Entrenar con mucho frío, con calor extremo, en medio de la llovizna. Sin dudar ni quejarse. Despertarse temprano los fines de semana y feriados. Priorizar la actividad deportiva. Bancarse golpes y lesiones. Caerse y levantarse. Una y mil veces. Sobreponerse al cansancio y al agotamiento. Perder y volver a competir. Equivocarse y aprender de cara al error. Intentar y volver a intentar. Fortalecerse.
Este campo semántico está compuesto por la educación deportiva de alto rendimiento que cultiva cuerpos y subjetividades resistentes, una rareza en la época de la generación de cristal.
En el ámbito deportivo, se premia el esfuerzo y la determinación. La perseverancia y el espíritu de equipo, pero por, sobre todo, la disciplina, tanto física como subjetiva.
¡A tomar nota!
La educación deportiva gira en torno a estos valores, que brillan por su ausencia en la educación formal.
¿Quién se apasiona, hoy, por una disciplina escolar? ¿Quiénes buscan ir más allá de los métodos tradicionales? ¿Quiénes transmiten con pasión su disciplina a los más jóvenes? ¿Quiénes sienten una fuerte pertenencia institucional? ¿Quiénes plantean la competencia como un valor? En las escuelas y colegios resulta una rareza lo que en el ambiente deportivo es moneda corriente.
¿Por qué, entonces, no se transmiten estas buenas prácticas provenientes de los ámbitos deportivos a la educación formal? ¿Por qué permitimos que todos estos esfuerzos formativos se evaporen en el aire?
El deporte no está para nada exento de complejidades y presiones. Tiene su propio repertorio de contradicciones: el principio de "mens sana in corpore sano" no siempre aplica. No obstante, sería interesante tomar nota de las lecciones que nos deja a diario.
El penal más largo del mundo
Osvaldo Soriano solía contar que quería ser el 9 de San Lorenzo y, que como no pudo lograrlo, terminó convirtiéndose en escritor. Este genial autor marplatense narra una historia fantástica sobre un partido entre dos pueblos de la Patagonia cuyo desenlace llega tras un tiro penal postergado largamente.
Quizás la condición de práctica electiva que caracteriza al deporte y su carácter lúdico colaboren a que estas disciplinas se basen en el compromiso tanto individual como colectivo. A diferencia de la educación formal, tan contaminada por el mecanismo de "simulación segura" donde todos se quedan tranquilos haciendo como que enseñan, como que aprenden, como que acompañan y como que cumplen, aunque sea con programas caducos casi nadie aprende o enseña de verdad.
En Argentina, la educación obligatoria se extendió a tal punto que llega hasta el fin del colegio secundario. Sin embargo, este cambio cuantitativo se dió en detrimento de la calidad. Lo que se enseña deja mucho que desear y en muchos casos no garantiza ni la lecto escritura comprensiva ni la ejecución de operaciones matemáticas básicas. Y el penal se lo meten siempre en el ángulo a las universidades que no sabemos muy bien cómo atajarlo, aunque hagamos lo imposible por revertirlo.
¡A moverse!
En la post pandemia se revalorizaron y multiplicaron las actividades al aire libre. Principalmente la actividad física y deportiva. Crecieron los grupos que practican en parques, plazas, calles, centros barriales, gimnasios y clubes de todo el país. La práctica de running, trekking, fútbol, vóley, básquet, handball, ciclismo, artes marciales, tenis, pádel, patinaje, hockey y rugby, entre otras tantas disciplinas se multiplicó. Pasaron a ser una prioridad e indicador de una vida saludable.
La Encuesta Nacional de Actividad Física, realizada en 2021, detectó que más de la mitad de la población argentina realizó actividad física durante la pandemia y muchos lo mantuvieron. Este relevamiento, realizado por el Observatorio Social del Deporte perteneciente a la UNSAM y al Ministerio de Turismo y Deporte da cuenta de la alta valoración social del deporte y la correlación directa entre nivel socioeconómico y nivel de prácticas deportiva.
Mente versus cuerpo
Pese al anuncio con el que el actual ministro de Educación, Jayme Perczyk, lanzó con bombos y platillos en abril del corriente la nueva edición del JUAR, los Juegos Universitarios Argentinos, donde se calcula que participarán este año unos 13.000 estudiantes universitarios de instituciones tanto públicas cuento privadas del país, la importancia que las universidades argentinas dan al deporte, deja mucho que desear si consideramos los casi dos millones y medios de estudiantes que conforman el sistema universitario argentino hacia el 2020, según datos del Ministerio de Educación.
En Argentina, en comparación con otros países, el deporte en la educación superior, en el mundo universitario, es un dato menor. Pareciera que se prioriza la mente antes que el cuerpo. Ya que no se valora ni se estimula verdaderamente el deporte universitario pese a algunas iniciativas puntuales que, con buenas intenciones, no llegan a ser más que eso. Pareciera que la educación intelectual está muy lejos, aún, de reconocer la importancia de la educación física y no existe una concepción de educación integral, pese a que se conocen de sobra sus beneficios.
Aprendizaje cruzado
En muchos equipos deportivos los más grandes enseñan a los más chicos por pura vocación. Nada genera más espíritu de cuerpo y sentido de pertenencia que esa transmisión intergeneracional que prácticamente no ocurre ni tiene paralelismo en la educación formal. ¿Cómo generar, entonces, modos de enseñanza y aprendizaje significativos como plantea el pedagogo italiano Francesco Tonucci?
Posiblemente debamos revisar los contenidos de nuestros programas, su actualidad y verosimilitud y, principalmente, nuestras metodologías de enseñanza y aprendizaje. Según el citado pedagogo italiano, los aprendizajes más significativos se hacen jugando. Quizás por eso, el deporte tenga tanto para enseñarnos. Tomar nota, con humildad y atención, de las lecciones que la educación deportiva nos deja, valorando su trabajo arduo y apasionado, sería un buen comienzo.
Como señala el escritor japones Haruki Murakami en "De qué hablo cuando hablo de correr", una disciplina puede enseñar a la otra: del running a la escritura. “Voy aumentando poco a poco la distancia que recorro. Pero si aumento el ritmo acorto el tiempo de carrera. Procuro conservar y aplazar hasta el día siguiente las buenas sensaciones que experimenta mi cuerpo. Idéntico truco utilizó cuando escribo una novela larga: dejo de escribir en el preciso momento en que siento que puedo seguir escribiendo. Al día siguiente me resulta más fácil reanudar la tarea”.


