Cuando viajó a París, hace más de una década, por razones laborales, el abogado José Salem (Buenos Aires, 1959) tuvo su epifanía. Descubrió que en la capital francesa podía disfrutar de un ritmo de vida menos enloquecedor que el de Buenos Aires. Y que podía dedicarse, por fin, a su pasión cohibida: escribir.
José Salem narra la primera invasión inglesa, de 1806, desde la gente común y sus pequeñas cosas
Desde París, el abogado y escritor argentino José Salem repasa su tercera novela donde revive los 49 días de la primera invasión inglesa desde la vida cotidiana de los porteños
Escribir literatura, no solo alegatos.
Empezó a publicar formalmente en 2021. Cuentos.
Hoy, con su tercer libro, la novela Cuarenta y nueve días bajo la niebla, se mete con un tema caro a la historia nacional: las invasiones inglesas. Un asunto que cuenta con una amplia bibliografía detrás.
¿Dónde está el punto de vista original de Salem? En concentrar su atención sobre esos cuarenta y pico de días que duró la primera invasión, en 1806, a partir de lo que ocurría en los hogares de la época. Desde las familias más adineradas, cercanas al dominio español o ilusionadas con los británicos, hasta la base social más humilde.
Con apasionado espíritu de investigador -estudió lengua y civilización francesa en la Sorbona, historia del arte y periodismo-, Salem cuenta su experiencia, desde Francia, en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola José, buenas tardes. ¿Estás en París desde hace cuánto tiempo?
-Hola, ¿qué tal? Estoy viviendo aquí desde hace bastante, unos trece años más o menos.
-¿Y ejerciendo como abogado o dedicado a otra cosa?
-Ejerzo de abogado, pero, en realidad, ahora soy una especie de consultor externo para un estudio de Buenos Aires, a la distancia. Empecé con el teletrabajo mucho antes de la época del covid.
-¿Todo esto fue por razones personales o profesionales? ¿Qué motivaciones te llevaron a Francia?
-Mirá, para dejar el país de uno, mi país, que, además, amo, obviamente, alrededor de los cincuenta años, es porque se dan un montón de circunstancias. Generalmente uno se va más joven, ¿no?
-Casi siempre es así. ¿Qué pasó entonces?
-Me fui por el ritmo que llevaba en Buenos Aires. La culpa no la tiene la ciudad, sino yo. Y el mío, como abogado, era un ritmo enloquecedor. No podía parar. Aunque quisiera trabajar menos, no lo lograba.
-¿Qué vuelta le encontraste?
-Surgió la posibilidad de un trabajo por unos meses aquí en París. Además, aclaro, allá en Buenos Aires no tenía tiempo de escribir. Era imposible hacerlo con cierta seriedad, con cierto compromiso. Escribir una vez por semana, un domingo, no es escribir para mí.
-Igual no te fuiste a una ciudad tranquila.
-¿Pero vos sabés que esta ciudad, su ritmo, no tiene nada que ver con Buenos Aires? Buenos Aires tiene el ritmo que uno se imagina de la Bolsa de Nueva York, de Wall Street. En Buenos Aires vivimos así.
-¿Y París?
-Acá el ritmo es mucho más relajado, en serio te digo. Incluso en el medio de los negocios. Yo estuve trabajando en un estudio jurídico y es por completo diferente. Sinceramente, ¿eh? Es mucho más humano, en el sentido de mucho más razonable. Pero, insisto, la culpa no la tiene ni la Argentina ni, en este caso, Buenos Aires, sino yo, que no le encontraba la vuelta para trabajar menos.
-La culpa es de uno, diría Benedetti.
-Entonces, vine aquí por una oferta de trabajo. Pero al mismo tiempo dije: creo que voy a tener más tiempo para escribir. Y eso finalmente ocurrió. Fue por eso que terminé quedándome. Por la calidad de vida.
-Se ve que le encontraste bien la vuelta, porque este no es tu primer libro. Tu debut editorial fue en 2021, ¿no?
-Yo tengo varias novelas escritas desde hace unos quince, veinte años. Pero nunca había pensado en publicar. Y debuté, como decís vos, en el mundo editorial, en el 2021, con un libro de relatos, Donde la vida nos lleva, publicado por Paradiso Ediciones. Pero en realidad lo había escrito en Argentina.
