Novela

La historia de un piano o como el destino siempre guarda una sorpresa

Ramón Gener es el auto de Historia de un Piano, un libro que va mucho más allá de lo que es un instrumento musical y se sumerge en una historia a través del tiempo y sus dueños

“Hermano de soledad, aquí hoy estamos los dos. Bajo esta luz de rubí, entre esta gente nueva. Hoy yo te quiero cantar, madera que hablas por mí. Mezcla de yegua y diván, refugio, lengua y fusil”, canta Fito Páez en la década del 80. Entre los artistas hay una unión muy particular con sus instrumentos y es que son parte de ellos. Algo así también demuestra Ramón Gener, cuando decidió reconstruir la historia de su piano y encontrarse con que la vida que ha tenido este instrumento realmente merecía una novela.

Y es que Ramón Gener es músico, es escritor, es amante de las artes y de la historia y un soñador y eso se le nota en cada una de las palabras que elige al contar su “Historia de un piano”, una de sus novelas más exitosas y merecidamente premiada.

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De qué se trata Historia de un Piano

No es común que en una novela, el personaje principal sea un piano, pero en este caso lo es, ya que la historia transcurre a lo largo de 100 años y es este piano el que une a cada uno de sus protagonistas a través de un viaje en el tiempo que empieza en épocas de la Primera Guerra Mundial, en un pueblo alemán y termina 100 años después en España.

Amante de la historia, el autor español, en diálogo con Diario UNO explicó que si tuviera la oportunidad de tener una máquina del tiempo, no se le ocurriría viajar al futuro, sino al pasado y “observar y estar al lado de las personas que transformaron el mundo”.

Es curioso como muchas personas viajarían a la época de Jesús, pero no es el caso de Gener. Si bien lo haría, son otros momentos los que captarían más su atención. “Escogería estar al lado de Beethoven y seguirlo unos días, ver cómo componía, su batalla contra la sordera. Estar en París con García Márquez mientras escribía 100 años de soledad o cabalgar junto con Alejandro Magno”. Ese amor por la historia y por las historias, es algo que queda profundamente plasmado en su novela.

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En esta historia, todo comienza con un niño alemán que es un prodigio tocando el piano, que vive para la música, pero que el mundo tuvo otro destino para él. A su juventud, cuando todo indicaba que iba a ser famoso por su talento, fue convocado al ejército para pelear en la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra. A su regreso, lo esperaba su madre y un piano nuevo. Pero nunca volvió.

A partir de ese momento, el piano comienza a realizar un viaje en el que encontrará el amor y el cariño de otros dueños, pero también sus desgracias. Vivirá también el horror del abandono y el cariño y la lealtad.

Claramente, no es solo la historia del piano, sino también de sus dueños: un joven aleman que nunca llegó a conocerlo, un soldado inglés que termina odiando la guerra, un joven y su hermana que terminaron siendo esclavos del honor y de un amor prohibido, un recuerdo y una esperanza y una necesidad que encuentra su respuesta en ese piano.

“Cuando compré el piano, estaba en muy mal estado, cuando pude restaurarlo, me aparecieron dos cosas: su número de serie que confirmaba mis sospechas de cuando lo compré y la segunda cosa, que no diremos para que los lectores nolo sepan y es lo que me dio pie para empezar a investigar la historia de un instrumento de la guerra de 1915. Es una historia que superaba al piano”, explica Gener, dando a conocer que ese piano está en sus manos y que gran parte de su historia es real.

“Hay algunas licencias, localiza algunos momentos de la historia del piano que serían como estaciones de un metro, todo lo demás es un túnel, y eso es la ficción, cuánto hay de real y cuánto de túneles, ese parte es el secreto del autor”.

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Fragmento de Historia de un piano, la novela de Ramón Gener

En el exacto momento en que vio el piano por primera vez, supo con total certeza que tenía que ser ese.

Ese y ningún otro.

La alegría que sintió al verlo fue tan grande que el cansancio del viaje en tren que la había traído desde Magdeburgo desapareció en un instante como por arte de magia.

Aquella otoñal mañana de finales de octubre de 1915 que había planeado con tanto esmero, el toque de diana la despertó, como siempre, una hora antes de que saliera el sol. Tras desayunar y meter todos sus ahorros en una pequeña bolsa, puso las cartas de su hijo en el bolsillo interior de la pelliza que le había regalado su difunto marido y salió de casa.

En la estación, el tren la esperaba envuelto en una humareda de vapor. Con la decisión propia de quien siente que hace lo correcto, se abrió paso entre la gente que deambulaba sin ton ni son por el andén y subió al último vagón. Tras un eslalon por el pasillo abarrotado, consiguió llegar a su asiento.

