En Julián Varsavsky anida el espíritu de los hombres primigenios. El mismo que los impulsaba a recorrer la Tierra, escudriñarla y hacerse uno con ella. Viajar era un destino ineludible.
Julián Varsavsky, descubridor de mundos invisibles: "Los Andes son el resultado de energías inconmensurables"
Viaje a los paisajes invisibles, fruto de veinte años de meditados peregrinajes, es una inmersión en lo más profundo, en el corazón de territorios que son parte nuestra. Un viaje a la identidad.
Hoy, este cronista insaciable es consciente de que el viaje ha cobrado irreversiblemente otro carácter. En épocas de Google Maps, internet, redes sociales, WhatsApp y millones de selfies por día, todo está a disposición. Todo está a la vista.
“No hay más terra incognita. Solo habemus terra digitalis”, constata Varsavsky en su nuevo libro.
¿Qué justifica la intensa experiencia de viajar, entonces? Muy simple: descubrir lo que escamotean las apariencias, lo que se esconde por debajo y por detrás de la biosfera digital, ese “espacio pulido y transparente que no genera extrañeza o rispidez”.
Viaje a los paisajes invisibles, fruto de veinte años de meditados peregrinajes, es una inmersión en lo más profundo, en el corazón de territorios que son parte nuestra. Un viaje a la identidad.
El itinerario descrito lleva De la Antártida a Atacama, por lo que desde Mendoza nos fascinamos hurgando particularmente en los misterios de los Andes, nuestra columna vertebral, nuestro coloso telúrico.
Desde Barracas, Buenos Aires, Julián, atado a un mástil como Ulises, para evitar la tentación antártica, habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
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-Seguís teniendo ese amor incombustible por la Antártida, ¿no?
-Sí, porque estudiando la historia de la Antártida y habiéndola vista in situ, sé cómo conduce a la locura. Entonces hay que tener cuidado, hay que atarse al mástil como el Odiseo para no ceder al canto de sirena y arrojarse a sus brazos llenos de fríos garfios.
-Justamente, el relato En las montañas la locura, de Lovecraft, se desarrollaba por aquellos lares, sino no recuerdo mal.
-En la Antártida, sí, claro.
-Vos encuadrás tu relato entre la Antártida y Atacama, los dos grandes desiertos del planeta. ¿Lo planeaste así de entrada o la idea cuajó cuando empezaba a tomar forma el libro?
-No fue planeado como tal porque la producción de este viaje comenzó, más o menos, hace unos veinte años y duró ese tiempo. De modo que no fue una planificación, sino una conclusión después de muchos viajes y durante el encierro del covid.
-¿Cómo cambió tu ruta la pandemia?
-Me iba a ir a la China para completar un libro sobre ese país. No fue posible por el covid; me encerré nueves meses, lo que dura una gestación humana, y salió el libro; o sea, el libro que tenía producido.
-¿Qué edad tenés, Julián?
-Tengo 52.
-¿Sos un tipo deportista?
-Muy, sí.
-Te preguntaba porque ponés mucho el cuerpo en tus crónicas. Vas a la Antártida con muchísimos grados bajo cero, subís montañas de hasta cinco mil metros de altura junto a los llaneros, los kollas o los sikuris; caminás y sobrevolás desiertos muy ásperos. Digamos, debés tener un estado físico importante.
-En algunos pocos casos sí, es necesario poner el cuerpo, pero no alcanza, ¡cuidado!
-¿Por qué no alcanza?
-Porque lo más importante, te diría, no sucede durante el viaje. Sucede antes o después. Sobre toda a la vuelta, al momento de volver a sumergirte, pero para encontrar lo que no ves cuando estás personalmente.
-¿Cómo es eso? Contanos tu proceso.
-Ahí está lo difícil, porque yo empecé a escribir crónicas en tiempos preinternet. Existía. Pero mis primeros artículos en Página/12 no salían en internet. Y yo no tenía Google cuando empecé a publicar.
