A 44 años de la Guerra de Malvinas y a 2 de aquel primer contacto, el vínculo entre el soldado Miguel Ángel Courtade y la mendocina Julieta Gargiulo, fundadora del grupo “Mujeres Mendocinas”, no solo se mantiene, sino que se fortaleció con el tiempo. “Esto es para siempre, es un lazo eterno”, asegura ella hoy, con la emoción intacta. Del otro lado, él coincide: “La amistad sigue intacta, nos comunicamos muy seguido, y en estas fechas siempre estamos presentes el uno para el otro”.
La mendocina que envió una bufanda a Malvinas y construyó una amistad con el soldado que la recibió
Un excombatiente de Malvinas conservó durante años una bufanda que lo abrigó en las islas. Encontró a quien había hecho ese envío y construyeron un lazo eterno

Julieta Gargiulo y Miguel Angel Courtade. Ella fue la fundadora de "Mujeres Mendocina" y envió a la guerra la bufanda azul que luego él devolvió.
Fotos: gentilezaNo todas las historias de la guerra terminan cuando se firman las rendiciones o cuando los soldados regresan a sus casas. Algunas quedan abiertas, latiendo en silencio durante años, esperando una respuesta que a veces tarda décadas en llegar. La historia de Miguel Ángel Courtade y de Julieta Gargiulo es digna de una novela.
Miguel tenía 19 años cuando estuvo en Malvinas. Era apenas un chico cuando el frío, el hambre y la incertidumbre empezaron a formar parte de su vida cotidiana. Pero en medio de ese escenario hostil, hubo un gesto que, sin saberlo, lo acompañaría durante toda su vida.
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“En ese momento a mí me mandan a llevar un sobre al centro de operaciones de la Fuerza Aérea, una orden más de las tantas que teníamos que cumplir, y cuando termino de entregar ese sobre, el brigadier que me recibe se queda mirándome, como evaluando algo, y antes de que me fuera me dice que espere, que tenía algo para mí y mis compañeros”, recuerda.
Lo que vino después todavía lo emociona.
"Me entregaron una caja y había de todo: la bufanda azul me la quedé"
“Me entregó una caja bastante grande y cuando vuelvo a mi puesto y la abrimos con los chicos, fue una alegría enorme, porque veníamos pasando días muy duros, con frío, con poco alimento. Encontrarnos con eso fue como un alivio en medio de lo que estábamos viviendo”, cuenta.
Dentro había de todo un poco. Pero hubo algo que se volvió especial. “Había guantes, medias de lana, un pulóver, un pasamontaña, alimentos… y una bufanda azul que yo elegí y que, desde ese momento, no me saqué más, porque realmente me abrigó durante toda la guerra”, dice. Esa bufanda fue mucho más que una prenda.
“Yo la usé todos los días, en cada guardia, en cada momento de frío, y después, cuando volví, la guardé como un tesoro, porque para mí representaba ese gesto de alguien que, sin conocernos, había pensado en nosotros”, explica.
El tiempo pasó. La guerra quedó atrás, pero no el recuerdo. Miguel rehízo su vida. Formó su familia, trabajó durante años en el Servicio Penitenciario, fue padre de cuatro hijos. Y esa bufanda siguió ahí. “En la vida civil también tuvo su historia, porque con esa misma bufanda abrigamos a mis hijos cuando eran chicos, cuando iban al jardín, y después la volví a guardar, siempre con ese valor especial que tenía para mí”, cuenta.
Hasta que un día sintió que debía compartirla. “En 2015 decidí llevarla al museo de mi ciudad, en Baradero, porque entendía que no era solo algo personal, que era parte de una historia más grande, y ahí quedó, en la sala Malvinas, con un cartel que decía ‘Gracias, Mujeres Mendocinas’”, relata.
Y fue ese cartel el que empezó a inquietarlo.