Se estiró para colocar la bolsa en el portaequipajes superior y se acomodó junto a la ventanilla sin quitarse la pelliza. Unos minutos después, el jefe de estación cantó el último aviso.

—¡Pasajeros al tren!

Lo hizo con una voz de barítono tan brillante y afinada que todo el barullo del andén se detuvo a escucharlo. Con la sonrisa socarrona de quien se convierte en el protagonista del momento, sacó el silbato plateado del bolsillo con un gesto de autoridad. Miró a izquierda y a derecha, se aseguró de que tenía la atención de todos y entonces, justo cuando el reloj de la estación marcaba las 7.23 horas, lo hizo sonar con un inmenso signo de exclamación.

Espoleado por el pitido, el andén se puso de nuevo en marcha y el carbón alimentó las tripas del viejo caballo de hierro de los Ferrocarriles Estatales Prusianos. Los pesados engranajes de las ruedas se desperezaron y, como si de un larguísimo accelerando rossiniano se tratara, el tren se puso en marcha poco a poco hasta alcanzar la velocidad de crucero programada: andante assai grazioso.

Mecidos por el ostinato traqueteo del viejo ferrocarril azabache, por la luz crepuscular de la hora temprana que se adivinaba en el este y por el cansino pasar de los otoñales paisajes de Sajonia, los pasajeros se adormecieron. Como a los apóstoles en el huerto de Getsemaní, el sueño los venció.

Uno a uno, todos cayeron. Todos menos ella.

Sentada en el asiento de madera junto a la ventana, el motivo que la había llevado a subir al tren la mantenía bien despierta. De repente, justo cuando la penumbra dio paso a la primera luz de la mañana, el sol enrojecido se coló sin permiso por la ventanilla y en sus pensamientos. La inmensidad del astro rey captó su atención y le regaló su reflejo en el cristal en un efecto a contraluz. Ortrud Schulze intentó reconocer en él a la alegre mujer que una vez fue. A la jovial mujer que se enamoró, se casó y fue madre. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no la encontró.

El reflejo le mostró a una mujer triste y cansada que, a sus cuarenta y cinco años, luchaba por mantenerse a flote frente de los golpes de la vida y el sinsentido de la guerra. Sólo una melena aún dorada, unos enormes ojos verde aceituna, unos perfectos dientes blancos y un distinguido gesto escondido seguían en el reflejo para recordarle la felicidad de un tiempo que había sido y que ya no era. Una felicidad robada a traición por un azar enfermizo que había guadañado la vida de su marido antes de convertirse en padre. Una azarosa fatalidad que, todavía insatisfecha, le había arrebatado al único hijo dos veces. La segunda, cuando se lo llevó al frente occidental a luchar contra la Triple Entente.

Fue un funesto día de octubre de 1914. Sólo tenía veinte años. —No te preocupes, mamá — dijo cuando se iba—. Todos dicen que para Navidad la guerra habrá terminado y podremos volver a casa.

Igual que él, más de un millón de jóvenes alemanes se despidieron de sus madres aquel día. Igual que él, más de un millón de jóvenes alemanes trataron de consolarlas con la ilusión de que sólo serían cuatro días; de que todo pasaría pronto. Y es que los periódicos teutones habían anunciado a bombo y platillo que la guerra terminaría antes de Pascua. Aseguraban que el plan que unos años atrás había diseñado el general Alfred von Schlieffen era tan perfecto, tan rápido y tan eficaz que nada podía fallar. Con la seguridad que otorga un pronóstico sobre un papel, se creyeron gigantes invencibles. Se sintieron más fuertes que Goliat; derrotar a los galos, entrar en París y heredar la Tierra serían cuatro días. Pan comido.

Pero pasó la Navidad y el año 1915 descubrió a más de un millón de jóvenes, a más de un millón de madres y a más de sesenta y cinco millones de alemanes una realidad que se había enredado de un modo muy distinto. Los británicos acudieron en defensa de los franceses y lograron detener el avance del Imperio alemán sobre París. Desde entonces, las fuerzas se habían equilibrado y el frente se había convertido en una trinchera grabada a fuego en el corazón de Europa. Una zanja mortal que empezaba en el canal de la Mancha y llegaba hasta Suiza. Una trampa en la que su unigénito había quedado atrapado en Flandes y Artois, cerca de Arrás; un lugar de cielo gris y de tiempo indefinido. Un lugar donde la esperanza moría en un adagio agónico con regusto a viaje sin billete de vuelta.

Así, los cuatro días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses y más meses, y Ortrud, igual que su hijo, también quedó atrapada en una trinchera. Una diferente; la de su modesta casa junto a la catedral de Magdeburgo. Allí, a la sombra de las torres góticas bajo las que descansaba Otón el Grande, otrora rey de los francos y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, esperaba. Y en su espera, a veces desesperada, se hizo amiga de la ausencia. La sentía tan dentro que le parecía poder tocarla, verla y oírla.