-Se entiende. El trabajo periodístico tenía claramente otro significado, otro timing.
-De modo que todavía había un poquitito de novedad en una crónica, no sé, de Capadocia, en Turquía, por ejemplo. Poca gente sabía qué era Capadocia. Hoy, casi todo el mundo lo sabe; y quien no, lo ve en dos segundos.
-¿Qué pasó después?
-Cambió totalmente la perspectiva y la técnica de trabajo, porque ahora el mundo está totalmente descubierto, digitalizado por Google Maps y YouTube. Es “youtuable” y “googleable”. Vos ves todo. Y antes de llegar a un lugar, ya lo viste, ya sabés, si ponés un mínimo de interés.
-¿Cuál es la nueva disyuntiva, entonces?
-Cómo hacer, periodísticamente, para descubrir algo en la crónica de viaje, Justamente ese ha sido, de alguna manera, el fondo, el fundamento: descubrir mundos y mostrarlos a otro.
-Lo cual, como decís, ya no tiene sentido.
-Eso ya se acabó. Cómo hago para sorprenderte, para mostrarte algo que, incluso, si vas, vos no lo ves.
-¿Cómo?
-Trabajando lo invisible.
-¿Y cómo se trabaja?
-Hay distintos abordajes. Pero el asunto es, por ejemplo, recurrir a la antropología. Aplicar, primero, unos rudimentos míos y, sobre todo, ir a los antropólogos que han trabajado estos temas. Como es el caso de los menonitas en La Pampa.
-Uno de los procesos que explicás minuciosamente en el libro.
-Yo fui a La Pampa sin una mirada antropológica, sin haber estudiado previamente en un primer viaje. Y me quedé en la superficie, en lo banal. No entendí nada en el fondo. La primera crónica que hice estaba bastante mal.
-Hasta que recurriste a los que saben.
-Claro, pasando, por ejemplo, por el tamiz de Lorenzo Cañás Bottos, el antropólogo, cuya tesis leí y a quien entrevisté. Ellos son los que saben ver lo invisible a partir de la agudeza de su mirada y de las técnicas que manejan.
-¿En qué te dio vuelta, por ejemplo?
-En que los menonitas son casi lo contrario de lo que se ve a simple vista, porque no rechazan la tecnología, no son tecnófobos, sino más bien tecnófilos. Te pones a estudiar, a conocerlos, indagás, te enterás, por ejemplo, de que hubo dos hermanos que se fueron a la China, ¡a la mejor fábrica metalúrgica del mundo!, y se trajeron varios containers de tecnología de punta.
-Y ahí rebobinaste.
-Yo había escrito, en aquella primera crónica, una especie de utopía neomedieval. Entonces, el antropólogo me decía: Julián, ¿dónde está lo medieval de esta gente que se compra esa tecnología? ¡Son más tecnológicos que vos!
-Aun así, está la paradoja humana de que los tipos, a pesar de ese desarrollo tecnológico, tratan de vivir de la manera más rústica que encuentran porque rechazan el confort.
-Claro. Es decir, que la tecnología no sirva para el placer. Solo para el trabajo. Hay que estudiar su cosmovisión y cómo en esa rama del protestantismo el éxito económico es una señal de Dios, de salvación y vos tenés que alejarte, por sobre todas las cosas, del pecado.
-¿De qué manera opera el pecado, en este punto?
-Las tecnologías, por ejemplo, como un auto, te acercan al mundo exterior, a su aldea, que es donde pueden estar las tentaciones del pecado. Entonces, ahí entendés porqué tienen sus supertractores, los mejores de toda esta zona pampeana, pero les sacan las gomas y les ponen unas ruedas de cemento, cosa de que no puedas irte muy lejos. Digamos, tienen el mejor tractor para trabajar y son los mejores produciendo.
