A sus 95 años, Alicia Beines de Mayorga (conocida en Mendoza como Alicia Mayorga), habla con una claridad que impresiona. Cada palabra parece haber sido pensada durante décadas de experiencia, de encuentros, de desafíos y de una vida entera dedicada a los demás. En este Día Internacional de la Mujer, deja su testimonio, su ejemplo y el recuerdo de su labor como fundadora de la Asociación Voluntarios Mendoza (Avome).
La historia de Alicia Mayorga, la mujer que cambió la vida de cientos de niños en Mendoza
A sus 95 años repasa una vida marcada por el compromiso y el amor por la infancia. Fundadora de Avome en 1971, impulsó en Mendoza el programa de familias temporarias
Su historia personal está profundamente ligada a Mendoza, aunque su nacimiento ocurrió lejos de aquí. Llegó siendo una niña y, casi de inmediato, sintió que este lugar luminoso sería su hogar para siempre.
“Fue muy rápido”, recuerda. “Prácticamente apenas llegué a Mendoza me encantó. Me encantó lo celeste del cielo, lo luminoso de los días. Buenos Aires es todo mucho más apagado, no hay esta luz que hay en Mendoza”, evoca, en un diálogo profundo con Diario UNO.
Tenía apenas cinco años cuando su familia dejó Buenos Aires para instalarse en esta provincia. Era hija única, y el cambio de paisaje, de ritmo y de horizontes marcó su vida para siempre.
“Mendoza era pura luz, era pura naturaleza”, cuenta. “Sentía como una libertad increíble. Las casas eran chatas, había espacio, había cielo. En Buenos Aires eran todos departamentos. Mendoza me enamoró muy rápido y sentí que esta tierra cumplía con lo que yo sentía que debía ser”.
Aquí creció, formó su familia y desarrolló una obra que terminaría transformándose en una de las experiencias solidarias más profundas de la provincia: Asociación Voluntarios Mendoza (Avome).
Pero en ese momento, claro, nada de eso estaba escrito.
Mirar más allá de la propia casa, mirar la infancia
La idea que daría origen a Avome no surgió de una inspiración repentina ni de un momento de genialidad.
Fue, más bien, el resultado natural de una inquietud que venía creciendo dentro de ella.
“Yo tendría unos 40 años. Mi hijo más chico tenía 12. Entonces dije: este es el momento en que yo tengo que mirar un poco más allá de mi propia familia y de mis seres queridos”, recuerda.
Había sido madre, esposa y había construido una vida familiar sólida. Pero sentía que era tiempo de abrir esa experiencia hacia otros.
“Sentí que podía dedicar tiempo a alguien, brindar algún servicio a un prójimo que yo sintiera que me necesitara”, evoca. La idea de ayudar a niños surgió casi de inmediato. Era algo que la conmovía profundamente desde hacía años.
“Siempre pensaba en los niños a los que les falla la familia biológica, esos niños que están internados en las casas cuna, en instituciones. Me parecía algo terriblemente triste”, reflexiona.
Para ella, el sufrimiento infantil siempre fue algo difícil de aceptar.
“No hay nada más injusto que el sufrimiento de un niño. Un niño es tan inocente… ha sido llamado a la vida y aquí está. Él no pidió venir. Lo trajeron. Entonces no es justo que no lo quieran, que no lo cuiden, que no lo hagan sentir persona”, señala.
Ese pensamiento fue el motor que la llevó a actuar.
La visita a Casa Cuna que cambió todo
Decidida a ofrecer su tiempo, Alicia se dirigió a la antigua Casa Cuna de Mendoza para anotarse como voluntaria.
Pensaba que encontraría alguna organización o algún programa al cual sumarse. Pero lo que descubrió fue algo muy distinto. “Allí había unas monjas que se llamaban Hermanas del Rosario”, recuerda.
La religiosa que la recibió fue muy sincera.
Le explicó que estaban a punto de retirarse y que, en realidad, no existía una estructura organizada para el tipo de tarea que Alicia imaginaba.
“La monja me dijo: ‘La verdad es que yo no tengo ninguna confianza en que resulte eso que usted quiere proponer. Nosotros ya nos vamos de aquí’”.
En aquel momento, el sistema de asistencia a la infancia dependía del antiguo Patronato de Menores.
Pero no existía una organización dedicada a generar vínculos afectivos para esos chicos institucionalizados.
“No existía nada”, recuerda Alicia.
Y fue entonces cuando apareció la idea que cambiaría todo.
“Dije: bueno, si no hay una organización que se ocupe de lo que yo pienso que se tiene que ocupar… entonces hay que crearla”, rememora Alicia con una memoria asombrosa.
El nacimiento de una idea: Avome
La realidad de la Casa Cuna era impactante.
“En aquella época había entre 150 y hasta 200 niños, terrible. Muchos de ellos pasaban años en instituciones, con atención básica, pero con una enorme carencia afectiva”, relata.
Alicia estaba convencida de que el problema principal no era solo material: “La mayor carencia que tenían esos niños era sentirse amados”.
Ese fue el punto de partida.
“Para sentirte persona tenés que entrar en relación con alguien que no sea una cuestión pasajera”. Y así, dice, surgió la primera idea: que cada niño tuviera alguien cercano.
“Pensamos que lo primero que necesitaban era un amigo”, afirma. Ese vínculo sería el origen de una experiencia que con el tiempo evolucionaría hacia el sistema de familias temporarias.
Pero Alicia era consciente de que crear una organización desde cero no era tarea sencilla. Y entonces comenzó a investigar cómo hacerlo.
Su marido, abogado, la ayudó con los primeros pasos: estatutos, trámites legales, formación de una comisión directiva.
