencia, entonces, si encima les pongo nombre, es muy literal. Es como un calco. Yo no quiero que nada sea un calco de la vida, porque hay mucha intervención mía. A ese personaje que le pongo nombre, condensa por lo menos a cuatro amigas mías y todas, habiendo leído el relato, me han llamado diciendo qué tanto de Érica soy, ¡por favor dime qué de Érica tengo! (ríe)

-Reacción lógica, por otra parte.

-Aquí el nombre es una manera de unificar a muchos personajes también.

-Vos decidiste no corregir los textos antiguos de este libro, pese a los años transcurridos. ¿Cómo te sentís releyéndolos ahora? Por ejemplo, en un capítulo contás tu predilección por los hombres mayores, quince, dieciocho años más grandes, con los que te enganchabas. ¿Qué ha pasado con eso?

-Esa Margarita se curó (ríe). También esa Margarita creció. Entonces, lógicamente, la distancia entre los años, entre mis parejas, digamos, se ha ido achicando con la edad.

Margarita García Robayo, rodeada de libros.

-¿Y con el resto?

-Es verdad que hay temas más sensibles que otros. A mí me pasa algo, por ejemplo. Yo decía a mí no me va a importar nunca que me lea nadie. Nunca tuve ese prurito respecto de si mi mamá o mi papá me leían, etcétera.

-¿Y qué pasó?

-Que ahora tengo hijos, doce años el mayor y casi diez la otra. Por lo tanto, poco a poco empiezan a enterarse de qué hago. No le dan mucha pelota, tampoco, están en la suya. Pero, el otro día, llevé a mi hijo mayor a mi última presentación. Estaba con un amigo. Y varias escritoras amigas leyeron algunos fragmentos, con lo cual él estaba expuesto a primera mano.

-Todo un momento inaugural. ¿Qué pasó con él?

-Las caras de mi hijo eran de antología. Hacía como que cambiaba de expresión frente a todo el mundo. Y al final de la presentación, lógicamente, vinieron las preguntas, del tipo: pero, mamá, ¿qué es esto?

-¿Y vos qué?

-Yo sabía que este momento iba a llegar, el momento en el que algún hijo me iba a decir...pero ¿cómo? ¿Esto es parte de tu vida?

-Inevitable, por otra parte.

-Claro, porque mi vida literaria transcurre por un carril completamente distinto al de mi vida personal. Yo soy una mamá recontra mamá.

-Esto en el libro también queda claro.

-Sí, es verdad, en las versiones más recientes también. Entonces yo le digo: mira, yo soy la mamá que soy, pero además soy esta persona que vivió esta vida, que escribe estas cosas, etcétera. Como que me gusta que esas personas tan cercanas, y que son lo que a una más le importa, tengan las distintas versiones de lo que es su mamá, porque, si no, es muy bilateral la cosa.

-Se entiende lo de tu hijo, a quien en algún momento llegás a llamarlo por su nombre, Vicente, porque, claro, él sale mucho más que tu hija en el libro, tiene mucho más protagonismo.

-Es cierto. Ahora espero que no lea eso Julieta, porque entonces se va a ofender.

-¿Viste? Está cantado.

-(Ríe) Es que a él le tocó por ser el primero. Por ejemplo, yo tuve muchas dificultades, como se lee en el texto "Leche", cuando quise amamantarlo y eso. Pero con la segunda me fue bárbaro. Ahí mi pareja, el papá de mis hijos, me decía: ¿en serio no vas a escribir la segunda parte, ahora que te fue bien? Y yo le decía no, ya está.

-Ya no tenías necesidad.

-Claramente la escritura en ese momento me sirvió para transitar un momento que me costó muchísimo, para dar cuenta de una dificultad y cómo se atravesaba eso. Pero se ve que la parte del bienestar y de lo que gratifica no me llama a escribirla. Ya simplemente la vivo.

-El propio título del libro me autoriza a hacerte alguna pregunta personal. ¿Hoy estás en pareja?

-Yo me separé del papá de mis hijos y ahora... sí, estoy en pareja. Tengo un novio, digamos (ríe).

-Un novio.

-Me sale rara la palabra, pero digamos que es un novio.

-A tu pareja entonces, el papá de los chicos, no lo nombrás nunca en el relato. ¿Vas a seguir sin nombrarlo?

-Sí, por supuesto. A ver, después uno googlea y sabe todo. No es que sea un secreto. Pero desde el punto de vista técnico me parece que desvía el texto, que se vuelve otra cosa.