-De ahí pasamos a 2024.
-Ahí apareció una novela, Dominó, que es una especie de policial de la vejez. El crimen es una excusa para ver cómo vive la gente mayor en nuestro país. También la había escrito en Argentina. Y esta, que acaba de salir, en realidad, fue la primera novela que escribí. Tiene unos quince, veinte años de elaboración.
-Dado el tiempo de maceración, ¿la has corregido y pulido mucho?
-Sí. Había una primera versión. Y para mí, que algo esté apto como para ser leído, necesita no una, dos, diez o veinte correcciones, sino varias etapas más.
-¿Cómo entendés esas etapas?
-Ustedes están en la tierra del vino, ¿no? Igualmente, para mí, es indispensable dejar añejando la novela y retomarla luego de años; y volver a leerla y volver a corregirla.
-Impecable, desde el punto enológico.
-Porque uno, como escritor, cuando se enfrenta con algo que escribió hace unos años, ya es distinto, es diferente. Encuentra cosas. A mí me pasa que digo: ¿esto escribí yo! Por lo bueno y por lo malo. Al menos yo trabajo así.
-La pregunta vale porque se nota el empeño estilístico tuyo. Ponés mucho cuidado en cincelar las frases, en alargar los párrafos. Hay un evidente esfuerzo de escritura en tu libro.
-Sí, sí, esta novela, sobre todo, es la que más trabajo tiene, más allá de la investigación previa. Porque si bien tenía bastante idea, sabía de qué había ido la primera invasión inglesa, con el compromiso de escribir, evidentemente, tuve que hacer una investigación precisa. Pero, más allá de eso, después, sí, la verdad es que tiene muchísimo, muchísimo trabajo, porque aquí se mezcla la ficción, por un lado, y el contexto histórico.
-Esa es la ecuación más delicada de equilibrar.
-Uno tiene que ser, por un lado, fiel a los hechos históricos y, en segundo lugar, verosímil con lo que cuenta. O sea, que esta parte ficcional también encaje en ese contexto histórico.
-Hablando hace poco con Pablo Maurette, nos decía que hacer novela histórica es complicado, primero, por el trabajo documental, y después porque hay que lograr que los personajes tengan carnadura y cobren vida en función del contexto que se estás abordando. Es mucho más sencillo diseñar personajes totalmente imaginarios, ¿no?
-Claro, en un personaje imaginario sos totalmente libre, como escritor, de decir lo que se te canta. Aquí, en esta novela, Pueyrredón habla, Liniers habla, Sobremonte habla. Y hablan, digamos, según lo que yo imagino. Pero ese discurso de ellos tiene que ser, cuanto menos, como dije antes, verosímil y, además, respetuoso.
-En todo sentido.
-Respetuoso de la historia y, también, de todos ellos, que fueron personas importantes.
-Supongamos que la historia argentina empieza recién a principios del 1800. Han pasado casi doscientos treinta años. ¿Por qué elegiste, para escribir, ese preciso momento histórico, 1806, y en Buenos Aires? ¿Qué te llevó ahí?
-Te diría que fue muy curioso. Por algún motivo, que no sé cuál es, siempre me quedó grabado ese periodo de la primera invasión.
-Es un punto fuerte en nuestro imaginario.
-Fue una invasión, fue una conquista que duró sólo alrededor de cuarenta y nueve días. Yo había terminado de escribir unos relatos y tenía varias ideas. Ahí me dije: qué bueno pensar en cómo vive la gente común en un periodo revolucionario, de crisis, de cambios, de temores y, sobre todo, en un periodo acotado. Porque de eso se trata esta novela, ¿no?
-¿Tenías algún marco comparativo?
-Yo qué sé, la Segunda Guerra Mundial duró años. Hay un montón de conflictos. Pero esto sabía que había durado esos cuarenta y pico de días, con lo cual me pareció que era un lindo terreno como para ver, en la previa, el durante y el después de una rápida reconquista. Por supuesto, lo que más me interesó eran esas ganas de independencia, esa necesidad de independencia incipiente que la primera invasión inglesa, sin duda, para mí, la potenció.
-Exacto. Estamos casi en las horas previas de las gestas independentistas.
-Obviamente, no soy historiador. Y los hechos históricos de la novela son el marco, la referencia que debe tener. Todos son auténticos. Pero lo que me interesaba, sobre todo, era meterme en la gente. Digo meterme porque se trata de meterse en la psiquis de esa gente para ver cómo vivió esos cambios y sus expectativas.