“Empecé a ir un poco en el año '70”, recuerda. Finalmente, el 4 de octubre de 1971 se realizó la asamblea fundacional. Ese día nació formalmente Avome.
“La fecha, curiosamente, coincidía con el día de San Francisco de Asís, un santo de mi predilección”, dice Alicia con una sonrisa. “Pura casualidad”, agrega.
Desde sus inicios, Avome tuvo una idea central muy clara. “El amor a los niños es el motor del accionar de Avome”, aclara. Pero agrega algo fundamental: no se trata de un amor abstracto o sentimental. Para ella, el amor tiene una estructura concreta.
Se inspira en conceptos que encontró en el libro El arte de amar, que habla del carácter activo del amor. “Amar es dar”, explica. Y ese dar tiene cuatro pilares fundamentales: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro.
“Si sacás uno de esos elementos, la estructura se cae. El conocimiento del otro, es clave ¿Cómo vamos a cuidar, respetar o responsabilizarnos si no conocemos a la persona?”, cuestiona. Y advierte: “Ese conocimiento se construye en la relación, en el encuentro”.
El verdadero encuentro, la premisa de Avome
Para Alicia, la palabra clave es “encuentro”. “Cuando hablo del encuentro hablo de dar y recibir, no se trata solo de ayudar, se trata de abrirse al otro, de escucharlo, de prestarle atención. Es entrar en relación con el otro, brindarle escucha, brindarle palabras”, enumera.
Ese principio fue el que inspiró el programa de familias temporarias.
Una experiencia en la que una familia abre su casa a un niño que necesita vivir en un hogar mientras se resuelve su situación familiar o legal.
“Cuando una familia abre la puerta de su hogar y dice ‘vení, sos uno más de nosotros’, está dando lo más valioso que tiene”, dice.
Para Alicia, ese gesto es extraordinario.
“¿Qué más valioso puede haber que los sentimientos, la vida privada del hogar y el tiempo? El tiempo, dice, es la riqueza más irremplazable. El tiempo que das, lo das y no vuelve”, afirma.
Familias temporarias, un puente en la vida de los niños
Las familias temporarias cumplen una función muy particular: no sustituyen a la familia biológica ni reemplazan a la familia adoptiva. Son un puente.
“Es un tiempo de tránsito”, explica Alicia.
Un niño puede haber sido separado de su familia por situaciones de riesgo o abandono.
Mientras la Justicia resuelve su situación, necesita un lugar donde crecer.
“No es bueno para un niño desarrollarse en una institución”, sostiene y acota: “En cambio, la vida familiar le permite recibir atención personalizada, afecto y estabilidad”.
Especialmente cuando se trata de bebés o niños pequeños.
“A veces se cree que los bebés no entienden, pero el ser humano desde que nace necesita sentirse amado”, reflexiona.
Lo que las familias también reciben
Quienes participan del programa suelen pensar que van a dar pero Alicia insiste en que también reciben mucho. “Las familias viven una experiencia de amor, de apertura, de generosidad”, destaca.
Muchas veces descubren aspectos de sí mismas que no conocían. “La gente dice: me sorprendí de tener una paciencia que no sabía que tenía o de poder compartir espacios, tiempos y afectos”, cuenta.
Incluso los hijos de las familias temporarias suelen involucrarse profundamente.
“Hay chicos que dicen: cuando sea grande y tenga mi casa, yo también voy a ser familia temporaria”.
Para Alicia, esas historias son conmovedoras. “Las familias me siguen sorprendiendo. Algunas han recibido más de diez niños a lo largo de los años. Son extraordinarias”, dice y se emociona.
Alicia también reconoce que el aprendizaje ha sido mutuo. “De los niños aprendimos muchísimo. Admiro su espontaneidad, su frescura y su capacidad de asombro. Los niños tienen una forma de entusiasmarse con la vida que es contagiosa”, dice.
Esa mirada renovada es uno de los regalos más grandes que dejan.
El significado de ser mujer en este día especial
En vísperas del Día Internacional de la Mujer, Alicia reflexiona también sobre lo que ha significado para ella ser mujer.
Su respuesta es clara.
“Siempre me he sentido profundamente satisfecha de ser mujer. Nunca pensé que ser varón fuera una ventaja. Nadie me entorpeció mis deseos de aprender o de realizar algo”, advierte.
Pero hay algo que sí ha observado con admiración a lo largo de los años.
La fortaleza de las mujeres en los momentos difíciles.
“He trabajado con gente con problemas económicos, sociales, con pobreza profunda. En esas situaciones, muchas veces los hombres abandonan el hogar y son las mujeres las que quedan al frente de todo. Las mujeres apechugan”, dice con admiración.
“Defienden a sus hijos, sostienen la familia, hacen lo que sea necesario para salir adelante. Eso lo vi muchísimas veces, especialmente en los momentos más duros de la historia argentina, como la crisis de 2001. Me admiraba la presencia de ánimo y la valentía de las mujeres”, recuerda.
Una vida dedicada al encuentro
Alicia Mayorga no suele hablar de su propia obra en términos grandilocuentes. Prefiere enfocarse en los vínculos, en las personas, en las experiencias compartidas.
Pero lo cierto es que su iniciativa ha cambiado la vida de miles de niños y familias en Mendoza.
Y todo comenzó con una pregunta sencilla: “¿Qué puedo hacer por alguien que me necesita?”
Más de medio siglo después, la respuesta sigue creciendo.
Porque, como ella misma dice, el verdadero sentido de ayudar no es solo dar.
Es encontrarse.
Y en ese encuentro, descubrir que el amor siempre vuelve multiplicado.










