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Lala Pasquinelli desenmascara los estándares de belleza que degradan y someten la condición femenina

Lala Pasquinelli se define como “abogada, poetiza, lesbiana y activista feminista”. Esta autora argentina publicó el libro La Estafa de la Feminidad, que resume sus experiencias

Lala Pasquinelli es, desde años, una efusiva participante en los debates sobre cuestiones de género que animan a la sociedad.

Lo hace a partir de iniciativas concretas y activas como la organización Mujeres Que No Fueron Tapa o instalando marcas que sacuden el tablero como #HermanaSoltáLaPanza.

Tras haber sido distinguida por la BBC como una de las mujeres de 2023, aprovechó el envión para dar otro paso importante resumiendo sus experiencias en un libro cuyo título lo dice todo: La estafa de la feminidad.

El abordaje está muy a la vista. Tal cual dice en la misma tapa, se trata de “cómo la belleza nos educa para ser sumisas”.

Un tema siempre candente y siempre necesario de profundizar.

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La Estafa de la Feminidad, de Lala Pasquinelli.

La Estafa de la Feminidad, de Lala Pasquinelli.

Desde Palermo, esta “abogada, poetiza, lesbiana y activista feminista”, como ella prefiere que la identifiquen, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil, en el que Paula Jalil tuvo un puñado de participaciones significativas.

-Qué tal, Lala. Sos una chica de pueblo, de Junín, que ahora vive en Buenos Aires.

-Sí, sí. Soy del interior de la provincia de Buenos Aires.

-Respecto de todos los procesos en torno a la feminidad que analizás en tu libro, ¿cambian a partir de una realidad de pueblo? Da la impresión de que ahí se viven distinta manera.

-Bueno, un pueblo es un contexto en general mucho más opresivo que una gran ciudad, ¿no?

-Por eso mismo, claro.

-En general, todos estos mandatos y todas estas construcciones identitarias de lo que es el deber ser de las mujeres y también de los varones, están por ahí más marcados porque las personas se conocen o pertenecen a la misma clase social.

-En qué se traduce esa mayor cercanía.

-Dentro de esos círculos, los señalamientos, las segregaciones y, quizás, inclusive, la discriminación o la violencia, son mayores para quienes, por ahí, no encajan en esas formas identitarias, no encajan en lo que se espera de las mujeres o no encajan en lo que se espera de los varones.

-Vos hacés mucho hincapié en cómo opera el sistema, en general, en deterioro de la condición femenina. Pero también apuntás al rol decisivo que juegan las familias, especialmente las madres o las abuelas en la educación de las chicas. ¿Cómo ha sido tu caso?

-Más allá de la anécdota personal, que puede venir al caso o no, creo que eso forma parte de la experiencia en general de la mayoría de quienes hemos sido educadas en la feminidad.

-Digamos, entonces, que a vos no te afectó de manera especial.

-La verdad es que yo, en mi caso, no he tenido ni siquiera un hostigamiento o una persecución por parte de mi madre o de mis abuelas. Pero en mis estudios y en las investigaciones que nosotras hemos hecho, algunas de las cuales están expuestas en el libro, aparece esto. Tiene que ver con el rol de las mujeres, también, que es el de cuidar y educar a las infancias, algo que en general hacen en forma exclusiva y en soledad.

-Sí, lo marcás bien en tu libro.

-Es que la educación de les niñes sigue estando todavía en manos casi exclusivamente de las mujeres y se las responsabiliza también exclusivamente por esa educación. Entonces, claro, hablamos de las madres, de las abuelas y de las mujeres porque son quienes tienen que cumplir ese rol social todavía.

-¿Y con qué perspectivas?

-Por más que queramos, eso no ha sido transformado y la división sexual del trabajo es algo que está absolutamente presente en nuestra sociedad. Las mujeres ocupan el rol de los cuidados y los varones ocupan el rol de proveedores, más allá de que las mujeres igual trabajen afuera de sus casas.

-Sí, eso permanece bastante.