-Es muy rica de tu parte la mirada en redondo de la situación. No te concentrás solo en los héroes o los protagonistas centrales. Te metés en los hogares, describís las distintas facciones: los proespañoles, los simpatizantes de los ingleses, los independentistas y mucha gente que no tomaba un claro partido, como los pueblos originarios.
-Sí, como te decía antes, busqué ver la invasión desde el punto de vista de las personas porque, para lo otro, tenemos un montón de muy buenos libros históricos. La novela, pues, está contada no desde el poder, sino desde la gente común.
-Desde la base.
-Cuando digo la gente común, hablo de todos, desde el ganadero, el estanciero, que, si bien es español, simpatiza con los ingleses; desde la esclava, que fue secuestrada en África, traída a estas tierras y cuál es la perspectiva de ella también. Digamos, me pareció rico tratar de ver esas miradas, siempre desde el llano.
-Completamente logrado.
-Por eso insisto, si bien es una novela histórica, también es una novela con pasiones, con confianza, desconfianza, traiciones, que creo que es la parte que a mí más me gusta. Pero, por supuesto, en ese contexto.
-Has trabajado mucho la cotidianeidad, desde la ropa que usaban los protagonistas o el mobiliario de sus moradas. Sos muy descriptivo con las comidas o bebidas. Por ejemplo, a nosotros nos resulta significativo cuando contás que Eustaquio, ese hombre rico que aparece al principio, se sentaba a la mesa y tomaba vino carlón.
-Es que, justamente, la investigación previa, más allá de los hechos en sí, de la batalla de Pedriel, las fechas o los personajes históricos; más allá de eso, lo que más me costó fue, de alguna manera, reconstruir para mí, entender, cuáles eran esas pequeñas cosas de todos los días.
-Una buena elección.
-Uno puede escribir una novela histórica sin referirse a eso, pero creo que lo que pinta, lo que le da bastante color a un relato, son precisamente esas pequeñas cosas. Entonces es cuestión de ver, como vos bien dijiste, qué comían, qué bebían, cómo se vestían, cuál era su relación con la religión, qué música escuchaban; si se leía o no se leía y qué.
-La rica atmósfera de la intimidad.
-Es decir, se me abrió un mundo y tuve que volver doscientos años atrás, remontarme, para tratar de, primero, entenderlos yo y, después, usar esos elementos como para darle cierta calidez al relato y que no sea simplemente una cuestión de hechos. Es muy importante el color en la novela.
-Sí, la palabra color define bien tu trabajo. Y sos muy gráfico. Por ahí entrás al despacho de Eustaquio, un mandamás de familia, y parece que lo hicieras cámara en mano porque vas describiendo el ambiente del escritorio. Nos mostrás las velas con que se alumbrabas y hasta el papel que alisaba como una manía.
-(Ríe) Me alegra, porque la novela salió hace muy poco en España y ya se empezó a distribuir en Argentina hace un par de semanas. Entonces recién me van llegando retornos. Y esto que me decís me encanta, porque la idea es esa: entrar en el despacho de Eustaquio como en un montón de lugares comunes, en las casas de la gente común. Me interesa, insisto, que el lector pueda eventualmente tener una sensación parecida a la que yo tuve al escribirlo.
-Una pasión por el detalle.
-Ahí están esas pequeñas cosas como el mueble, desde qué calefacción usaban, qué pisos tenían, si eran de madera o de ladrillo. Todo eso es así, no está inventado. Es lo que yo pude investigar. Para que el lector se sienta un poquito inmerso en esa Buenos Aires colonial.
-Ese es el atractivo que tienen muchas de las mejores series que se pueden verse hoy en el streaming, desde Los Bridgerton hasta Peaky Blinders, lo bueno es cuando esas series, es más difícil todavía porque tienen que representarlo en la pantalla, con sus reconstrucciones históricas llenas de detalles. Te sumergen en la trama, ¿no?
