Diario Uno > Sociedad > Vidas mediáticas

J.L. Fernández desdramatiza las fake news: "Las audiencias no son tontas sino muy hábiles"

El nuevo libro de José Luis Fernández, Vidas mediáticas. Entre lo masivo y lo individual, fue la excusa para mantener una instructiva charla en el programa La Conversación de Radio Nihuil

El entramado mediático que condiciona nuestras vidas y el pulso del planeta se modifica con una velocidad sorprendente. Entenderlo cabalmente en su creciente complejidad es cada vez más arduo para el común de los usuarios.

Por ello cobra un particular interés el análisis, pausado y en profundidad, de los especialistas. Es el caso de José Luis Fernández, doctor en Ciencias Sociales, profesor de Semiótica de las mediatizaciones en la UBA y autor de numerosas publicaciones sobre el tema.

Su nuevo libro, Vidas mediáticas. Entre lo masivo y lo individual, fue la excusa para mantener una instructiva charla en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Profesor, ayúdenos a guiarnos en la perplejidad que nos produce la explosión vertiginosa de la galaxia mediática. Su propio trabajo lo plantea en la página 246: “¿Qué estará en el centro de la escena cuando este libro se edite?”.

-Exactamente. Es un desafío escribir libros sobre tema. Es apostar a que sirvan para distintas escenas. Por eso no se trata de ejemplificar con demasiados temas de actualidad sino de entender algunas corrientes que atraviesan a todas las mediatizaciones y que permiten empezar a pararnos; eso, sin soñar que vamos a parar la historia, que es un problema que tiene la vida académica, ¿no?

-Claro, hay que fijar algunas líneas maestras.

-Necesitamos que los objetos que estudiamos estén más o menos quietos, que se repitan, para poder organizar nuestros trabajos. Ahora nos movemos en un clima de permanente transformación. Algunos pasos vamos dando.

-Dado que estamos hablando en radio, usted en su libro y en otros escritos destaca la relevancia de este viejo y modesto medio de comunicación que, contra todos los pronósticos, sigue manteniendo una gran vigencia.

-Es que la radio, con los sistemas de medios de sonido que crecieron juntos como el teléfono y el fonógrafo, estimulándose entre sí e interactuando, es la primera gran experiencia de lo que ahora se llama comunicación hipermediática.

-¿A qué llama comunicación hipermediática?

-Aquella donde distintos medios juegan y donde la participación del oyente ya era muy importante.

-¿Por qué?

-Porque el oyente, que está en movilidad y usando el teléfono con la radio puesta, data de la década del 30 del siglo XX. Los autos, desde el principio, venían con radio, al menos en Estados Unidos. En aquella época había concursos en los que participaba el teléfono y la gente llamaba para pedir a sus cantores preferidos o para atacar a alguna figura del teleteatro que la enojaba.

-Una práctica que, grosso modo, se ha mantenido hasta ahora.

-Esa vida en plataforma fue el anticipo de lo que estamos viviendo ahora y por eso este sistema tiene relativo éxito: porque ya estamos entrenados. La otra mediatización que tiene ese recorrido es la comunicación en vía pública: los afiches, los papelitos que nos dan, los grandes carteles en la ruta. Todas esas son mediatizaciones que requieren de la atención flotante de la audiencia.

-¿Y los medios masivos?

-Todos ellos fueron estudiados pensando en la lectura, en un escenario tranquilo, en la televisión en el living de una casa y en el cine en una sala cinematográfica.

-Pero aquellas expresiones más humildes en torno a la radio demostraron su vigor en el tiempo, ¿no?

-Estas mediatizaciones crecieron un poco fuera de la atención de la academia y siguen generando sentido, sobreviviendo e interactuando con los otros medios. Y así estamos en un momento de auge de las mediatizaciones de audio. Por ejemplo, con los mensajes de voz en las distintas plataformas.

-¿Qué efectos causó la pandemia sobre este universo?

-Profundizó tendencias que ya venían y puso en evidencia fenómenos como el de los adultos mayores, que podrían estar fuera de las mediatizaciones y están participando cada vez más activa y entusiastamente en plataformas de la época.

-¿Y los chicos?

-Ellos que, según las ciencias sociales desde la década del 90, se estaban perdiendo en sus computadoras y luego en sus teléfonos, y no tenían ninguna vida; pues bien, esos son los adolescentes que han salido a la calle porque extrañaban el contacto físico, bailar y cuestiones de ese tipo. O sea, ese tipo de cosas se producen con la pandemia: profundizaciones que generan efectos de transformación.

-¿Por qué en las redes aparecen tan malas interpretaciones, confusiones, en torno a lo que se publica? Hasta una foto puede provocar una reacción adversa.

