Volver al Santuario de la Virgen de Lourdes El Challao después de muchas décadas fue como entrar en un libro que leí de chica y que se siguió escribiendo solo. Recordaba un lugar inmenso, casi exagerado para mis ojos de entonces: la montaña quieta, el viento afilado, la luz tenue de las velas, y ese perfume tenue a cera que mezclaba todo -fe, cansancio, esperanza- en un olor único. De aquella primera imagen nunca supe qué era real y qué era inventado por mi propia cabeza de niña, donde la fe ajena se transforma en un escenario fantástico.
La Virgen de Lourdes de El Challao cumple cien años: su historia, promesas y silencios bajo la misma montaña
Un recorrido por el predio de la Virgen de Lourdes de El Challao para descubrir sus míticos rincones, la fe que lo sostiene y las historias que lo atraviesan
Volví ahora movida por esa misma impresión: la de un sitio donde la realidad parece tener bordes más permeables que en otros lugares de Mendoza. Sin embargo, cuando surgió de mis recuerdos este lugar, sorprendentemente coincidió con el centenario del santuario, sostenido por la devoción de miles de personas en un rincón del piedemonte que siempre parece estar en un tiempo propio.
Quien guió el recorrido por la historia del mítico escenario de la Virgen de El Challao, fue Konrad Pucher, más conocido como "el padre Koni".
La ermita, el lugar donde todo comenzó
La ermita donde comenzó a gestarse lo que hoy es el predio de la Virgen de Lourdes en El Challao. En un principio, se la conocía como "Virgen del hueco".
Hace poco tiempo real que el padre Koni, un sacerdote claretiano que vivió 40 años en la comunidad cordobesa, está encargado de la Iglesia de Lourdes de El Challao. Sin embargo, parece un avezado conocedor del sitio y de las intenciones de los visitantes que llegan cada día a visitar el santuario. El padre Koni es bajito, usa gorra y anteojos de sol –porque el sol en el Challao parece que pegara más fuerte- y viene munido de un librito en el que se apoya para contar la historia, pero que en verdad no necesita porque la sabe de memoria.
Comenzamos por una ermita, que está ubicada en el frente del viejo santuario. Es una gruta, con la imagen de la virgen y la santa que la acompaña, Bernarda Soubirous, conocida mundialmente como Santa Bernardita de Lourdes.
En un primer momento, cerca de 1922, cuenta el padre Koni que un grupo de mujeres se juntaba en este lugar a rezar el rosario. En El Challao se ubicaba también la casa de verano de la familia González Ortiz, conocida como “La Casa del Molino”. La señora de esa casa, de nombre Emperatriz, junto a sus hijas, recorría el predio rezando el rosario y donde hoy está ubicada la Iglesia de Lourdes, se sentaban a concluir con ese rezo.
La costumbre continuó y se sumaron otras mujeres que compartían el ritual. Entonces, decidieron buscar a un cura para que las asistiera en las oraciones.
En su búsqueda religiosa, las mujeres dieron con los sacerdotes claretianos que tenían en la calle Martín Zapata un gran templo. Allí se reunieron con el sacerdote Quintín Zamora, quien acepta acompañarlas en esta práctica de su fe católica. Tanto Emperatriz como su hija Leonor, propusieron terminar la oración junto a una imagen de la Virgen que sería colocada en un hueco en la montaña, por eso se la llamó durante mucho tiempo, "la Virgen del Hueco". Y se decidió que fuera la la advocación de Lourdes, por su semejanza con la gruta original en donde Bernardita tuvo las visiones.
El templo original se utiliza hoy para las misas diarias.
El 26 de noviembre de 1926 se entronizó la imagen, y en ese momento no había nada más que esto: la imagen y la gente que se reunía a rezar. Pero lo que sucedió es que cada vez se reunía más personas a participar de la oración, entonces, Emperatriz fue por más: consultó con el sacerdote para poder levantar un templo allí. El sacerdote les respondió que si la Virgen les daba el agua, podrían hacer ese proyecto realidad. El agua estaba, hubo que encontrarla, pero estaba. Y allí fue que las mujeres se pusieron manos a la obra para construir el templo.
La construcción del primer templo de Lourdes en El Challao
La bóveda principal del santuario de la Virgen de Lourdes en El Challao, en donde se colocó la piedra fundamental del templo en 1933.
Para 1927 ese grupo de mujeres, lideradas por la misma Emperatriz, habían reunido $1.400. Allí fue cuando los propietarios del terreno, la familia de Frank Romero Day, donó 5 hectáreas para la construcción del templo, cuya piedra fundamental se colocó el 11 de febrero –día en que se celebra a la Virgen de Lourdes- de 1933.
En 1941 la primera capilla o “templo chico” ya estaba construida y allí se realizó la procesión desde la Iglesia de El Sagrado Corazón –calle Martín Zapata y Olascoaga, en Ciudad- hasta El Challao.
Lo que vino después fue surgiendo desde el tesón y la fe de estas mujeres creyentes.
El culto a la Virgen de Lourdes de El Challao comenzaba a crecer y en la década del 50’ los curas claretianos decidieron vivir en el lugar para atender a la comunidad. En un principio, solo ocupaban una pequeña habitación que hoy se utiliza para maestranza.
Allí comenzó a ampliarse y la capilla original de 12 x 6 metros se convirtió en la actual cúpula central, ábside y cruceros laterales de 250 metros.
Del santuario original al templo actual para 4.000 personas
La Iglesia nueva comenzó a construirse en 1980 y concluyó en 1996. El padre Konrad Pucher, guía del lugar, contó que se realizó en base a las donaciones de los creyentes.