-Ahora bien, volvamos a los sacrificios personales para llevar a cabo tu tarea. Es muy difícil que cualquiera de nosotros acepte alegremente estar subiendo la montaña jujeña dos o tres días, en Semana Santa, a la par de los sikuris, durmiendo a la intemperie y cagándote de frío. ¡Hay que bancarla!
-Y fueron dos veces, no una. Eso es duro. Hace calor, hace frío, no te bañás, te paspás, etcétera. Pero lo que ves ahí no lo ves en ningún otro lugar. Y, justamente, ahí me pasó lo mismo. Yo vi una fiesta católica de Semana Santa, en el primer viaje.
-¿Quién, esta vez, te hizo ver lo que había que ver?
-En el segundo viaje, cuando ya había mirado todo a través del antropólogo Axel Nielsen, que la había estudiado, empecé a saber del sincretismo, de los grises. Y después, me terminé planteando: cuando estás arriba, cuando llevan la Virgen, se convierte en una fiesta de la abundancia aborigen, pero por donde lo mires.
-¿Cuál es el carácter central de esa ceremonia, de esa Semana Santa andina?
-Prima mucho más lo aborigen por sobre lo católico. Cuando bajan y le entregan la Virgen al cura, es como que la Iglesia Católica vuelve a tomar las riendas de la fiesta, que tiene como dos partes. Al fin y al cabo, sigue siendo una fiesta aborigen, animista, relacionada con la Pachamama y la tierra, y no católica.
-¿Qué queda, pues, del catolicismo más ortodoxo?
-Bueno, solo tiene ese decorado por encima, resultado de quinientos años de dominación y de una religión impuesta por la violencia. Pero por debajo está lo otro. Ahí está el asunto: ver lo subyacente, lo que está por abajo. Ahí es donde yo enfoco mi trabajo. Pero es difícil. Por eso he hecho varios viajes.
-Vos lo decís bien al principio del libro. Hoy, para descubrir la esencia de cada lugar en los viajes, hay que indagar por debajo, como en los hielos de la Antártida, o por detrás de lo evidente. Son los dos movimientos requeridos.
-Y lo que está en el inconsciente. En el inconsciente colectivo. Es el objetivo, de alguna manera, de la antropología: desnaturalizar lo naturalizado. Y pararse y reconstruir, de alguna manera, la perspectiva del otro. Dejar de mirar con nuestra perspectiva.
-Algo, hoy, cada más complicado.
-Cuando yo decía que los menonitas viven en una especie de neomedievalismo, estaba hablando de mí, no estaba hablando de ellos, porque es mi perspectiva, mi concepción de lo que es el avance del tiempo, que es la precisión occidental, me guste o no, a través de la tecnología y el desarrollo tecnológico industrial.
-Ampliar la mirada, en vez de reducirla.
-Ellos tienen otra forma de enfocar eso, con otros parámetros y por eso actúan distinto. Pero el asunto es dejar de caer en el etnocentrismo, es decir, de ver lo demás desde nuestras propias estructuras. Hay que verlo desde la perspectiva del otro para entenderlo y desnaturalizarlo.
-Todo esto lo vas enseñando desde el prólogo. En mundo actual, el viajero tiene la visión nublada por su compulsión a las selfies. Enseñás que, por ejemplo, en las ciudades conviene ir mirando hacia arriba, hacia la arquitectura, y en el desierto, al piso, porque ahí están las huellas y los secretos.
-Y en los Andes, camino con un geólogo y también con un herpetólogo, es decir, un biólogo evolutivo que estudia las lagartijas. Todos miramos en los Andes hacia las alturas, el biólogo mira hacia abajo, hacia el suelo.
-¿Qué ve ahí?
-Él encuentra que las lagartijas, en todo el mundo, se reproducen por huevos. Sin embargo, dada la especificidad, la extrema sequedad de las alturas andinas, la única manera que tuvo de sobrevivir la lagartija es evolucionando excepcionalmente hacia la parición.
