El imaginario popular sostiene que quedarse en casa favorece al medio ambiente al evitar viajes diarios. Sin embargo, la ciencia analizó los números reales para comprobar dicha premisa. Un estudio en Suiza derribó la idea de que el home office resulta beneficioso para el planeta. Los resultados mostraron cifras inesperadas.
Gastos ocultos
Jana Z'Rotz, investigadora de la Universidad de Lucerna, lideró un estudio minucioso sobre consumos cotidianos. El equipo encuestó a mil personas para calcular la huella de carbono generada por el trabajo remoto. Midieron tres variables: traslados motorizados, calefacción residencial, junto con el equipamiento informático necesario.
Los datos demostraron que un oficinista promedio emite 1315 kilos de dióxido de carbono anuales. El viaje aporta la mayor parte. Pero la sorpresa surgió al sumar la energía para calentar una habitación extra durante el invierno suizo, agregado a la fabricación de monitores o computadoras adicionales.
Para quienes hacen home office un día por semana, el ahorro en transporte ronda los 218 kilos de emisiones. Como contrapartida, mantener un espacio cálido agrega 236 kilos, con otros 50 kilos extras por duplicar aparatos electrónicos. El saldo final arrojó un aumento general de contaminación.
La solución que se ve en el estudio
El inconveniente principal radica en los grandes edificios corporativos. Las empresas continúan iluminando pisos enteros aunque queden pocos empleados presenciales. El consumo energético comercial apenas disminuye, mientras las casas particulares encienden estufas para climatizar ambientes de trabajo que antes permanecían apagados toda la tarde.
Los especialistas recomiendan aplicar cambios inmediatos. Apagar pantallas secundarias o calefaccionar únicamente el cuarto en uso mejora el balance ecológico. Por su parte, las compañías necesitan reducir sus metros cuadrados alquilados para que el estudio cobre sentido. Achicar áreas vacías representa el verdadero paso hacia la meta climática.