-¿Por qué? ¿Cómo lo ves?

-Porque, en cuanto a darles nombres a personajes cuando esas personas existen, hay un límite. Ni siquiera lo digo por pudor sino por respeto, porque nadie pidió estar de nombre y apellido en los textos que yo escribo. Y me parece bien que sea así.

-Una aceptable consideración, sí.

-Siento que todos tenemos el derecho a poner la versión de lo que nos atañe, de la manera en que consideremos. Y habrá alguien que, si está incómodo con esa versión, hará la propia. Todo está en un territorio sensible, pero no peligroso. Tampoco estoy denunciando homicidios ni cosas por las que alguien pueda ir preso.

-Aun así, sigue resultando sugestiva la ausencia de nombres propios.

-Entiendo que puede ser incómodo y es cuestionable, y me banco todas esas críticas y todas esas cuestiones, porque mi interés está puesto en la pieza literaria, no en exponer nada que alguien no quiera.

-Es una marca de estilo.

-Yo, si considero que eso va en el texto, para mí prima el texto, sin duda. Pero si hay algo que alguien me haga ver que es muy sensible y que prefiere no ponerlo, bueno, lo evalúo. No te digo que lo saco, pero lo evalúo.

"En cuanto a darles nombres a personajes cuando esas personas existen, hay un límite", explica Margarita García Robayo.

-Se entiende este punto de vista porque vos, técnicamente, te pronunciás por el distanciamiento y la perspectiva a la hora de narrar. Pero, por ejemplo, distanciás tanto a tu pareja considerándolo, sucesivamente, en distintos capítulos, como marido, papá de Vicente o "mi novio", que pareciera la mirada del entomólogo estudiando un insectario. Se te estruja el corazón viendo la escena bajo esa luz tan fría.

-(Ríe) ¡Ay, no sé! No lo había pensado. Por suerte él no me lee (risas).

-Veamos. Repasá el tono dominante del capítulo "Historia general de tu vida". Ahí mirás a tu hijo, a su papá y todo lo que los rodea de una manera tan lejana que uno, como hombre, como pareja, se queda helado de solo pensar que tu mujer te pueda describir así.

-Sí, pero, bueno, ahí me estás leyendo de manera muy literal, porque ese texto tiene un montón de intervención. Más allá de lo que cuenta, recuerdo muy claro mi motivación con ese texto. Era mostrar cómo la primera persona se podía desdoblar y por eso está escrito en segunda persona.

-¿Adónde apunta?

-Como que hay un yo que se vuelve dos yoes, uno que quiere exponerse y otro que quiere esconderse; y esa pelea entre lo que se cuenta y lo que no se cuenta; y cómo es necesario ese desdoblamiento para poder contar lo que uno no quiere contar.

-¿Cómo es eso que uno no quiere contar?

-O sea, eso que es feo, incómodo, que no te gusta de la vida, necesitas que lo cuente alguien más. Necesitas esa distancia como si fuera un personaje, que lo es, porque el yo es una construcción y es un personaje.

-O dos personajes.

-La segunda persona en la que está escrito ese texto quería demostrar cómo era necesaria esa distancia para poder contar ciertas cosas.

-¿Qué tipo de cosas?

-Por ejemplo, que estás incomodísima, hinchada de las pelotas de tu situación doméstica, cotidiana, de tu maternidad. Está muy bueno hacerlo ver.

-Desde ese punto de vista, sin duda.

-El otro día pensaba en un comercial. Llevo tantos años viviendo en Argentina que, según dicen, cuando uno recuerda las publicidades es porque se siente parte de un lugar. Pues bien, me acuerdo de un comercial de Mamá Luchetti, la caricatura de una señora que estaba cocinando unas pastas. Entonces entraba el hijo y ella soportaba todos sus pedidos, hasta terminar abrazándolo.

-Madre abnegada, si las hay.

-Lo hacía con un amor que era como un mensaje: no importa nada, las mamás adoran a sus hijos. Pero hay momentos en que están hinchadas de los hijos y no quieren ni escucharlos. ¿Cómo se cuenta eso, que es una verdad, algo que existe en la sociedad?

-Ahí está el quid.

-Para contarlo es que una se acerca, se distancia, porque es un territorio sensible. Habrá gente que dirá ay, pobre marido, pobre hijito; habrá otra gente que dirá pobre mujer, está harta de su vida, no sabe cómo salir de ahí, al mismo tiempo que los ama.