Como el culto creció y la gente quedaba “afuera” del templo, se pensó en el grandioso edificio que está instalado en El Challao: un templo con capacidad para albergar a 4.000 personas.
Ese comenzó a construirse en los 80’ y en él tuvo mucho que ver el trabajo del sacerdote Javier González, aunque fue construido en base a donaciones de los fieles.
En 1996, cuando se cumplieron 70 años de la “Virgen del Hueco” se instalaron los vitrales en la nave central de la Iglesia nueva.
El templo grande de Lourdes tiene lugar para 4.000 personas.
La habitación de las ofrendas
Quizás suene autoreferencial. De hecho lo es. Pero yo volví al Challao buscando un recuerdo. Un lugar que había visitado de niña y en el que el santuario se convertía en museo. Se trataba de una habitación que almacenaba todo lo que la gente donaba para cumplir una promesa: cientos de vestidos de novia y trajes de comunión, rosarios, zapatitos de niño, ropa de bebé, rosarios, biblias, banderines de fútbol, todo junto en una habitación a la que se accedía por escaleras. Eso a mi me resultaba entre tenebroso y fascinante y me hacía muchas preguntas. "¿En dónde estaba esa gente que había dejado sus objetos más preciados allí?, ¿estaba viva o ya había muerto?, ¿Qué significaba una “ofrenda”?, esos vestidos, algunos viejos y con algo de tierra producto del paso del tiempo, me despertaban todos esos cuestionamientos. En definitiva, un mito que mi cabecita de niña no podía terminar de darle forma.
De una habitación atestada de donaciones, quedó este pequeño muestrario, junto al altar principal del templo original de la Virgen de Lourdes de El Challao. El padre Koni acompañó la visita.
El olor de ese lugar era protagonista principal de mi recuerdo: una mezcla de ropa con humedad, cebo de velas, perfume de Iglesia, flores y lágrimas.
El padre Koni me confirmó que esa habitación ya no está, pero que estuvo. Fue un gran momento porque pensé que la había imaginado. Lo que ocurrió es que todo lo que estaba allí se arruinaba con el paso del tiempo. Entonces, se decidió donar.
Actualmente, queda como un recordatorio de las donaciones una pequeña habitación en el crucero oeste de la capilla: es una especie de vitrina, donde permanecen un par de vestidos de novia, pequeñas prendas de bebé, jarrones decorados, una bandera de fútbol y guantes de boxeo, entre otras cosas.
El pabellón del sacrificio
El recinto donde la gente reza el Via Crucis. Es uno de los lugares más singulares de la Iglesia, ya que está tapizado de placas de agradecimiento y detrás de la reja, la gente deja dinero como donación.
Detrás del altar principal del templo original, se encuentra un lugar fascinante. Es el sitio del Vía Crucis, que culmina con la imagen de Jesucristo crucificado junto a María y al apóstol Juan. La forma de ese lugar es como de una pequeña cueva. Está atestado de placas de agradecimiento: tapizan desde las paredes hasta el techo. Muchas de ellas fueron robadas y dejaron el hueco. Otras fueron quitadas para que más gente pueda colocar sus intenciones.
Es una pequeña sala, bañada de luz de colores que ingresa por las ventanas y en el fondo está representada la escena de la cruz. Esto es llamativo porque las imágenes están cerradas con una reja negra y la gente deposita allí dinero, de hecho podían verse muchos billetes de 100 pesos, tirados en el piso dese hace mucho tiempo.
Afuera, las cenizas
El templo guarda desde hace poco tiempo, un nuevo sector que debió inaugurarse un poco por la necesidad de la gente: un cinerario, que es un lugar donde dejar las cenizas de los seres queridos. Actualmente es mucha la gente que opta por la cremación de los difuntos. Y muchos quieren depositar esos restos en el santuario de Lourdes, por esto se habilitó este sector.
El cinerario está afuera y apartado de la Iglesia, es una especie de camposanto al que no se accede si no es con una intención en particular. Está retirado del circuito principal en donde la gente va a rezar.
Los cien años que abrieron esta puerta
La imagen de la Virgen de Lourdes ubicada en el altar principal del templo original. La rodean placas recordatorias y de agradecimiento de los fieles.
La palabra “centenario” suele sonar solemne, pesada. Pero en El Challao, estos cien años se sienten livianos. No por falta de historia, sino porque todo parece estar todavía empezando. El santuario sigue sumando relatos, visitas, promesas nuevas y silencios nuevos, como si el sitio tuviera una energía que no se agota.
Pero celebrar esos cien años también abre espacio para mirar lo que no se ve: la cantidad de vidas que pasaron por allí sin dejar nombre; los milagros que la gente dice haber vivido; los pedidos que nunca se cuentan; las despedidas que se hacen en secreto.
En un mundo donde casi nada permanece, este santuario lo hace. Y lo hace no por grandilocuencia, sino por persistencia de la gente.
El Realismo Mágico no necesita seres sobrenaturales para existir. A veces basta con una piedra, una plegaria, un silencio y una montaña. El Challao tiene esa cualidad: allí lo cotidiano está cargado de algo que no se puede nombrar del todo, pero que cualquiera puede sentir.
Por eso volví. Para ver si esa sensación de niña -esa mezcla de realidad y fantasía- seguía viva. Y sí: sigue ahí. En la luz que cae sobre la fachada; en las manos que dejan una vela; en los pasos que llegan con urgencia; en los que se van con alivio.
Los secretos del santuario no están escondidos: están a la vista. Solo hay que quedarse un rato más para verlos.













