Hasta hace poco, llegar a la casa de Lilian Naserian Martine, en Ositeti ( Kenia), exigía seis horas por un camino de tierra, casi a campo traviesa. Sin una camioneta 4x4, el viaje podía durar todavía más.
Al final aparecía la sabana: jirafas mordiendo hojas junto al camino y un silencio profundo, quebrado cada tanto por algún animal. No había electricidad, ni agua corriente, ni gas. Durante las noches, la cantidad de estrellas en aquel cielo conmueve a cualquiera.
A 10.000 kilómetros de ahí, Marcela Raggio da clases en la Universidad Nacional de Cuyo.
Las probabilidades de que se encontraran eran mínimas.
Sin embargo, esta historia tiene un tercer protagonista: un monje que murió hace más de medio siglo, pero que sigue vivo en sus libros. Thomas Merton fue escritor, poeta y una referencia para quienes estudian el diálogo entre religiones, la educación, la paz y el encuentro entre culturas.
Esta nota relata cómo las vidas de Lilian, Marcela y Thomas se cruzaron contra todo pronóstico. Creer o reventar, dicen.
Epifanía en una calle cualquiera
Cierto día de 1958, Thomas Merton salió del monasterio para hacer algunas diligencias y, caminando por una calle cualquiera de Louisville (EE.UU.), tuvo una revelación sobre la igualdad profunda entre todos los seres humanos.
"En el centro de nuestro ser hay un punto de nada que no está tocado por el pecado ni por la ilusión (...) Ese puntito (...) es la pura gloria de Dios. Es, por así decirlo, su nombre escrito en nosotros (...) Está en todos, y si pudiéramos ver eso, veríamos esos billones de puntos de luz reuniéndose en el aspecto y fulgor de un sol que desvanecería por completo toda la tiniebla y la crueldad de la vida. No tengo programa para esa visión. Se da, solamente. Pero la puerta del cielo está en todas partes", escribió Merton luego de aquel instante, en párrafos que más tarde aparecieron en su libro "Conjeturas de un espectador culpable".
Nadie sabe por qué la misteriosa epifanía se produjo en ese momento y en ese lugar. Pero a partir de allí, Thomas inició una etapa de apertura hacia otras religiones, culturas y tradiciones. Sin dejar de ser monje de clausura -era trapense-, empezó a comunicarse con personas de distintos países a través de cartas, se interesó por el zen, por el pacifismo y por las zonas de encuentro entre el cristianismo y otras búsquedas espirituales.
Marcela Raggio estudia el legado de aquel hombre, y de hecho es una de las organizadoras de las Jornadas en Homenaje a Thomas Merton, que ya acumulan varias ediciones. “El punto en común -explicó ella durante una entrevista con Diario UNO- pasa por ahí: por entender que todos tenemos una llama divina”.
El paso por Mendoza
Lo más loco es que Lilian ya había pasado por Mendoza en septiembre de 2018, invitada por la universidad para que mostrara su lucha por los derechos de las mujeres en el seno de una cultura muy machista. "Pero yo no estuve en contacto con ella en aquel entonces", recordó Marcela.
Fue Paola Díaz, docente del DAD, ex alumna y colega de Raggio, quien sugirió que Lilian se sumara a un grupo de estudio sobre Merton desde Kenia, aunque fuera por WhatsApp.
“Entonces le escribí un mensaje y la agregamos a nuestro grupo”, dijo Marcela. “A veces creo que ella estaba un poco perdida, porque en el grupo escribíamos mucho en español... Tratábamos de traducirle para que entendiera de qué estábamos hablando”.
Lilian participó de las jornadas virtuales en homenaje a Merton -organizadas desde la Facultad de Filosofía y Letras- en 2023 y 2025. “La invité para que contara lo que hace en su comunidad y con su gente”, señaló Raggio.
Y sorpresa: a pesar de la distancia, el intercambio era cada vez más natural.
Contraseñas éticas
El encuentro cara a cara llegó en mayo de este año, en Görlitz, un pueblo alemán ubicado en la ex Alemania Oriental, cerca de la triple frontera con Polonia y República Checa. Raggio fue invitada a organizar un simposio centrado en tres temas: diálogo interreligioso, ecología y educación. Todavía quedan locos interesados en esas cosas.
“Me preguntaron si conocía a alguien a quien pudiéramos invitar. Inmediatamente pensé en Lilian. No solamente para que ella contara otra vez lo que hace en Kenia, sino para que su red de contactos se expandiera”, relató la docente.
El simposio reunía a unas 28 personas de distintos países y trayectorias. Había académicos, docentes, traductores, especialistas en religiones comparadas, artistas y miembros de la International Thomas Merton Society. Algunos habían llegado a Merton por la literatura; otros, por la religión, la poesía, el pacifismo, la ecología o el diálogo entre culturas.
En esa diversidad, Merton funcionaba menos como una etiqueta religiosa que como una contraseña ética.
Y la ciudad elegida para el encuentro también cargaba su propio simbolismo. Görlitz, famosa entre otras cosas porque allí se filmó parte del film "El gran hotel Budapest" (Wes Anderson, 2013), aparece como una postal de casas antiguas, campos de florcitas amarillas y amapolas rojas. Una localidad postergada que aprendió a renacer.
En ese sitio levemente absurdo, dentro de un edificio con cavas y galerías, se encontraron cara a cara. “Nos conocíamos por la foto del perfil de WhatsApp, nada más. Así que nos dimos un abrazo de amigas, aunque en realidad era la primera vez que nos veíamos”, evocó Raggio con una sonrisa.
“Ella nos habló tanto de su itinerario personal y vital como del trabajo que lleva adelante con sus estudiantes y con las escuelas de su región. Y de la cultura masái y demás. Todos los asistentes se pararon al final para aplaudirla. Fue un momento muy emocionante”, recapituló Marcela.
La despedida en Görlitz fue breve y cargada de promesas. Lilian debía partir antes de que terminara el simposio, porque su visa y su pasaje tenían tiempos ajustados.
Quedó la instantánea de ese encuentro improbable. Una docente de la UNCuyo y una activista masái abrazadas en una ciudad alemana que fue gris y hoy florece. Entre ambas, como una corriente silenciosa, la intuición de Merton: que el mundo está lleno de fronteras, pero también de puertas; y que algunas se abren cuando nos animamos a ver al otro como a un hermano.
Un último comentario, ya que el lector tuvo la paciencia de llegar hasta acá: podría preguntarse cómo el periodista que escribió esta nota conoce detalles tan precisos sobre la vida en Ositeti, la comunidad donde trabaja Lilian. Cómo sabe sobre la cantidad de estrellas que se ven por las noches, o del silencio cruzado por sonidos salvajes. La respuesta es que él también anduvo por ahí, en otro giro extraño del azar.
Pero esa es otra historia.