-Tenemos acá un asunto más complejo. Vos ponderás el distanciamiento, pero, al hablar de la búsqueda de sentido en la escritura, afirmás, textualmente, que "la subjetividad es casi todo" y hacés foco en la necesidad de expresar las obsesiones del autor. Si, encima, el libro se llama Primera persona, es imposible distanciarse. Uno imagina que Margarita García Robayo está aquí en cuerpo y alma.

-Tienes razón, porque, en realidad esto es un procedimiento que una hace como autora. O sea, yo, para poder hablar así, de esa manera, que parezca tan honesto; y digo parezca porque es verdad que es una construcción la honestidad en la literatura; entonces, lo despojado, el desparpajo, todo eso se construye. Y se construye con distancia, no hay otra forma.

-Técnicamente, sí.

-Creo que hay que pararse muy lejos de lo que una observa y, sobre todo, cuando lo que una observa es una mismo; y es la vida propia y es el entorno y lo que te rodea.

-¿Qué tipo de distancia?

-Hay que tener una distancia quirúrgica porque, si no, cuando una está muy cerca, todo eso se distorsiona. Es donde aparece más sensiblera o se va al extremo contrario. En este registro hay dos riesgos muy claros, uno es la autoindulgencia, el pobrecita yo, y el otro es el autoflagelo, que soy una miserable y tal.

-Lo decís tal cual en esa lectura en homenaje a Bolaño. Pero esa mirada estricta desde afuera, como si fuera el ojo de una cámara neutra, resulta muy dura para el lector. En "Rapto de locura", vos, como autora, tu padre y tu familia en general saben que tu mamá está en el piso, llorando, y nadie hace nada para ayudarla o consolarla.

-Eso, a mí, me llama mucho la atención hasta el día de hoy. Y era algo sobre lo que quería poner el dedo en la llaga.

-¿Por qué un tiempo después?

-Porque ahora está un poco más naturalizado el tema de la salud mental. Pero, por lo menos en mi tierra, en mi generación y en el tipo de sociedad en la que yo me crié, era una mala palabra. Nadie podía ir a tratar de aliviarse con un diagnóstico porque no se estilaba. Entonces, eran como anomalías que uno naturalizaba.

Margarita García Robayo celebró que ahora esté más naturalizado el tema de la salud mental.

-Cuesta asimilarlo.

-Era así. Y era muy cruel. Era muy cruel con esa persona que lo padecía y con quienes la veíamos padecer porque no había recursos para ayudarla. Los desconocíamos. Era una cosa muy cruel ver a alguien padecer así sin saber qué hacer, sin saber cómo remediarlo, cómo tenderle una mano.

-¿Cómo se ha transformado eso con el tiempo?

-Me sigue pareciendo una situación muy dura, incluso algo duro de recordar hasta el día de hoy porque, de verdad, no había información tampoco. Cuando crecí y pude acercarme, en este caso, a mi madre, pero también a alguna otra mujer de mi familia, gente que vi padecer de cerca problemas que tenían solución pero que uno la desconocía, dije: ¿por qué les hicimos esto? ¿Por qué no acudimos a tal? Bueno, repito, no se estilaba. Así de cruda y de dura es la respuesta.

-Si uno se conmueve con la situación, me imagino vos, que estabas ahí.

-Sí, sí, sí. Y quien lo padeció también. Algo que hace la escritura, sobre todo ese tipo de escritura que, como dices, pone el dedo en la llaga en ciertos temas porque nos duelen o nos incomodan y que una no suele tratar, es echar luz sobre esas crueldades, esos padecimientos; verlos desde otro lugar. Por eso yo hablo de la distancia. Porque si yo estuviera ahí, todavía padeciendo esa situación, sería muy difícil salir de esa maraña de mirar todo tan de cerca. Terminas naturalizándolo o distorsionándolo. Es eso. Mirar de cerca distorsiona.

-Algo curioso. Anoche, conversando con Gonzalo Garcés, le decía que tu libro tiene un aire a Emmanuel Carrère. Y vos lo nombrás, precisamente, haciendo una alusión a su libro Yoga.

-¡Ay, Carrère me encanta! A veces con él me pasa que empiezo sus libros y me cuesta entrar. Pero, una vez que entro, ya no puedo salir. Me parece fascinante, me parece brillante siempre, me ilumina las cosas desde un lugar que no había visto. Me sigue aportando un montón su mirada.

-¿Lo podemos asociar a Carrère con tu libro, entonces?

-Es un honor (ríe).

