Cuando yo era chica, a mi casa venían una serie de personajes fijos, todos los días o de vez en cuando, pero con una regularidad lógica.
La lógica secreta del tiempo en mi barrio
La autora cuenta que en la Sexta Sección de la Ciudad de Mendoza pasan cosas que, de tan cotidianas, se están volviendo extrañas

El lechero pasa todos los días a la misma hora desde hace décadas ¿Qué hay detrás de esa persistencia?
Foto: Ravil Werner/Unsplash.Vinieron durante muchos años, siempre los mismos y con una finalidad: venta, servicio, solicitud de ayuda.
Venía siempre el mismo cartero, le decíamos Matildo, porque era fan de Fillol. Nunca tuvo otro nombre más que ese.
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Venía el mismo diariero, tampoco supe cómo se llamaba, porque un día se peleó con mi papá y no vino más.
Venía el mismo verdulero, se llamaba “Don Vicente” y tenía una camioneta oculta en una carcasa de cajones de verdura.
Venía el mismo pintor: El Antonio. Tenía los talones duros porque siempre caminaba en alpargatas y les pisaba la parte de atrás. También le faltaban todos los dientes. Siempre me llamó la atención que solo tomara yerbeado. Vivía en una pensión acá enfrente y como única posesión en la vida tenía cientos o quizás miles de discos de vinilo.
También venía una chica a vender flores, una señora a pedirle a mi mamá comida para sus hijos, un señor que arreglaba todo lo que se rompía y lo arreglaba mal, para que volviera a romperse y él siguiera teniendo trabajo.
Todos esos personajes, de alguna manera, se extinguieron.
El Antonio se murió en un asilo, le cortaron las piernas porque era diabético y tomaba el yerbeado con azúcar.
Don Vicente un día no vino más y las señoras del barrio tuvieron que buscar otra verdulería. Dicen acá en la cuadra que una se había enamorado de él y la esposa de Don Vicente se enteró. No está chequeado, pero lo cierto es que después de que ese rumor se hizo viral el hombre desapareció.
El cartero se esfumó con la aparición del correo electrónico. Aunque creo que le dio un infarto y ya no pudo trabajar más.
La extinción del pasado es algo necesario. Es tranquilizador.
A mí las historias lineales me gustan porque le dan cierta lógica a la vida, sin la cual el caos que me habita no tendría ningún tipo de sosiego.
Pero hubo –y hay- un personaje que alteró la calma de lo razonable y de las correspondientes extinciones en tiempo y forma: el lechero.
El lechero se llama Mario, pero nadie lo conoce por su nombre. El lechero es el lechero.
Hace cincuenta años o más que toca la bocina todos los días a la misma hora en la puerta de mi casa. Hace años que no le compramos. Pero viene todos los días puntualmente entre las 10.30 y las 11.
Primero vendía “Valle de Uco” una marca mendocina de leche que tenía mucho gusto a agua.
La marca desapareció, pero el lechero siguió viniendo y cambió a La Serenísima.
Mi mamá, que le compraba, se murió.
Mi papá también se murió.
Talaron el árbol que teníamos en el fondo de la casa, un paraíso que plantaron en día que yo nací.
La Amparo, mi perra ovejero alemán que era mía y de mi exmarido, también dejó de existir, pero aún recuerdo su amistad canina, su presencia protectora y su frazadita vieja.
Todos, de alguna manera, dejamos de ser quienes éramos y otros ocuparon esos trajes que olvidamos en algún ropero y los puestos de trabajo a los que renunciamos, o de donde nos echaron y el banco de las escuelas de las que egresamos, o de la facultad que abandonamos.
Pero el lechero no.
Escuchar la bocina del lechero todos los días a la misma hora me da un dolor punzante de angustia en el estómago.
Me hace sospechar que la vida no es tan lineal y no todos los que vienen se van.
Y no todo lo que sube tiende a bajar; y el verano no termina siempre cuando llega el otoño y la primavera no extingue al invierno con una precisión de relojería.
¿Y si Dios existe y todo el ateísmo que me protege deja de ser cierto y tengo que pensar en el universo, y los planetas y la finitud de la vida, y el infinito y los agujeros negros y los viajes al pasado? ¿Y si la muerte tiene alguna explicación que desconozco, o algún atajo que no estoy viendo?
Todo culpa del lechero y su vida interminable y su bocina puntual, entre las 10.30 y las 11 desde la eternidad, hasta ahora.