-Sí, sí, sin duda. Coincido plenamente. No soy un gran consumidor de series, pero es así. Con el discurso solo no sirve. Importan la imagen, la precisión y las sensaciones. A mí me interesa eso en esta novela o en cualquier otra, pero en esta, sobre todo: que cuando uno describe algo, que la gente no sólo entienda, sino que sienta, que pueda ver, escuchar el ruido de ese papel, como bien decís, de Eustaquio, que lo arruga; y el aroma de la chimenea y esas cosas. Se trata de entrar de esa manera en la historia, habitarla. Después, si uno lo consigue o no, ya es otra cosa.
-Todo ese rescate, esa investigación del Buenos Aires colonial, ¿lo hiciste cuando todavía vivías en la Argentina o mucho lo tuviste que ir trabajando desde París?
-No. Lo hice absolutamente todo en Argentina.
-¿Cómo fue el proceso?
-Cuando apareció la idea, me dije: tengo que hacer de cuenta que estoy viviendo en julio de 1806, en Buenos Aires. Así empezó antes de ponerme a escribir. Digo, bueno... me levanto a la mañana, ¿qué desayuno?, ¿cómo me visto?, ¿a qué hora almuerzo?, ¿meriendo o no?, ¿se hace la siesta o no?, los horarios de la familia, ¿qué hace mi hija?, ¿qué hace mi hermana?, ¿qué hace mi...?
-Un vendaval de curiosidades.
-Me hice un listado como de setenta u ochenta preguntas y empecé a investigar en función de ellas, antes que de los hechos históricos.
-¿Por qué así?
-Porque, respecto de los hechos históricos, uno abre cualquier manual sobre el tema y los tiene: cuándo llegaron los ingleses, cuándo tomaron el fuerte, cuándo fue la reconquista, cómo se armó Liniers, etcétera. Pero estas cosas de las que estamos hablando son las que no están. Hay que realmente investigarlas como, por ejemplo, si comían codornices y un montón de cosas más que ni se me habían ocurrido, realmente.
-¿Y a partir de ahí?
-Esa fue la investigación que hice a priori. Y cuando tuve todo eso, ahí me sentí cómodo para empezar.
-Desde en un mundo interior, no desde la marcha del invasor.
-La novela empieza en la casa de una familia de tradición española, pero arraigada en Buenos Aires. Una familia muy burguesa. Y cuenta cómo toma cada uno esta llegada de los ingleses. No es para nada uniforme la sensación de todos.
-Por eso es importante el cuadro de situación.
-Claro, para que cada uno empiece a hablar, veamos dónde está sentado, sobre qué sillón, qué mueble se usaba, toma café o té. Es decir, tuve que investigar todo eso para que los personajes sean creíbles y, sobre todo, fieles a esa época. No les voy a hacer encender la luz en ese momento, ni tomar el tren bala, evidentemente.
-Hasta te das el lujo de permitirle a un personaje hacer toda una disertación sobre el verdadero cognac francés y su diferencia con el brandy.
-Es que hay que tratar, más allá de la historia de fondo, de embellecer la trama. Y uno lo hace aportando ciertas cosas que a algunos les van a interesar y a otros no.
-¿De qué origen son ustedes, los Salem?
-Mi abuelo paterno viene de Alepo, Siria. De todas maneras, en mi familia, como en la mayoría de las argentinas, tengo raíces de Siria, de Polonia, de Rusia, de Egipto. O sea, tengo de todo.
-Como el país. Volviendo a tu trabajo, decías que en tu segunda novela desarrollás una trama policial. Pero en Noventa y nueve días bajo la niebla también hay algo de eso. Hay crímenes.
-Sí, hay crímenes. ¿Y sabés por qué lo hago? No de sádico o porque me guste la sangre. Pero a mí, si hay algo que me guía cuando escribo, es tratar de meterme en la cabeza, en la psiquis del ser humano. Porque lo que se declama, lo que declamamos todos, es lo que nosotros decimos y lo que creemos que creemos y lo que creemos que somos; pero todos tenemos adentro muchas cosas inconscientes que ni nosotros mismos entendemos; o que vamos descubriendo a medida que crecemos, que maduramos.
-¿Cómo lo resolvés, a partir de ahí?
-Me gusta hacer ese juego con los personajes. Es mucho más fácil hacerlo con los personajes que conmigo mismo, evidentemente. Entonces, Dominó, la novela anterior, empieza con un crimen. Se juntan cuatro amigos a jugar dominó todas las semanas en un barrio de clase media de Buenos Aires. Y uno no aparece. Lo habían asesinado de un golpe en la cabeza.
