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El tirano aquí se llama Desierto. El parque San Martín, que cumple 120 años, es uno de los logros más democráticos de la política

La revolución mendocina se hace plantando árboles

Si hubiera que sintetizar las cosas que a los mendocinos nos justifican como sociedad, yo pondría dos en primer plano: haber llenado de árboles los sitios vivibles, como esta Ciudad y otros centros poblados de la provincia, y, claro, haber creado el parque San Martín, que hoy cumple 120 años. Que me perdonen los que defienden políticas de cambio muy ideologizadas, pero en Mendoza lo primero para hacer en materia revolucionaria es plantar árboles.El árbol, aquí en este desierto piedemontano, es un potente grito de rebeldía. Es alzarse con justificación contra el tirano, que aquí se llama Desierto.Es establecerles otros parámetros a las fuerzas de la naturaleza.Agua domadaTambién ha sido revolucionario el haber domado los escasos ríos de montaña y haberlos obligado a desparramar el agua del deshielo en canales de riego, en diques, en acequias o en las canillas de cada casa.Plantar, regar y cuidar un árbol es teoría política de avanzada para un mendocino. O debería serlo.Es trabajo político -y no milagro- lo que ha convertido a estos páramos desérticos en oasis para poder vivir en sociedad.El cielo verdeNoviembre es un mes muy propicio para caminar por el centro mirando para arriba. Es casi imposible no sentirse tentado a elevar la mirada para volver a asombrarnos, por ejemplo, con la arquitectura de los árboles, con esas copas rebosantes de verde de los plátanos de la calle San Martín. La mayoría de los edificios no pueden ni empezar a competir con la hermosura vegetal.Ergo: lo que distingue a esta ciudad de otras son sus arboledas. Con esplendorosos verdes en la primavera y el verano. Con magníficos amarillos y dorados en otoño. E incluso en invierno, con sus ramajes que se animan al desnudo para enseñarnos su arquitectura de entrecasa.El yanqui Ya no sé si lo que voy a contar es una leyenda o una realidad. Pero durante varios años cobró vida el relato de un turista estadounidense que llegó a Mendoza sin tener demasiada información sobre la geografía de esta provincia, es decir, sin saber que esto en realidad es un desierto.¿Saben qué dijo cuando vio a Mendoza desde la ventanilla del avión?"¡Qué buena idea haber hecho una ciudad en medio del bosque!"Es decir que para el Yoni aquí primero había un estupendo bosque natural, como si fuera Canadá o Bariloche, y un grupo de avispados mendocinos tuvo luego la genial idea de abrir calles e ir poniendo casas y edificios en medio de los árboles, que crecían solos, sin ningún esfuerzo.Cunetas inmundasOtra historia que me gustaría contar es la de un periodista porteño, hoy muy conocido, con programas propios en canales de cable, que a principios de los '90 llegó a esta capital para hacer una radiografía de la Mendoza de Bordón.Yo le ayudé aportándole datos sobre posibles notas. Cuando se volvía a Buenos Aires pasó a saludar y me dijo lo siguiente: "¿Sabés qué me ha llamado la atención? Esos desagües cloacales a cielo abierto que hay por todos lados".Se iba sin entender nada de Mendoza. Esos "desagües cloacales" no eran otra cosa que nuestras acequias, es decir, una de nuestras esencias, el lugar por el que corre el agua de deshielo sin la cual sería imposibles hacer crecer los árboles.Digresión necesariaFrancisco Pérez, quizá el gobernador con menos cualidades mendocinas que hemos tenido, famoso por postrarse ante Cristina de Kirchner y por dejarse avasallar por las facciones, decía que el mendocinismo (es decir, esa forma de pararnos ante la realidad y los problemas, como los que contamos en esta columna) era un invento y una mentira."El mendocinismo tiene poco de mendo y mucho de cinismo", recitaba quien ahora no puede caminar por ninguna calle de Mendoza so pena de ser reprobado públicamente.Pero, ojo, Pérez no puede andar en público por la pésima gestión que realizó, no por haber cuestionado la mendocinidad, que él resumía en la visión de bodegueros egoístas.Un respiroCuando a fines del siglo 19 comenzó la construcción del parque San Martín muchos opositores criticaron al gobernador Francisco Moyano (algo que después siguieron haciendo contra Emilio Civit), acusándolo de querer hacer un paseo para que los ricos pasearan con sus carruajes.En realidad el proyecto había surgido porque la Ciudad necesitaba de un pulmón verde para frenar la crisis sanitaria que se vivía por las reiteradas pestes y por el polvo que bajaba del Oeste.Hoy, a 120 años, pocos lugares hay en Mendoza más democráticos que el parque San Martín.Lugar de reunión de todas las clases sociales, el pulmón de la Ciudad nos aglutina a todos. En pocos lugares yo me he sentido más reconfortado con la actividad política que en nuestro Parque.

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