-Son muy significativos todos los detalles sobre las lagartijas andinas.
-Las lagartijas paren después de una gestación de dos años en los Andes, también en los mendocinos, supongo. Entonces esa evolución está reflejando lo más específico y único de ese paisaje.
-Es excelente tu método de completar una experiencia directa, personal, con especialistas.
-Es que esa gente es la que sabe mirar, la que se dedica a mirar con intensidad, con persistencia, durante años, un fenómeno en particular. Y esa va a ser la mejor manera, por lo tanto, que voy a encontrar yo de reflejar un paisaje. Porque si los Andes son espectaculares, si las montañas tienen una gran energía, todo el mundo te dice: no te lo puedo explicar, es así, no hay palabras. Bueno, yo tengo que encontrar las palabras.
-Y para explicar, hay que ahondar…
-Explicar porqué te ayuda a entender mucho y, a su vez, a transmitir. Y para entender el porqué de los Andes y el porqué de una energía tan fuerte, hablé mucho con un geólogo, (Gustavo) Ortiz, sanjuanino.
-Sí. Lo relatás al comienzo del capítulo 8, “Rodar los Andes”.
-Es cuando vos empezás a entender que detrás de esa imponencia andina, debajo, hay un choque de placas tectónicas descomunal, incalculable a nivel humano y que viene sucediendo desde hace cien o doscientos millones de años.
-Ahí se completa el sentido de esa enormidad, ¿no?
-Lo que estamos viendo es el resultado de esas energías inconmensurables. Y lo percibimos, no por un sexto sentido, porque no hay una energía en particular que se haya demostrado de los Andes. Lo que estamos percibiendo es el resultado de algo que nos excede profundamente, que no sabemos qué es y por eso decimos “no hay palabras”.
-Hasta que todo, de algún modo, empieza a cobrar sentido.
-Claro. Cuando empezamos a ver, a imaginar, en palabras, y por lo tanto con imágenes, lo que está sucediendo debajo, entendemos esa sensación, que algunos le ponen un toque místico que yo no tengo. Por lo tanto, la geología nos ayuda a mirar también muy profundamente, a entender y a sentir.
-Vos anotabas, por otra parte, que los Andes nos indican como muy pocos lugares, cuáles son las claves del origen de la Tierra.
-Sí. Son un reflejo claro de lo que ha sido y de lo que va a ser la Tierra porque, como me decía Ortiz, los Andes son el resultado de que todo el tiempo hay fuerzas exógenas que están erosionando ciento por ciento la superficie terrestre. Y tarde o temprano, cuando este planeta se apague, los Andes, resultado del viento, se van a ir puliendo y vamos a volver a ser un llano, como fuimos al comienzo.
-El continuo e incesante devenir…
-Y todo eso está pasando, pero no lo vemos porque está a una escala inhumana. Pero, de alguna manera, nos damos cuenta de que eso pasa y por eso nos conmueven y nos atraen los Andes.
-Entre tantos datos estupendos que vas dando a conocer, hay algunos que nosotros, que estamos al pie de la cordillera, no sabemos. Por ejemplo, que los Andes se elevan cinco centímetros al año y se desgastan tres; o sea, que la cordillera va creciendo dos centímetros en promedio.
-Y va a llegar un punto en que eso se va a revertir y va a empezar a decrecer.
-Ustedes dicen algo peor, todavía: que la vida, en algún momento, se va a acabar.
-Sí, sí, qué duda cabe.
-Cito, de la página 266: “La ciencia sospecha que no solo la Vía Láctea, sino el universo entero, van a implosionar”.
-Sí. Va a volver a ser una especie de átomo hiperenergético. O sea, ahora está en etapa de expansión y después va a entrar en etapa de compresión, hasta que haya un nuevo Big Bang, que quizá, a su vez, no ha sido el primer Big Bang.