-No me refiero al caso de que exclusivamente trabajen cuidando a sus hijes o haciendo el trabajo doméstico, sino aun teniendo trabajos fuera del hogar, esas tareas en general están feminizadas, recaen sobre las madres, sobre las abuelas, sobre las mujeres de la familia. La conversación tiene que ver con eso.

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"Las tareas domésticas en general están feminizadas", dice Lala.

"Las tareas domésticas en general están feminizadas", dice Lala.

-Preguntaba, al principio, por tu situación personal porque tu libro empieza con una frase totalmente autobiográfica. La primera línea dice: "Escribo este libro como víctima redimida del mandato de feminidad". ¿Cómo se te impuso ese mandato?

-Socialmente, te diría. Muchísimo más vinculado, no tanto con mi familia, sino con todo lo que yo veía a mi alrededor; en mis consumos culturales, en lo que veía en mis padres también; en lo que era aceptado, lo que era premiado, lo que era valorado y lo que, por otra parte, era denostado y segregado.

-Se entiende. Fuiste creciendo con eso.

-O sea, como mis intereses, por ejemplo, siendo una niña o siendo una adolescente, eran más vinculados al mundo intelectual o a los deportes, no estaban identificados claramente con lo femenino. En general, más allá de mi familia, no encontraban una representación ni un espacio donde eso pudiera ser desplegado. Todo lo contrario.

-¿Qué se esperaba, entonces, de alguien como vos?

-Lo que se esperaba de una chica quizás de mi edad en ese momento era, por supuesto, esto: la preocupación por el cuerpo, estar a dieta, el maquillaje, el amor romántico. Todo lo que sucedía hace treinta años y que hoy les sucede a las niñas siendo muchísimo más pequeñas.

-Sí, cambió el tiempo de las exigencias.

-Lo que quizás en ese momento era normal a los trece, catorce, años, hoy las niñas lo están viviendo entre los ocho y los diez.

-Un poco más adelante, en el segundo párrafo decís: "Escribo como okupa de este cuerpo que fue enemigo, ajeno, extraño”. ¿Te ocurrió tempranamente, de chiquita? ¿En qué momento te diste cuenta de eso y hasta cuándo te duró?

-¡Uy! Te diría que hasta principios de los treinta, más o menos, me duró esta sensación de batalla campal en la que vivimos muchísimas mujeres en vínculo con nuestro cuerpo. En Argentina, por ejemplo, solo una de cada diez mujeres se siente a gusto con su apariencia física. Y en el mundo no son tan distintas las estadísticas.

-¿Cuál es la consecuencia?

-Eso genera esta permanente sensación de inadecuación, de vergüenza, pero también de insuficiencia y del desarrollo de formas adaptativas a esas exigencias que, de alguna manera, conducen a una expropiación de otras habilidades y de otras potencias.

-¿Cómo describirías esa instancia?

-Es esta sensación de que hay algo en mí que no está bien porque no tengo los intereses que se supone que tengo que tener, porque no soy flaca o porque mi cuerpo tiene tal o cual forma o por lo que sea. Digamos, cualquiera de las cosas que se supone que tienen que encajar y no encajan en ese ideal femenino.

-¿Cómo se sale de ahí? ¿Cuál es el camino?

-La verdad es que lleva muchísimo tiempo poder establecer un vínculo saludable, por decirlo de algún modo, con el propio cuerpo, con la alimentación, con la propia identidad. Y algunas mujeres no lo logran nunca. Eso es una de las cosas más tristes.

-¿Cómo lo dimensionamos?

-Nosotras tenemos una comunidad muy grande, de entre setecientas mil y un millón de mujeres. Y aparece esto. No importa la edad. Es la sensación de inadecuación y de ajenidad con el propio cuerpo. Este cuerpo que necesito transformar, necesito intervenir para que se parezca a eso que se supone que tiene que ser.

-(Paula Jalil) Está bien, en cuanto mujer, no hablar de estereotipos ni de si uno es muy flaca o muy gorda, muy petisa o muy alta, porque cada cuerpo es distinto. Pero, por ahí, arreglarse, maquillarse, cortarse el pelo, es algo que una hace para verse uno bien consigo mismo.