-¿Por qué ese comienzo, precisamente?
-Porque yo quería que esos jubilados fueran sacudidos por una emoción fuerte que les cambiara el juego, esa rutina diaria de todos los días igual: tomar el matecito a la mañana, ver el noticiero, comer la pata de pollo, la siesta. Y es gente que ya ha vivido todo, ha vivido guerras. Entonces, tenía que conmoverlos. Y me pareció que la mejor manera de hacerlo para ver cómo reaccionaban, cómo se planteaban la nueva realidad, era mediante un crimen.
-Repetiste, se ve, el procedimiento.
-Acá pasa lo mismo. Aunque, bueno, en este caso el elemento movilizador inicial es la invasión.
-Claro, es el telón de fondo, el asunto central.
-Pero luego también hay algunos crímenes que no dejan de ser consecuencia directa o indirecta de la invasión. Digamos, si no hubiera estado la invasión inglesa, estos crímenes no hubieran ocurrido.
-Una pregunta de memoria escolar. ¿Por qué la inquina, en ese momento, hacia los ingleses, hasta el punto de tirarles aceite hirviendo desde el techo de las casas?
-El tema del aceite que les tiraba la gente a los ingleses yo lo estuve buscando porque lo aprendí en el colegio y era tomado como una verdad cierta. Aparentemente, no fue así. Nadie les tiró aceite hirviendo.
-¡Mirá vos!
-Para mí fue una decepción, te aclaro. Sí les tiraban algunas piedras.
-¿Cómo fue, pues?
-El día que los ingleses desembarcan en el sur, en lo de los Quilmes, y van marchando hasta el fuerte, a la Ciudad de Buenos Aires, antes de llegar al centro, desde algunos balconcitos, les tiraban piedras. Pero no hubo aceite. Yo no encontré, al menos, ese dato.
-Hemos refutado otra leyenda.
-Fuera de eso, hablemos de los nativos, de Buenos Aires y de las tierras aledañas. Nosotros nacimos dominados, nacimos súbditos. Es decir, súbditos de la corona española, ¿ok?, en Buenos Aires, que fue el comienzo, la capital del Virreinato. Era lo que conocíamos.
-Ese importante recordar el carácter de españolidad que tenía ese momento.
-Por eso, cuando viene el otro, o sea, los ingleses, una cultura distinta, un idioma distinto, una religión distinta, evidentemente todos rechazamos el cambio. Porque, sobre todo, era un cambio impuesto, no elegido. Por lo tanto, los locales, en líneas generales, rechazaban a los ingleses por eso, más que nada. Como si hubieran sido los franceses o los italianos o los portugueses. Creo, es una suposición.
-Siempre está la suposición irónica de si no fue una equivocación haber rechazado a los ingleses.
-Es cierto. Todos nos preguntamos qué hubiera pasado si esa invasión hubiera funcionado y, por ahí, bueno, seríamos algo similar a Nueva Zelanda o Australia. O no. No lo sabemos.
-Una duda que quedará flotando para siempre.
-De todas maneras, me quiero quedar con un dato que me parece no menor. Más allá de la opinión que cada uno tuviera en ese momento, en 1806, respecto de los británicos, y la siguiente de 1807, creo que eso nos ayudó a los ahora argentinos a la lucha por la independencia, porque fue la primera revolución que tuvimos.
-Interesante punto.
-Fue cómo decir: se están cambiando el poder de uno a otro, ¿y por qué no nosotros? Eso, unido a todo el movimiento napoleónico contra las realezas, etcétera, y la independencia de Estados Unidos, fue un empujoncito. Por lo tanto, más allá de que a algunos no les gustan los británicos, hay que agradecerles de alguna manera eso, ¿no? Pero, bueno. Son opiniones.
-Muy atendibles, por otra parte.
-En cada cambio en lo personal en nuestras vidas nos pasa también. Todo cambio tiene algo de positivo, pero también tiene cosas que se dejan en el camino. Entonces, la llegada de los ingleses a Buenos Aires, a pesar de que la primera invasión duró nada más que cuarenta y nueve días, dejó, desde otro punto de vista, ciertas cosas positivas.
-¿Como qué?
-Obligó, por ejemplo, de alguna manera, a los españoles a abrir los mercados de Buenos Aires.








