Análisis y opinión

Malvinas: el día en que mi papá se volvió inmortal

“Malvinas” había marcado a mi viejo. Toda su vida, luego de 1982, giró en torno a ese hecho. Y me marco a mí y a mi familia, tanto que hoy llevamos las islas grabadas en la piel

“Mi vida en 14 meses”, ese era el título que mi papá quería darle a su autobiografía. Quedamos en escribir esa obra juntos, el me relataría su historia y yo la redactaría. Ese libro había sido un proyecto postergado por muchos años. El propio ritmo de la vida, los hijos, el trabajo, la casa, etc., hacían que la hazaña de sentarse de escribir fuera imposible.

Era un gran plan: padre e hija, compartiendo la historia, y no una historia cualquiera, la historia de un héroe de Malvinas. Sin embargo, pudimos concretar un solo encuentro dedicado al proyecto. Por no hacernos los tiempos necesarios, por no priorizar, o por priorizar cuestiones, que, al fin de cuentas, cuando llega el fin, comprendemos que no eran tan importantes.

“Malvinas” había marcado a mi viejo. Toda su vida, luego de 1982, giró en torno a ese hecho. Y me marco a mí y a mi familia, tanto que hoy llevamos las islas grabadas en nuestra piel. En momentos sensibles, mi padre me confesó que hubiera preferido morir en las islas, como si eso hubiera sido más heroico que haber vuelto y haber construido una vida. Todo por esa idea romántica de “dejar la vida por la patria”, y cómo no creer en eso, si fue lo que prometieron, si fue lo que le enseñaron. Volver, y enfrentar la derrota, debe ser de lo más duro para un soldado.

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A 44 años de la guerra de Malvinas. Foto: ilustrativa

A 44 años de la guerra de Malvinas. Foto: ilustrativa

Pero este hombre del que hablo, a pesar de ese sentimiento, mientras estuvo en este mundo y en este país, al que amo, hizo todo lo posible para ser el “héroe” que todos esperaban que fuera, y sobre todo que el mismo sentía que debía ser. Siempre que pudo se involucró en los eventos políticos y sociales, que reclamaban presencia de la sociedad, trató de impulsar la figura de los veteranos a través de la Asociación de Veteranos de Malvinas (ADEM), y luchó por los derechos de los mismos, fue militante de toda causa social que se le pusiera enfrente, y se involucró personalmente, en cada situación delicada que la gente de su entorno le presentaba, ya que todos sabíamos que él, que era un héroe con todas la letras, lo iba a resolver, o por lo menos iba a intentar solucionar.

Tal fue la figura de héroe que el trato de interpretar, que sus hijos pequeños, lo veían como una especie de Superman, alardeando sobre él en actos escolares, en lo que sus compañeros le pedían autógrafos y fotos, cual celebridad de una película de acción.

Este mismo hombre fue construyendo para sus hijos, y para el mismo, una especie de personaje inmortal, un Highlander, como decía él, refiriéndose al conocido protagonista de las películas.

Tanto insistió en esta imagen, que creo que, un poco, nos lo creímos. Y eso hizo que la despedida fuera tan dura…

No recuerdo el camino, ni como llegué a ese hospital. De repente me vi a mí misma entrando a una sala de terapia intensiva, y una enfermera diciéndome “no vas a llorar, ¿no? trata de estar calmada que hay más pacientes en la sala”. Entre lentes, cofia, barbijo, etc. no se me debe haber visto ni un mechón de pelo, tanto que cuando por fin estuve delante de mi papá, él no me reconoció. Cuando le dije “soy yo papá”, su sonrisa, esa de bonachón que a veces ponía, va a quedar por siempre en mi memoria. Hablamos un rato, incluso de trabajo, ya que él, en su rol siempre heroico, no dejaba de preocuparse por como marchaba todo, en su afán de proteger a la familia y a los que aun dependían de él.

Las palabras del médico que mi dio el parte fueron muy claras: “quizás sea la última vez que lo veas consciente, vení a despedirte”. El pronóstico no era bueno, el covid había hecho su trabajo.

Pero, cómo despedirse si aún había esperanzas, si había tanto que no se sabía sobre esta enfermedad, si él era relativamente joven; cómo esperar lo peor, si él nos había convencido de que era inmortal.

Era momento de irme, le dije “ponete bien, mira que el domingo comemos todos un juntos”, él me dijo “ojalá, sería un milagro”. Antes de salir dijo “te amo”, como si el supiera algo que yo no.

Esa fue nuestra despedida.

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Malvinas, un recuerdo siempre latente en Argentina y los héroes que no se olvidan. Foto: ilustrativa 

Malvinas, un recuerdo siempre latente en Argentina y los héroes que no se olvidan. Foto: ilustrativa

Recibió su toque de trompeta, sus honores militares. A pesar de las restricciones, una caravana de autos lo siguió. Y lo ovacionó al momento de la despedida final. Esas personas que fueron marcadas por su actitud heroica, dieron las gracias con el aplauso.

Y se volvió inmortal, tal y como lo había dicho, porque aún hoy sigue presente en estas palabras, pero lo más importante, sigue presente en la historia de nuestro país: fue uno de los soldados pertenecientes al BIM1, participó como infante de marina en la denomina Operación Rosario, que fue la que nos devolvió a nuestras islas, aunque sea por unos días, convirtiéndose en uno de los soldados que tuvo el honor de izar nuestra bandera celeste y blanca, en esas islas perdidas que aún añoramos.

Para este hombre, sólo tengo palabras de agradecimiento. Gracias por dejarme este legado, por inculcarme el amor por la patria y por nuestras islas, gracias por enseñarme que no hay q ser indiferente los problemas de la sociedad, a que hay q luchar por las causas justas. Con este agradecimiento, y con nuestra historia que vengo a compartir, espero poder transmitirles a todos los veteranos el orgullo que sentimos por ellos, por su valor, y por su gesta, que jamás será olvidada.

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