-Otro rescate icónico en tus cinco capítulos dedicados al itinerario andino es el del cóndor, a quienes muchos le asignan, equivocadamente, dotes de gran cazador y depredador.
-Sí, un poco la idea fue dimensionar los Andes a través de la deconstrucción, mediante sus culturas, por un lado, desde Patagonia hasta el norte; y por su geología, por debajo. Primero está el hombre del paisaje, porque es el mejor reflejo de ese paisaje. La geología también. Y la fauna.
-Ahí es donde entra nuestra ave mayor.
-Por eso me enfoqué en el vuelo del cóndor. Me dediqué a estudiar todo lo posible con varios científicos, con biólogos, con conservacionistas, el vuelo y la problemática del cóndor.
-¿Por qué te atrajo, puntualmente, eso?
-Porque su vuelo es muy poético, es muy estético, muy bello y está basado en lo invisible. El cóndor vuela sin gastar energía, prácticamente, porque sabe leer el paisaje mejor que nadie.
-¿Qué lee allá arriba?
-Lee lo invisible, que son las corrientes térmicas. Como tiene muy poca comida, no tiene que gastar mucha energía en aletear porque, si consume demasiadas calorías, se muere de hambre después. Entonces él se adapta aprendiendo a estudiar esas fuerzas invisibles, que son las que lo llevan hacia arriba para desplazarse y buscar alimento.
-¿Qué otras virtudes le podemos adjuntar?
-A su vez, desarrolla una mirada increíble, casi kilométrica. Y la especificidad de la evolución del cóndor es un reflejo de lo específico del paisaje. Donde las térmicas se forman, él sabe que tiene que entrar de determinada manera porque ahí el viento se lo lleva. También sabe buscar esos pasadizos donde se achica el espacio en un cañón, entonces se acelera el aire y por ahí él puede avanzar a toda velocidad.
-El más experto de los pilotos naturales…
-Él va desarrollando estrategias que ha aprendido a lo largo de millones de años para leer el paisaje. Por eso hay que mirar lo que hace el cóndor para verlo invisible del paisaje.
-Pero además le das a todo un contenido antropológico muy valioso. Vuelvo a citarte: “El hombre originario de los Andes ubica al cóndor en la cumbre de los animales sagrados”. Seguidamente mencionás “la Divina Trilogía Andina: cóndor, puma y serpiente”.
-Sí. Esa es la cosmovisión inca. Porque el otro eje, un poco, de las crónicas es seguir el Qhapaq Ñan.
-El Camino del Inca.
-Sí. El camino del cual recorrí varios de sus troncos. El Cusco no está en este libro, pero también anduve por ahí, que es de donde nacían las cuatro ramas de los círculos incaicos.
-Claro, aquí, en este libro, te concentrás en los circuitos ligados a nuestro territorio.
-Recorrí, básicamente, el argentino y el boliviano. Una parte, porque el libro también se extiende el salar de Uyuni. De alguna manera seguí el curso de las caravanas de llamas.
-Que fueron importantísimas en el pasado.
-Todavía quedan algunas. Y caminé con llamas por los Andes, fijate vos, con un porteño que hace caravanas, Santos Manfredi.
-Es cierto. Una rareza total, en ese ámbito.
-La mirada etnocéntrica o, mejor dicho, esencialista occidental, diría: “¡No! Eso es una impureza, porque vos no soy de ahí”. Bueno, justamente él es un ejemplo de sincretismo.
-Un sincretismo particular, convengamos. Tus historias tienen mucho de esto.
-Porque el sincretismo que miramos siempre es cómo la religión originaria se cruzó a la fuerza con el catolicismo. Ahora bien, él hizo el proceso inverso porque fue un hombre de acá, de Buenos Aires, que se fue a vivir a Tilcara y empezó a estudiar y a recuperar algo que estaba perdido, las caravanas de llamas.