-Ahí pasan diversos tipos de fenómenos, algunos de larga data que son propios de la especie, como el malentendido. Lo que mencionás de la foto pasa también cuando a un amigo le decís “¡qué linda te queda esa camisa!” y tu amigo te pregunta: “¿Por qué me lo decís?”. El malentendido es tan importante en los intercambios discursivos como el bienentendido, por llamarlo así. Sucede que todos estamos aprendiendo a manejarnos, porque no hay una experiencia social larga como ocurre con la escritura o con la conversación.

-¿Por qué nos cuesta ubicarnos en esta perspectiva?

-Porque en castellano les llamamos redes sociales a lo que en inglés es social media, es decir, medios sociales. No es verdad que lo que define nuestra vida es que estemos en red, sino el registro que tenemos de esa presencia en red a través de las plataformas como, por ejemplo, cuando publicamos una foto.

-Un proceso en continua transformación.

-Lo importante es que se está aprendiendo. No es cierto que Facebook sabe cómo va a ser Facebook dentro de diez años. Ni lo saben aquellos que estudian Facebook. Tampoco los usuarios, que no sienten ningún conflicto con la plataforma, saben cómo será su vida en Facebook en los próximos años. Y eso vale para Twitter, TikTok, LinkedIn o el home banking de tu banco. Todo eso está funcionando entre sí, interactuando, más allá del control de los distintos operadores. Y ese es uno de los desafíos de la época que genera incertidumbre pero que, también, genera que haya nuevas oportunidades de transformaciones no todas negativas.

-Hablando de novedades, ¿qué opinión le merece el algoritmo GPT-3 que es capaz de escribir con una deshumanización muy notable en términos de ética y de mensaje, y muy poco distinguible de un ser humano?

-Cada cosa que aparece presentada como novedad hay que esperar que madure. El proceso de maduración es el próximo proceso que tenemos que estudiar; tratar de entender lo que son tendencias.

-¿Por ejemplo?

-El triunfo de las computadoras en el mundo del ajedrez no eliminó el ajedrez. Y los ajedrecistas debieron afrontar nuevos desafíos, uno de los cuales venía de los primeros efectos de la inteligencia artificial. Otro ejemplo: las fake news (noticias falsas). Generan una preocupación terrible como si estuviera por derribarse el mundo cuando, de cada cien fake news que nos llegan distraídamente, hay una mitad que no interesa. Y la otra mitad, la gran mayoría se da cuenta de que es algo falso o, por lo menos, poco creíble, que uno chequea.

-Es más tranquilizadora su visión. ¿Por qué sucede?

-Porque no es verdad que a uno le llega una información y reacciona, sobre todo si es importante para su vida. En la vida cotidiana de siempre, y en la de ahora muy especialmente, tenemos acceso a muchísima información que no nos interesa y vamos aprendiendo a descartarla, a elegirla, a editarla, a curarla.

-Desde los medios tradicionales se acostumbra cada vez darle mucha importancia a lo que dicen los oyentes o los lectores, también a las redes sociales. ¿No lo encuentra peligroso, pues contribuye a efectuar un recorte demasiado estrecho de la realidad? ¿A fomentar el efecto burbuja?

-¿Puede ser peligroso? Y sí. La vida social es peligrosa y como cada vez tenemos más información, además de contar con más oportunidades de hacer cosas divertidas, novedosas y hasta productivas, también se nos aparecen, todo el tiempo, posibles riesgos. Es como si uno anda por la calle en bicicleta y muy rápido, va a encontrar más riesgos que si camina despacio por la vereda. Entonces, el ritmo de la vida, los distintos intercambios en los que participamos, generan nuevos riesgos.

-¿Cómo movernos, a partir de esta realidad?

-No creo que se pueda escapar a ese efecto. Cuando pasa algo en un medio masivo y desde las plataformas se responde a eso, pues bien, el medio masivo lo tiene que incorporar. Tal vez esté exagerando demasiado, porque, insisto, son procesos de aprendizaje.

-¿Cómo impacta una acción como esta en los medios más tradicionales?

-A los medios que siempre han sido interactivos, como la radio, les facilita el trabajo.

-Cierto. La radio está en permanente ida y vuelta con sus oyentes.

-La radio siempre ha sido generosa. Fue la primera organizadora de shows en vivo y hasta masivos, aun a costa de que el público dejara de escucharla para acudir a esas reuniones. La radio tampoco peleó con la televisión. La dejó que creciera, le regaló el radioteatro y hasta esos shows en vivo, y se metió en los intersticios de la vida social, mientras caminamos, mientras andamos en bicicleta, mientras manejamos el auto; y nos da información, cultura y entretenimiento, que podemos combinar con distintas actividades que hacemos.

-¿Entonces cómo evaluamos las nuevas participaciones de los oyentes?

-El agregado de la presencia de ese posteo constante, por Whatsapp, por Twitter, de la voz de los oyentes, me parece que contribuye a la frescura, a la elasticidad y a la generación de algunos errores inevitables. No creo que ese efecto productivo sea lo mismo en la televisión.