-Imposible no aludir a esta otra curiosidad. Vos sos una mujer del Caribe, de Cartagena, y empezás tu libro hablando del mar. Y ahí nomás tirás: "Odio el mar". Nosotros, que vivimos en el desierto y que, por eso mismo, lo amamos, no lo podemos creer. Como que Dios le da pan al que no tiene dientes, ¿no?

-(Ríe) Es verdad. A mí el mar me produce algo muy particular y es que lo extraño. Pero es ambivalente lo que me pasa con él. Eso está dicho en uno de los textos más viejos. Me pasó siempre. El modo en el que se usa el mar me produce enojo, directamente.

-¿Por qué?

-Por el turismo, por ejemplo. Yo crecí en una ciudad turística. Entonces, ver a la gente que se pasa todo el día tirada al rayo del sol y el mar y la luna... todo es incómodo. Pero, además, los textos de Primera persona tienen una particularidad, que siempre cuento, y es que fueron encargos en general.

-En otra etapa laboral.

-Yo fui periodista mucho tiempo. De hecho, creo que parte de lo que más me interesa como procedimiento de escritura es esa cosa que me enseñó el periodismo, que es observar, observar, observar, observar y tratar de sacar alguna verdad de eso que se mira, así sea una pavada aparente.

-¿Y cómo saltó este tema?

-Me encargaron escribir sobre un territorio, el que yo eligiera. Y yo siempre tuve claro, al principio de manera más intuitiva, que si algo tenía algún potencial literario era eso que te producía sentimientos encontrados. Como sucede con los hijos o la patria, que los amas, pero siempre se produce esa ambivalencia.

Margarita García Robayo se refirió a su particular mirada sobre el mar.

-Y cayó el mar.

-Pasan periodos en los que no voy al mar y algo me falta. Pero cuando estoy ahí también lo padezco. O sea, no hay nada que me venga bien (risas).

-Sos jodida, Robayo.

-(Ríe a carcajadas).

-Una historia muy impactante en tu libro es la de Luz, esa empleada doméstica que quedó embarazada tras una violación de un tal Papaíto, lo cual te lleva a considerar la condición femenina como algo siempre desventajoso. ¿Te sigue impactando de la misma manera todo esto?

-Sí. Todas las historias que yo conozco, desde que soy chica, de cierto tipo de mujeres; mujeres que no están en un lugar de privilegio, claramente, o que trabajaron en mi casa, porque en Colombia, sobre todo en el Caribe, ocurre esto de tener mujeres en tu casa permanentemente; mujeres, nunca varones, que te servían, que te ayudaban, que te cocinaban. Y las historias detrás de esas mujeres eran siempre brutales.

-Como la que narrás aquí.

-Luz es un personaje real. Es una de las pocas que tiene el nombre real en el libro. Y era una mujer que estuvo muy cerca de mí cuando yo crecí. Entonces eso siempre me va a parecer impactante.

-¿Y respecto de la condición femenina?

-Lo que sucede con ese texto, con el paso del tiempo, en cuanto a lo que me preguntabas más arriba, es que hubo al principio este fervor de la tercera ola del feminismo. Lógicamente todas estábamos muy a favor y hermanadas en las causas importantes.

-¿Qué pasó luego?

-Que empezó a convertirse en una especie de postura gritona, como la llamo yo, que por momentos me empezó a molestar. Y como me sentía muy distante de esas formas de expresión, me trajo muchos problemas.

-¿Debido a qué?

-Porque, como está dicho en el texto, cada vez que quería referirme a esta cuestión, recibía mails de amigas, compañeras, escritoras, en los que me decían "no entiendes nada” y no sé qué.

-¿En conclusión?

-Hoy, con el paso de los años, dije: no hablo más de esto porque me mete en problemas. Pero, también, con el paso de los años, entiendo que no había forma de hacerlo distinto.

-Para cerrar, hay otra que cosa que me lleva a empatizar con vos y es que te haya gustado tanto la película colombiana Un poeta.

-¿Viste lo que es esa película?

-Una maravilla.

-Hermosa (ríe).

En pocas palabras

  • Margarita García Robayo: la escritora lanza una reedición de su libro autobiográfico "Primera persona" con Anagrama, que incluye nuevos textos.
  • Trayectoria del libro: ll libro, publicado inicialmente en 2011, ha tenido varias ediciones en sellos independientes y es considerado su "best seller indie".
  • Temática central: la obra aborda experiencias personales, maternidad, familia y la mirada femenina con "distancia quirúrgica" para evitar distorsiones.
Resumen generado por Thinkindot AI

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