-¿Cómo hizo?
-Primero haciéndolas turísticamente, pero estudiando muy seriamente y con antropólogos, cómo eran las técnicas para reproducirlas. Y cuando llegó la pandemia, que se quedó sin turismo, empezó a hacer transporte.
-¿Qué tipo de transporte tenía a mano en esa zona?
-Empezó comerciar productos, a llevar sal de un pueblo a otro; por ejemplo, en Hornaditas, a través de Tilcara. Entonces él revivió la cultura llamera.
-¿Y de qué otra forma se fue integrando?
-Fue rompiendo con el catolicismo, que traía inserto, sin abandonarlo del todo. Y él ya le rinde culto a la Pachamama.
-¿Lo pudiste apreciar de primera mano?
-He caminado varias veces con él por los Andes y ahí ves cuál es su cosmovisión, que ha ido cambiando. Él adora a la Tierra de manera sincrética, como sucede en esta religiosidad popular de la zona. Pero, como te decía, hizo el proceso al revés: terminó imbuido de la religiosidad originaria.
-Precisamente, veníamos hablando del cóndor, el puma y la serpiente, pero tu trabajo pone en escena también la llama y la vicuña, cuya explotación era fundamental para los pueblos aborígenes, además de ser, también, un símbolo muy potente de nuestra cordillera.
-Sí, sí, lo que pasa es que fueron desplazadas por los españoles porque parece que el caballo les tiene mucho miedo. De hecho, yo vi eso. Haciendo una caravana de llamas por Jujuy, apareció un hombre a caballo y Santos tuvo que ocultar rápidamente las llamas por miedo a que hubiera un accidente.
-Por eso reemplazaron las llamas por las mulas, ¿no?
-Claro, porque eran mejores para transportar oro y minerales. La mula es más potente.
-Y aquí contás algo terrible que no solemos tener en cuenta. La llama corta el pasto para comer, en cambio la mula lo arranca, lo cual terminó contribuyendo a la desertificación de los lugares por donde se movían.
-Sí. Digamos, son todos los efectos de la inserción en América del protocapitalismo europeo que vino a colonizar y a instalar empresas productivas de exportación, que arrasaron con las culturas originarias en gran medida, según dónde, y también con la naturaleza.
-Está bien lo que decís, fue un choque de culturas.
-Las culturas originarias respetaban la naturaleza porque lo contrario era dañar a los dioses.
-Hay otro protagonista fundamental de nuestras vidas en Cuyo, que vos describís cuando, tras pasar de San Juan a La Rioja, te instalás en el pueblo de Alto Jagüé. Estamos hablando del viento zonda.
-Es la expresión más potente, visible y palpable en el cuerpo de los Andes. El viento zonda te cambia todo, te cambia el carácter, tenés que encerrarte, en muchos casos; los animales se alborotan. Y además, en ese pueblo, tenés la singularidad de que, muy de vez en cuando, si llueve mucho, ¡la calle central se convierte en un río!
-Es que detrás del zonda llega siempre la inestabilidad.
-Claro. Entonces la calle central está hundida, en algunas partes, hasta cuatro metros. Ves cómo el fenómeno orada un pueblito, mientras que las casas están sobre elevadas. Se convierte en una especie de pequeña Venecia por unas horas, algo que puede ser muy peligroso.
-En este tramo hacés el rescate de un verbo que acá se solía usar bastante. Cuando alguien está de mal humor o medio taramba, se le dice que está “zondeado”. Muy bueno ese detalle.
-La gran cronista Hebe Uhart me enseñó a buscar esos reflejos lingüísticos de la especificidad, en este caso del paisaje. Por eso la necesidad de estudiar a fondo al habitante del paisaje, porque ahí vas a ver el paisaje. Eso lo hacía mucho Ryszard Kapuscinski también, que estudiaba a los nómadas.
