“Sí, son esas amistades que se van armando desde las lealtades, desde las historias compartidas, de la mezcla entre tristezas y alegrías”, dice Mario desde las laderas orientales de la cordillera donde el mar es un recuerdo.
Aún en este desierto, Mario Pérez es un hombre de mar. Lo será siempre, por más que ahora sea abogado. Será un tripulante de un barco de pesca, aquel cabo segundo maquinista del destructor ARA Bouchard D-26, uno de los 300 que salvaron a 64 náufragos, después del hundimiento del crucero General Belgrano.
El destructor Bouchard ya no existe. El 15 de noviembre 1988, por decreto Nº 1.248 se autorizó su uso como blanco para tiro naval de la Flota de Mar y después fue desguazado. Pero su tripulación, aquella de la Guerra de Malvinas, aún se junta una o dos veces al año.
“Yo era el encargado de combustible. Era un trabajo complejo. Teníamos que mantener equilibrados los 20 tanques del Bouchard. Yo era el responsable de eso y tenía un grupito a mi cargo. Con ellos compartíamos todo, desde el trabajo hasta el descanso. Por eso es que con ellos creamos una relación muy cercana”, dice Mario, aunque reconoce que toda la tripulación se sentía unida en aquel tiempo y ese sentimiento se conserva hoy, 37 años después.
Aparecen los nombres en la memoria. Juan Carlos Monti, Horacio Stratta , Daniel Truffa , Yoni Martínez , Héctor Libertelli... Aparecen Pelado Strangoni (fallecido) Jorge Angarano, Luis Ricardo Giorgi, Raúl Sueldo, Sergio Vázquez, Pelado Arias, Raúl Ricci, Sergio Wendler , el petiso Maiza… Algunas caras de que están en las fotos, otras solo en el recuerdo.
De la mayoría hay noticias. Cada uno intenta compartir con los demás los acontecimientos más importantes de sus vidas actuales: Un nacimiento, un cambio de trabajo, la mudanza a otro pueblo, alguna enfermedad cobarde. Penas y alegrías. Alguno logra viajar y visitar a otro, a otros. Ese trae novedades nuevas de él y de los demás.
Mario también tiene otras amistades que le dio el mar. Finalizada la guerra y dado de baja de la Armada, el desafío fue encontrar trabajo.
"Deje la Marina y fui al sur, para embarcarme en los barcos de pesca. Fui a Puerto Madryn", dice. Mientras caminaba por los muelles, esperando la llegada de alguno que viniera a descargar y, dos días después, a cambiar tripulación y partir nuevamente, Mario fue casi adoptado por una familia local. "Fueron como mis padres. Todavía hoy seguimos en contacto", dice.
La historia
En 1982 Mario Pérez era cabo segundo maquinista de la Armada Argentina. Estaba embarcado en el destructor Bouchard, que junto con el destructor Piedrabuena y el crucero General Belgrano, eran un tridente estratégico.
Recuerda los últimos días de marzo. “Creíamos que era un ejercicio militar. Nos dijeron que zarpábamos desde Puerto Belgrano, vimos que se cargaba mucho alimento y municiones, pero no nos dijeron nada más”, dice Mario. Cuando supieron que el destino era Malvinas, ya era 2 de abril y empezaba el desembarco.
Durante las siguientes semanas los tres buques iban a dedicarse a triangular el archipiélago, como estrategia de protección. Mario Pérez y sus compañeros iban a divisar claramente durante todos esos días la costas malvinenses, pero jamás las pisarían.
Esos primeros 30 días iban a resumirse más o menos así: la vigilancia de las islas y el regreso cada tanto a Ushuaia, a recargar combustible y alimentos.
Pero la llegada de mayo iba a cambiar todo, iba a precipitar los acontecimientos. La guerra también se resolvería en el mar.
El 1 de mayo el Bouchard recibió la orden de ingresar a la zona de exclusión, al área de combate naval, en persecución de algún barco de la flota ingresa que intentaba acercarse a la costa sur de las islas.
“El 2 de mayo, a las 12 de la noche, entramos a la zona de exclusión. Se cantó el Himno y nos habló el comandante. Se izó la bandera de guerra y hasta las 8 de la mañana estuvimos siguiendo al barco inglés”. El intento de sorprenderlo, no dio resultado. A las 8 el perseguidor pasó a ser perseguido. “Comenzaron a seguirnos a nosotros. Eran más y debimos girar y retirarnos”.
Quizás ese fue el inicio de lo que ocurriría a las 16.02. Ya fuera de la zona de exclusión, pero todavía navegando en una especie de triangulo, el Belgrano y sus escoltas, el Bouchard y el Piedrabuena, fueron atacados por el submarino nuclear Conqueror, de la flota inglesa.
Mario Pérez, a bordo del Bouchard y junto a otros 300 tripulantes, recuerda que “a nosotros un torpedo nos impactó en el centro del barco, en la banda de babor, justo a la altura de la máquina de proa. Pero tuvimos la suerte de que el torpedo impactó pero se desplazó y estalló en el agua, lejos del casco”.
El impacto provocó que se desprendieran todos los remaches de dos paños de chapas del casco, produciendo una abertura de un metro cincuenta. Una especie de panza hacia adentro de la chapa, por debajo de la línea de la línea de flotación.