-No sé si leíste el libro, imagino que no. Depende. Ya arrancar con la palabra arreglarse... Nos tenemos que arreglar como si estuviéramos rotas o como si hubiera algo en nosotras que estuviera fallado. Y ese arreglo, entre comillas, es un arreglo que tiene una imagen a la que acercarse. O sea, arreglarse es parecerse a una determinada imagen.

-¿Cómo lo tomarías?

-No es que haya una valoración de la belleza, suponiendo que existiera esto; de la belleza de las mujeres en sus diferentes posibilidades y versiones. Un cuerpo delgado, un cuerpo gordo, una piel oscura, una mujer vieja, una mujer joven. Todo eso podría ser valorado o tener una conversación sobre eso. Ahora, arreglarse, como vos bien decís, es cortarte el pelo de acuerdo a cómo se tiene el cabello lacio, claro, etcétera.

-(Paula Jalil) No, yo digo de acuerdo con tu propio gusto.

-Pero no existe el propio gusto, en realidad. Lo que existe son representaciones culturales y sociales. Hay un montón de análisis sobre esto y un montón de libros publicados. ¿Cómo se construye ese estereotipo de la belleza?

-¿Cómo?

-Esto, la belleza, hoy, en nuestra cultura, no es cualquier cosa. Un cuerpo gordo no es bello, una mujer vieja no es bella, una mujer racializada no es bella. Entonces, nuestro gusto también se construye en relación a eso que es socialmente valorado y que tiene una función social y un objetivo económico también.

-¿Cuánta libertad hay para moverse o elegir?

-La elección no es libre en tanto y en cuanto si vos, entre comillas, te arreglás, sos mejor tratada y mejor elegida en los trabajos y mejor considerada por tu familia y circulás mejor por el mercado del amor y del deseo. Pero si no lo hacés, no te va a pasar lo mismo. Entonces, no hay dos opciones que tengan el mismo valor social y los mismos efectos. Por lo tanto, tu elección no es libre, como decía.

-¿Cuándo lo sería?

-Sería libre si las dos opciones tuvieran el mismo valor social. El mito de la libre elección es algo que en el libro desarrollo bastante. Es algo que también está bastante trabajado en este sentido: cómo nuestro deseo es mimético. Es un deseo en el que nosotras elegimos entre lo que nos dicen que podemos elegir.

-¿Y si se quiere desoír es imposición?

-Cuando queremos elegir por fuera de eso, que es valorado socialmente, en general ya no se habla de elección; ya se habla de trauma, de anormalidad; se habla de otras cosas. Esa es la complejidad que tiene el tema y es interesante dársela.

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Pasquinelli aborda en su libro el mito de la libre elección.

Pasquinelli aborda en su libro el mito de la libre elección.

-Tras una larga militancia y de haber trabajado intensamente estos temas, te llegó una distinción que destacan todas las menciones periodísticas sobre vos: la que te hizo la BBC, nada menos, el año pasado, eligiéndote entre las 100 mujeres del 2023, ¡en el mundo! ¿Qué significó para vos, para tu causa, para tu trabajo?

-Fue un momento muy grato porque es un reconocimiento internacional que legitima nuestras voces. Viene a legitimar muchísimos años de trabajo, investigación y de todo esto que venimos haciendo.

-La reseña que hace la BBC destaca dos de tus marcas, Mujeres Que No Fueron Tapa y #HermanaSoltáLaPanza. Y a vos, individualmente, te describe integrándote a cuatro categorías: abogada, poetiza, lesbiana y activista feminista. ¿Te sentís identificada con ese retrato?

-Sí, sí, claro. Me siento identificada porque son elecciones y son diferentes identidades políticas también. Por otra parte, uno sabe cómo es la vida, ¿no? Quizás vaya pasando el tiempo y haya cosas para sumar ahí o haya cosas para restar. Pero, en este momento, sí, me define bastante bien.