-Para darle un cierre a este tramo de reflexiones cordilleranas, vale esta ponderación tuya que dice: “Quizás no sea la Antártida del lugar para descubrir el origen de todo, sino los Andes”. Para vos, “los Andes son un juego de cajas chinas que nunca llegaremos a abrir”. Le estás dando una dimensión casi cósmica a esta indagación.
-Porque la Antártida está recubierta por hielo. Es una capa relativamente reciente, así que no vemos gran cosa ahí. Para ver la Antártida tenés que sumergirte bajo el agua.
-¿Y los Andes, en comparación?
-Los Andes son un paisaje pelado. Está todo a la vista. Es más, te sacan a la superficie muchos datos las profundidades de la tierra. Ahí el mundo está desnudo.
-Hablando de profundidades, cuando contás lo del buzo Andriy Utev que se hunde en el agua, bajos los hielos antárticos, impacta tomar conocimiento de todo lo que vive ahí.
-Ese es el desierto más reseco del mundo, más que Atacama. No llueve casi nunca ahí. Pero está lleno de vida como en una selva, salvo que bajo el agua. Y conocemos poco y nada de eso.
-Lo que hay ahí es alucinante, según las descripciones de tu crónica.
-Hay toda clase de criaturas que parecen extraterrestres. Este buzo me mostró unos videos. Me mostró una esponja, que es una especie viva con tres mil o cuatro mil años de existencia, aparentemente. O sea, los seres vivos más antiguos de la Tierra están ahí todavía. Y además, hay muchas cosas para ver.
-Eso, sin contar su valor geoestratégico, ¿no?
-La Antártida es una caja de resonancia de la geopolítica mundial ya desde la Segunda Guerra Mundial. Los nazis quisieron anclarse, de alguna manera, allí. Estuvieron prospectando, mirando, tirando jabalinas con banderas y esvásticas.
-Quedan flotando algunas jugosas anécdotas.
-La Segunda Guerra Mundial hasta tuvo un episodio en donde los nazis tomaron un barco, creo que noruego, porque buscaban el aceite de ballena. Fue un episodio bélico. Y hasta el día de hoy todas las potencias y todos los países están ahí.
-Sí, es un punto de encuentro internacional.
-Fijate vos. Yo estuve en la base ucraniana. Participé en un traslado. Llevaban científicos nuevos y se traían de recambios los que habían estado un año ahí. Uno de ellos se había vuelto loco, por la potencia y la soledad del paisaje. Había perseguido a sus compañeros con un hacha.
-Exacto. Tipo Jack Nicholson en El resplandor.
-Calcado, casi. Y además era una base que Inglaterra la había vendido a Ucrania por una libra. Parece un disco de Génesis, ¿no?
-¿Por qué tanta generosidad?
-Nada es desinteresado, sino que, en realidad, ellos, querían hacer una especie de ajuste económico. Tenían varias bases, entonces dijeron: esta no sirve, se la regalamos Ucrania.
-¿Para ganar qué?
-Al regalársela, en vez de destruirla, porque según el tratado antártico ellos tienen que levantar todo, introducen un actor más en los reclamos de soberanía que todo el mundo hace sobre Antártida. O sea, plantás una base y tenés un derecho de reclamo de soberanía.
-¿Y para qué sirve eso?
-Para debilitar la postura más fuerte, en este caso, de Argentina y Chile. Podemos seguir escarbando capas políticas solamente ahí. En la base, un científico (Sasha) me mostró su cuarto. Tenía una cama cucheta, con cortinas. Abrió las cortinas y había una tremenda bandera ucraniana con una esvástica gigante.
-¡Menuda sorpresa!
-Esto fue bastante antes de la guerra con Rusia. Evidentemente este hombre sería seguidor del batallón Azov, que es lisa y llanamente neonazi. No significa que todos los ucranianos sean nazis, por supuesto, pero que el nazismo está inserto ahí, es cierto.
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