“Cada vez que iba y veía ese nombre, me preguntaba quiénes eran, quién había hecho posible que esa caja llegara, porque en ese momento no sabíamos nada, solo que venía de Mendoza, y con los años empecé a sentir la necesidad de agradecer”, dice.
La búsqueda no fue inmediata. Tampoco sencilla. “No soy muy amigo de la tecnología, pero empecé a preguntar, a investigar, a pedir ayuda, porque sentía que tenía una deuda pendiente, que era decir gracias y devolver esa bufanda al lugar de donde había salido”, explica.
El punto de partida apareció cuando leyó una nota sobre Julieta Gargiulo. “Ahí entendí que había sido ella quien había impulsado ese grupo, entonces dije ‘tengo que llegar a ella’, y a través de una periodista pude contactarla”, cuenta.
El día en que se encontró con la mendocina que había enviado la bufanda
El primer contacto fue fuerte. Pero lo verdaderamente importante vino después. Porque detrás de ese nombre había una historia que también había quedado suspendida en el tiempo.
En 1982, Julieta tenía alrededor de 40 años y una decisión tomada: hacer algo. “Nosotras no sabíamos a quién le llegaban las cosas, ni si realmente iban a destino, pero sentíamos que teníamos que estar presentes de alguna manera, acompañando a esos chicos que estaban allá”, recuerda. Así nació “Mujeres Mendocinas”, un grupo que llegó a reunir a cientos de voluntarias.
“Era todo a pulmón, sin estructura, sin recursos, pero con una enorme solidaridad, juntábamos lo que podíamos, hacíamos apósitos, conseguíamos ropa, alimentos, lo que hiciera falta”, cuenta.
Durante años, ese trabajo quedó en el anonimato. Hasta que, más de cuatro décadas después, alguien del otro lado apareció. “Cuando me dicen que un excombatiente había recibido una bufanda y quería encontrarme, no lo podía creer, porque era como si algo del pasado volviera de golpe”, dice.
El reencuentro ocurrió. Se vieron. Se emocionaron. Se abrazaron. Pero lo que realmente transformó la historia fue lo que pasó después. “Para mí lo más importante no fue ese primer momento, sino todo lo que vino luego, porque empezamos a construir una relación que no se cortó más”, explica Miguel.
En ese encuentro, él tomó una decisión que venía madurando hacía tiempo. “Yo siempre tuve claro que esa bufanda tenía que volver a su origen, porque si bien me acompañó durante toda la guerra y después en mi vida, sentía que pertenecía a quienes la habían hecho posible”, dice. Se la entregó.
La bufanda como un símbolo regresó a Mendoza
Y Julieta hizo algo que resignificó ese objeto para siempre. “La tengo en mi casa, enmarcada, porque no es solo una bufanda, es un símbolo, es la prueba de que lo que hicimos llegó, de que no fue en vano”, cuenta. Hoy, esa prenda ya no está en una vitrina pública, pero tiene un lugar mucho más profundo.
Y el vínculo sigue.
“Nos hablamos, nos visitamos, compartimos nuestras familias, nuestras vidas, y se generó algo que ya no tiene que ver solo con la guerra, sino con el cariño, con el respeto, con todo lo que se fue construyendo con el tiempo”, dice Miguel. Para él, eso es lo esencial.
“El reencuentro fue muy emocionante, pero lo más fuerte es que hoy seguimos en contacto, que seguimos presentes en la vida del otro, y eso es algo que no me esperaba, que no imaginaba que podía pasar”, reconoce. Julieta lo vive de la misma manera.
“Esto no quedó en una anécdota, se transformó en un vínculo real, en algo que forma parte de nuestra vida cotidiana, y eso es lo más valioso de todo”, asegura.
Porque lo que empezó como un gesto anónimo, en medio de una guerra, terminó convirtiéndose en algo mucho más grande.
Un lazo que sobrevivió al tiempo.
Y que, como esa bufanda azul, sigue abrigando.