-¿No le sumarías nada más, entonces, por ahora? ¿Otra actividad, otro adjetivo, a otro sustantivo?

-No, creo que no. En este momento, con eso ya estamos bien. Es bastante (sonríe).

-Hay otro testimonio tuyo muy revelador. Es cuando contás que pasaste por un momento de quiebre en una relación tóxica que tenías con un hombre, en 2015. ¿Fue recién ahí que saliste o el quiebre ya se había producido antes?

-No. Todo este trabajo viene de antes. Pero lo que también me pasó en ese momento fue algo posible identificar en las historias de las víctimas de violencia en general. Y es esta sensación de, sobre todo cuando estamos hablando de violencia psicológica, como fue mi caso; esto de, por un lado, pensar que, como vos tenés las herramientas, a vos no te va a pasar.

-Y te pasa...

-Es algo que hay que trabajar y seguir trabajando un montón, porque a veces nos confiamos porque sabemos o porque trabajamos los temas. Y lo cierto es que no. No alcanza con saber. Y la violencia nos llega y nos captura a todas en alguna de sus formas.

-¿Cómo te captura? ¿Cómo llega eso?

-Después está la dificultad para darte cuenta de que eso que te está pasando es violencia, porque, bueno, yo me consideraba una persona, ¿cómo decirte?, empoderada, entre comillas.

-¿Qué conclusión podríamos sacar, entonces?

-Esto habla de los estereotipos y, sobre todo, de los estereotipos que tenemos sobre las víctimas.

-¿Cuál estereotipo, por ejemplo?

-Como si para ser víctima de violencia, no sé, tenés que ser una persona que no se da cuenta de las cosas. Y la verdad es que, según creo, es una experiencia lamentablemente demasiado común y que nos puede pasar a todas, aun cuando estamos alertadas. Y para mí eso fue importante entenderlo.

-Ahora bien, vos sos una chica alerta e inteligente, metida a fondo en esta temática. Por lo cual, surge esta pregunta: cuando las mujeres como vos se encuentran con estos personajes tóxicos, potencialmente violentos, ¿no los ven venir? ¿No hay rasgos que te puedan anticipar ese tipo de relaciones?

-Yo, ahora, después de haberlo atravesado, te podría decir: capaz que lo veo venir. Pero, hasta ese momento, no.

-Cuál sería la explicación.

-No podría hablar por otras experiencias, pero, en mi caso, está reflejado en el libro. Esta educación, esta educación en la belleza, esta educación en la docilidad que vamos recibiendo, es una educación muy propiciatoria de la violencia.

-¿Por qué? ¿De qué manera opera?

-Porque está la idea de que tenés que tener una pareja. Es lo más importante. Y la felicidad más importante de la vida te va a venir del amor y de encontrar el amor. Entonces, vos, por un lado, con esta educación en la belleza, vas normalizando diferentes niveles de violencia: violencia psíquica, violencia física, etcétera.

-La ruta se va tornando neblinosa...

-Hay una confluencia de causas, de motivos y de pedagogías que hacen que, aun cuando veas banderas rojas, es como el cuento de Caperucita Roja. Le ves los rasgos y decís: bueno... me parece que tiene, no sé, la barba, capaz que no es una abuela, ¿viste? Pero, no, debo ser yo que me parece... debo ser yo, que estoy exagerando...

-Y no. No estás exagerando. Es el lobo.

-Funciona muy así esto de la violencia. Y también vivimos en una sociedad muy violenta. O sea, la violencia en la infancia es muy común y lamentablemente no distingue tampoco tanto entre géneros.

-Reparte por igual.

-Si bien hay particularidades entre varones y niñas, lamentablemente la violencia es muchísimo más común de lo que se reconoce socialmente. Y también naturalizar la violencia hace que estemos muy expuestas a no poder identificar a estos predadores cuando esto está sucediendo. Pero, además, si eso, quizás, lo viviste en tu casa de parte de quienes te quieren, o dicen quererte; o, al mismo tiempo que te cuidan, te maltratan, es difícil hacer esas distinciones después.

