Ejemplo de vida

La historia de dignidad de Gonzalo, campeón nacional de malambo y vendedor de pasteles en una esquina

Gonzalo Tarditti tiene 20 años y en 2024 se consagró campeón nacional de malambo. Sin embargo, cada tarde trabaja vendiendo churros y pasteles en las calles de Mendoza

Detrás de una pequeña mesa repleta de churros, donas y pasteles, Gonzalo Tarditti espera que algún cliente se acerque. Lo hace igual aunque el frío en Mendoza se hace sentir. Aunque se anuncie la ola polar esta semana. Son cuatro horas por día en distintos puntos, donde el trabajo no siempre es sencillo, pero sí necesario.

A simple vista parece un vendedor más. Sin embargo, este joven de 20 años es campeón nacional de malambo.

La historia de Gonzalo es la de un apasionado por el folclore que aprendió desde muy chico que los sueños pueden convivir con las responsabilidades. Mientras el malambo le regaló uno de los mayores logros de su vida, el trabajo en la calle le permitió ayudar a su familia a salir de un momento económico muy difícil.

Gonzalo, un apasionado por el folclore que aprendió desde muy chico que los sueños pueden convivir con las responsabilidades.

Gonzalo, un apasionado por el folclore que aprendió desde muy chico que los sueños pueden convivir con las responsabilidades.

"Comencé a bailar folclore cuando tenía apenas tres años. Desde entonces participé en distintas competencias y fui obteniendo primeros puestos hasta que en 2024 pude competir con representantes de otras provincias y salir campeón nacional de malambo", cuenta, mientras custodia la mercadería prolijamente ubicada en la mesita.

La pasión del malambo y la necesidad de salir a trabajar

Detrás de ese logro, asegura, estuvo siempre el acompañamiento de sus padres y de sus dos hermanos. Ellos fueron quienes lo impulsaron a seguir bailando y a no abandonar nunca su pasión.

Sin embargo, cuando terminó la escuela secundaria, la realidad económica de su hogar hizo que tuviera que buscar trabajo.

Hace aproximadamente un año comenzó a vender productos dulces en un emprendimiento familiar dedicado a elaborar donas, churros y pasteles. Desde entonces, reparte sus días entre el trabajo y el folclore.

"Conseguí este trabajo, que es un emprendimiento familiar, cuando estábamos pasando una situación económica difícil. Me permitió ayudar a mis padres y, por suerte, de a poco pudimos ir solucionando esos problemas. Me considero una persona responsable, trabajadora y muy apasionada por el folclore", afirmó.

Hace aproximadamente un año Gonzalo comenzó a vender productos dulces en un emprendimiento familiar dedicado a elaborar donas, churros y pasteles. Desde entonces, reparte sus días entre el trabajo y el folclore.

Hace aproximadamente un año Gonzalo comenzó a vender productos dulces en un emprendimiento familiar dedicado a elaborar donas, churros y pasteles. Desde entonces, reparte sus días entre el trabajo y el folclore.

Su jornada transcurre al aire libre. Los puestos van rotando por distintos lugares de Mendoza y las condiciones climáticas muchas veces juegan en contra.

"Es un trabajo de riesgo porque pasamos varias horas en la calle, con frío, lluvia o viento. Pero también es un trabajo que te enseña mucho", explicó.

Para Gonzalo, vender pasteles no sólo representa un ingreso económico. También es una escuela de vida.

Un trabajo en medio del frío y los riesgos de estar en la calle

"Aprendés a relacionarte con la gente. Hay personas que se acercan y te cuentan sus problemas, otras vienen de malhumor y uno aprende a entenderlas. También están los clientes de siempre, que terminan siendo parte de tu rutina", relató.

Esa experiencia, dice, le permitió descubrir una realidad que hasta hace poco desconocía.

"Gracias a este trabajo aprendí a enfrentarme con la vida de otra manera. Salir a la calle y ganarse las cosas con esfuerzo te cambia", reflexiona.

Lejos de lamentarse por su presente, Gonzalo prefiere hablar de agradecimiento.

"Doy gracias a Dios y a las personas que me dieron este trabajo. No es mucho, pero ayuda", reconoce.

"Doy gracias a Dios y a las personas que me dieron este trabajo. No es mucho, pero ayuda", reconoce.

"Doy gracias a Dios y a las personas que me dieron este trabajo. No es mucho, pero ayuda", reconoce.

Mientras espera volver a competir y seguir creciendo en el malambo, cada tarde continúa detrás de su mesa ofreciendo productos dulces. No cambió los escenarios por obligación ni dejó de bailar. Simplemente entendió que, a veces, para seguir persiguiendo un sueño también hay que trabajar duro lejos de los aplausos.

Y esa, quizás, sea la mayor enseñanza de su historia: la de un campeón que nunca sintió que vender pasteles fuera menos digno que levantar un trofeo.

Quien quiera probar sus productos puede ubicarlo en el teléfono 2616 83-6666.