Junto a ella se había acostumbrado al silencio, a las fotos de la mesita de noche, a las botas sucias en el portal, a los papeles garabateados sobre el escritorio, a la ropa abandonada en los armarios... Con el paso del tiempo se había habituado a comer en una mesa con dos sillas vacías; las del marido y el hijo. Los echaba de menos. Los echaba tanto de menos. Los extrañaba todas las noches cuando apagaba las luces, cuando cerraba los ojos, cuando soñaba con ellos. Los extrañaba todas las noches cuando su aliento se precipitaba stringendo hasta llegar a un tempo rubato donde se le escapaban sus nombres: Johannes, Johannes...

Se desesperaba cuando no hallaba al primer Johannes en la otra orilla de la cama conyugal. Se le rompía el corazón cuando se asomaba a la habitación del segundo Johannes, su hijo atrapado en la guerra, y no encontraba a nadie.

Envuelta por el manto de la ausencia, sólo había una cosa que conseguía alejar, aunque fuera un poco, el peso del vacío: el piano del salón. Un viejo Grotrian-Steinweg vertical. Sentada junto a él, podía sentir la presencia del marido; un funcionario del Ayuntamiento aficionado a la música que había comprado el piano de segunda mano y que tocaba por placer en sus ratos libres. Sentada junto a él, le parecía oír tocar a su hijo; un virtuoso que había empezado a tocar con apenas siete años sin que nadie se lo pidiera.

Junto al piano, su amiga la ausencia parecía desaparecer cuando recordaba que el pequeño Johannes había aprendido a tocar sin proponérselo. Fue un día como cualquier otro. Un día nublado en el que todo había transcurrido por el camino de la cotidiana rutina hasta que, sin aviso, sucedió algo inesperado; el niño trepó por la banqueta, abrió la tapa del piano y empezó a tocar algunas melodías infantiles y populares. Lo hizo así, sin más, como si siempre hubiera sabido hacerlo. De carrerilla, sin equivocarse y como si fuera la cosa más fácil del mundo. La madre quedó tan sorprendida con el inesperado milagro que sin pensárselo dos veces corrió a buscar un maestro que supiera encauzar el inesperado don caído del cielo.

Lo encontró no lejos de casa; Herr Schmidt, un pianista viudo y sin hijos que, tras muchos años de una modesta carrera como solista, había decidido retirarse de los escenarios. Un hombre tan desencantado con lo que la vida le había deparado que se había recluido en su ciudad natal y ocupaba las horas con lecciones de piano a domicilio a los crédulos del barrio. Un hombre que sentía que había llegado a la cadenza finale de su partitura vital.

Un hombre sin esperanza que vestía siempre de riguroso negro y camuflaba su desilusión tras unas enormes gafas de culo de vaso y un prominente mostacho a lo Nietzsche. Un hombre de cuya calva emergían cuatro pelos largos y blancos que se habían convertido en una especie de servicio público, pues cuando paseaba por las calles de la ciudad, el aire jugaba con ellos y los convertía en una perfecta veleta para que los vecinos pudieran conocer la dirección del viento. Un hombre invernal al que la vida le había dado una segunda oportunidad el día que conoció al pequeño Johannes.

Y es que, cuando el viejo comprobó las capacidades pianísticas de aquel prodigio de siete años que tocaba como si tal cosa, sintió que el pesimismo que se había apoderado de su vida se desvanecía en un diminuendo hacia el olvido. Fue ver tocar al niño y, como Pablo de Tarso camino de Damasco, dio con sus huesos en el suelo y recuperó la fe en la providencia y en la condición humana.

Y fue así como, sin darse apenas cuenta, a sus setenta ensayó una sonrisa que no había practicado en años. Le sentó bien. Muy bien. Risueño y consciente de la revelación que tenía ante sus ojos, se santiguó, elevó la mirada y dio las gracias a Dios por el regalo inesperado.

Sin duda, aquello no podía ser sino un encargo divino. Las clases empezaron de inmediato. Dada la naturaleza celestial del asunto y las precarias circunstancias económicas de la madre, que sobrevivía y mantenía al hijo entre los remiendos que cosía y una exigua pensión de viudedad, Herr Schmidt decidió no cobrar por sus servicios.

Con la cadenza finale de su partitura vital aparcada a un lado, desempolvó el horizonte de un nuevo futuro. Inspirado por el espíritu creador del libro del Génesis, se entregó en cuerpo y alma a cumplir con la tarea que el Altísimo le había encomendado: crear un mundo musical para que el pequeño Johannes viviera en él.

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