-Una oyente nos hace una buena pregunta: ¿en las relaciones homosexuales también existe la violencia o, cuando menos, es de otro grado?

-Me lo preguntás a mí como lesbiana, me imagino.

-No. La pregunta se extiende a todos los géneros, trascendiendo la heterosexualidad.

-Creo que el ideal romántico es algo que se reproduce, en general, en todos los vínculos amorosos y afectivos. Y vivimos en un mundo y en una sociedad donde todas estas formas dicotómicas de vincularnos, que tienen que ver con el control y con ejercer poder sobre otres, no son ajenas a cualquier tipo de vínculo.

-¿Cómo lo entendemos, entonces?

-Lo que pasa es que yo puedo hablar por mí, como mujer y como lesbiana. En mi experiencia, sobre todo, y encontrándome en vínculos con otras personas, como mujeres que somos educadas en la empatía, en el cuidado, etcétera, etcétera, hay esto del cuidado y de la afectuosidad y otras cosas. Es decir que, en cuanto a mi experiencia, eso ha sido diferente.

-Pero, en líneas generales, no siempre es así, suponemos.

-La violencia en nuestra sociedad lo atraviesa todo, ¿no? Y creo que eso también es importante trabajarlo, porque tiene muchas incidencias, sobre todo por lo que pasa con las infancias.

-Un asunto clave.

-Es que la violencia en las infancias y sobre las infancias, esas distintas formas de violencia están invisibilizadas. Cuando alguien ha sido violentado, violentada y no hay un trabajo sobre eso, es muy difícil no volver a sufrir violencia y no volver a esas lógicas.

-Cuando vas describiendo todo el sistema sobre el cual se basa este entramado para invisibilizar a las mujeres y domesticarlas, apuntás a la economía, el capitalismo, el neoliberalismo. Incluso entran ahí la medicina hegemónica, los nutricionistas, los terapeutas, etcétera. Pero prácticamente dejás afuera de este complejo ordenamiento a la religión.

-Sí, puede ser que no hay hincapié especialmente en la religión. No porque esté afuera del sistema o porque no tenga incidencia, además habiendo recibido yo una educación católica. Es una educación que conduce a esto, a la desigualdad de género y a estas formas cristalizadas de los géneros, del rol femenino, etcétera.

-Por eso mismo porque, desde hace siglos, si algo ha domesticado a las mujeres, han sido las tres grandes religiones monoteístas.

-Sí, sí. Pero, por lo menos en relación con la belleza, que es lo que el libro sobre todo analiza, no encuentro un link tan directo.

-Ok, pero en la Virgen María ya tenés un ideal de belleza, al cual, digamos, si yo soy católico, debería aspirar, como la ingenuidad y un montón de cosas más que se describen en tu libro.

-Sí, la ingenuidad está vinculada con lo religioso en el libro, sí, y con la iconografía religiosa de la virgen y de la puta. Pero después, en relación con la belleza, solo hay un link que se establece en este desplazamiento que hubo de la religión, de parte de la vida de la mayor parte de las personas.

-¿Desplazamiento en qué sentido?

-Porque, más allá de que hayamos recibido una educación religiosa, como practicantes de la religión y practicantes del catolicismo, no permanecemos. Entonces, sí, podemos haber recibido una educación religiosa, pero no un vínculo entre esa religiosidad y la belleza, no una representación. Digamos, la representación iconográfica de la belleza, por lo menos en mi generación, eran las modelos de Pancho Dotto, no la Virgen María.

-(Paula Jalil) Vos te concentrás en la problemática de las mujeres, pero en el mundo actual también se le exige cada vez más al hombre, desde este punto de vista. O sea, esto de la belleza y los traumas como, por ejemplo, la vigorexia, la compulsión por ir al gimnasio, el verse bien, el depilarse, etcétera, ¿es también una presión social o atañe más que nada a la mujer?

-Sí, es algo que está sucediendo. De hecho, en una parte lo cuento también: cómo se vienen incrementando la bulimia y la anorexia en varones, en este momento. También hay una cooptación de los varones, sobre todo por la expansión de los mercados que produce la industria de la belleza.

-¿Con qué matiz, respecto de lo que veníamos hablando?

-Lo que resulta diferente todavía, y hay que ver esto cómo evoluciona hacia el futuro, es que, en la construcción de la identidad de los varones, la belleza no tiene la preeminencia y la importancia identitaria que tiene la construcción de la identidad de las mujeres.

-No se nos va la vida en eso.

-Es decir, seguramente cada vez los varones están más preocupados, ni hablar de los varones no heterosexuales; cada vez más preocupados, decía, por su apariencia física, por ser delgados, o por tener el cuerpo de lo que hoy es el deportista profesional.

-Si lo sabremos, sobre todo en este momento.

-El cuerpo del futbolista de elite, es el cuerpo que se les impone a los varones jóvenes como el cuerpo al que deben aspirar. El punto ahí de diferencia, sobre todo, es que, al no ser constitutivo de su identidad, porque no tiene que ver con su rol de género, bueno, te puede traer beneficios o puede ser un poquito más importante; pero a vos no te va a excluir de un trabajo.

-O sea, no impacta tanto en tu día a día.

-Esto lo podemos ver claramente en los medios de comunicación. Vos ponés un noticiero o ves un programa deportivo, cualquier programa, y los varones conductores tienen veinte, treinta, setenta años y las mujeres, ninguna pasa los cuarenta, con suerte.

-Y están más producidas.

-Todas son flacas, todas están vestidas de una determinada manera. Los tipos, en cambio, están todos en traje, no importa si son gordos, flacos, feos, lindos. Bueno, no te saca del mercado laboral, ni tampoco te va a sacar del mercado del amor y del deseo.

-¿Ni siquiera ahí? ¿Por qué?

-Porque si vos sos un varón que cumple bien su rol de acuerdo con el estereotipo, lo que a vos te hace circular por el mercado del amor y el deseo es, básicamente, ser proveedor, o sea, tener plata. El viejo dicho de billetera mata galán, que sigue teniendo plena vigencia. Entonces, todavía, la belleza en la construcción de la identidad de los varones no es determinante.

-Es un matiz que no está muy instalado, como vos decís.

-No es central todavía y ojalá que no lo sea. Ojalá que se despierten pronto y se puedan revelar frente a esto, porque son diferentes formas de sometimiento y de consumo.

-Hay una pregunta para hacerte y te pido que no nos tirés el teléfono por la cabeza dada la postura crítica de tu libro. Es estrictamente subjetiva. Para vos, Lala Pasquinelli, ¿quién sería hoy la persona más bella del mundo?

-¡Ay, no tengo ni idea! Desde mi criterio personal, encuentro muchísima belleza en, por ejemplo, las mujeres indígenas y originarias que hoy están defendiendo sus territorios en nuestro país, en el norte y también en el sur. Yo creo que ahí hay una belleza que a mí me conmueve infinitamente.

-Esto da pie a este asunto. Inspirándonos en el planteamiento de tu libro, le preguntamos, así como ocurrencia rápida, a la inteligencia artificial que acaba de colocar WhatsApp con su circulito azul: ¿Quién es la persona más bella del mundo?

-¿Qué te dijo?

-Tiró una lista de diez mujeres, encabezada por Shakira. Luego venían Zozibini Tunzi, Bella Hadid, Deepika Padukone, Scarlett Johansson, Angelina Jolie, Halle Berry, Aishwarya Rai, Beyoncé y Priyanka Chopra. Todo lo cual ratifica la tesis de tu trabajo.

-(Ríe) Sí, tal cual.

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-Después, para contrastar, le hicimos la misma pregunta a Gemini, la IA de Google. Aquí la respuesta relativiza el asunto diciendo, entre otras cosas, que “no existe una respuesta única a la pregunta”. Pero termina ofreciendo otra lista, esta vez con cinco mujeres, encabezada por Bella Hadid, y cinco hombres, que lidera el actor Hirithik Roshan. O sea, empareja más la cosa.

-Claro, está mejor entrenada. De hecho, hay un apartadito en el libro sobre lo que pasa hoy con la inteligencia artificial y la belleza. Me refiero no solo a ChatGPT o a cualquiera de estos chats, sino en el sentido de cómo la producción de las imágenes o lo que el algoritmo decide mostrar porque se supone que es lo más visto, etcétera, etcétera, tiende a reforzar esta idea.

-Es un ida y vuelta con la sociedad.

-Es que nosotras, con el uso de filtros, con todo el retoque digital de las imágenes, también contribuimos a sostener que eso es lo más bello. Y, al mismo tiempo, no sé si vieron que hay ahora cada vez más modelos y perfiles de redes sociales creados por inteligencia artificial.

-Sí. Otro fenómeno de nuestro tiempo.

-Es bastante gracioso entrar a verlos, más allá de lo trágico de la situación, porque la gente les comenta cosas si fueran personas reales. ¿Dios mío, qué está pasando! Es un montón (ríe).

-¿Con qué consecuencias?

-Yo tengo casi cincuenta años, pero pensá en lo que pasa con todo esto con las niñas y con las adolescentes. Es muchísimo más problemático, ¿no?, porque es otro nivel de educación el que están recibiendo con las redes y con estas plataformas.

-Vos afirmás que toda esta situación es, en definitiva, un problema político, que hay que resolver políticamente. Por eso llamás a una revolución pacífica. Le apuntás a la ideología neoliberal y meritocrática, al racismo y al clasismo, al capitalismo, etcétera. ¿Cuál es la alternativa, hacia qué tipo de sociedad deberíamos ir?

-Hay que recuperar lo humano. Me parece que es lo básico de esta conversación.

-¿De qué recuperación estamos hablando?

-Recuperar el reconocimiento de nuestro valor como personas humanas. No está en convertirnos en envases sino en vivir vidas cada vez más igualitarias, más pacíficas, más afectuosas.

-Volver sobre nosotros mismos…

-Esto: volver a reconocernos en nuestra humanidad y en nuestra diversidad. Y, sobre todo, vivir vidas más dignas saliendo del sometimiento de unos por otros, de unas por otros, porque no pareciera que estemos yendo hacia un lugar mejor.

-Apelando a un término que vos utilizás muchos, ¿cuál sería en vos o en tus colegas de cruzada el “deseo contrahegemónico”?

-El que hay que ir a buscar, porque no es que podamos decir que el deseo contrahegemónico de las mujeres es tal. Yo creo que estamos deseando miméticamente, como decía al principio cuando le respondí a la compañera. Estamos deseando frente a este bufet que nos propone el mercado.

-¿Buscar qué, cómo?

-Podríamos ir a la búsqueda de otras formas de la existencia. Algo que, todavía, no estemos pudiendo ni siquiera descubrir en algún sentido.

-Según vos, todo este conglomerado de cosas que ofrece el sistema y que, teóricamente, te debería llevar a la felicidad, termina siendo todo lo contrario. Te lleva al dolor, a la humillación. Vos, que empezaste a salir de la trampa, suponemos que hoy serás más feliz que antes, ¿no?

-Sí. Sin duda, por supuesto. O sea, poder dejar de tratarme como un objeto que vale por su apariencia es algo que te devuelve dignidad también; que te permite reconocerte valor y autoridad por tus saberes, por tus experiencias, por tus habilidades. Simplemente por existir, sin hacer nada extraordinario.

-Afirmarse en uno mismo.

-Tener una existencia humana ya debería ser motivo suficiente para sentirnos bien con quienes somos y eso es algo que hoy no les pasa a muchas personas.

-En resumen, se trata de encontrar un buen rumbo para el deseo.

-Cuando hablaba del deseo, yo, lo que deseo para nosotras es que podamos vivir todo el arco de la experiencia de lo humano, porque la construcción dicotómica de los géneros nos inhibe vivirlo y porque lo que pueden unos no lo pueden las otras. Con los varones desearía lo mismo.

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