-¿Por qué no?

-Porque allí lo audiovisual tiende a ser desperdiciado por tratar de convertir la pantalla del televisor en una pantalla parecida a la de la computadora. Esa experiencia es de vuelo corto. En cambio, la radio viene metiéndose en intersticios, recibiendo llamados, sin nunca tener un rating demasiado confiable.

-Es muy didáctico la interpretación que hace su libro sobre el formato de la radio que, con el paso de los años, abandonó el relato para ofrecer sus contenidos con un esquema de mosaico.

-Uno de los esfuerzos del libro apunta a salir de la idea de que toda mediatización, toda acción humana, es relatable y narrativisable.

-¿Cómo es la cosa?

-La comunicación masiva trabajaba siempre en mosaico. La página de un diario es un mosaico de distintos géneros y materialidades. Hay fotos, hay dibujos, hay títulos, hay escritura en serio, hay escritura humorística. Entonces, el ciudadano que tiene entrenamiento para manejarse con las mediatizaciones y se convierte en alguien hábil para esa tarea, siempre ha sido visto, desde el mundo académico, como un cavernícola platónico atado a sus cadenas.

-Una mirada despectiva…

-Siempre les aconsejo a mis alumnos: pregúntenle a alguien que no sea especialista en comunicación; a individuos comunes, albañiles, señoras de su casa, empleados de oficina, cajeros de banco, obreros metalúrgicos, choferes de camiones; pregúntenles qué ven cuando ven a algún político exagerando, una publicidad inflando los efectos de sus productos, a alguien haciendo chistes. Pregúntenles qué piensan de eso.

-¿Y qué encuentran sus alumnos?

-Mucha mirada irónica, mucha relativización.

-O sea, nada de ingenuidad.

-Esa relativización no estaba registrada en ningún lado, pero los que investigábamos medios y audiencias sin preconceptos ni prejuicios siempre la veíamos. La gran transformación es que todas esas opiniones ahora se vierten en plataformas públicas o semipúblicas. Entonces, un periodista dice algo como si fuera inteligente y alguien que lo escuchó y que le parece una tontera, tiene un espacio para decirlo. A su vez, alguien le puede responder a este último. Y rápidamente se arman esas especies de intercambios discursivos que son difíciles de capturar, pero que son unas de las claves de la época.

-Partiendo de esta aguda relativización comunicacional, ¿por qué tantos políticos o intelectuales están obsesionados con la supuesta enajenación que producirían los llamados medios hegemónicos en la población?

-Hay ahí dos fenómenos diferentes para entender las distintas capas que nos mueven en la vida social. Por un lado, creo que todo el sistema académico sobre los medios es continuidad de la caverna de Platón.

-¿Qué significa?

-El filósofo decía: yo veo las cosas directamente y por eso tengo que gobernar. Imagínense que gobernaran esos que están encadenados en las cavernas y viendo solo cosas distorsionadas. Eso sigue vivo.

-Eso en el caso de los académicos. ¿Y los políticos?

-Con los políticos pasa algo muy relativamente misterioso y que no sé si va a tener continuidad. Hay una especie de circuito al que yo llamo panelismo.

-¿De qué se trata el panelismo?

-En los paneles televisivos intervienen periodistas, políticos y consultores. Los políticos diagnostican, los periodistas proponen medidas supuestamente reclamadas por el pueblo y los consultores hacen encuestas o dan opiniones que confirman o le ponen términos técnicos a todo eso.

-¿Adónde apunta ese esquema?

-Eso está pensado para tener respuesta en Twitter. Y Twitter responde. Entonces, es frecuente que en estos paneles haya una pantalla grande donde se ven los posteos y las encuestas que se hacen entre tuiteros.

-¿Y por qué pasa esto?

-Por ciertos juegos de nuevos verosímiles que producen efecto de verdad. Pero lo cierto es que Twitter es seis veces más chico que Facebook. El 80% de los tuiteros no tuitea, solo mira. Y, además, si prestamos atención, en cualquiera de nuestros muros, en el timeline de la red, los posteos dedicados a política, a la grieta polarizada y de odio, son una minoría. Es decir, esos paneles tienen muchos menos rating que lo que tenía algún programa importante en otra época y repercuten en una plataforma que de ninguna manera es la más importante. Sin embargo, se insiste ahí.

-¿En conclusión?

-Ahí, en ese efecto, encontramos una de las grandes razones por la que los políticos no pueden conducir los países o regiones donde gobiernan. Se están comunicando con un porcentaje muy chico de la población. Después uno tiene que pedirle a la gente que se quede en su casa o que se vacune. O sea, medidas masivas. Pero sectores enteros de población no es que se opongan, ¡ni se enteran de que existen gobernantes que le sugieren hacer cosas!

-Pero no es un asunto que nos ataña solo a nosotros, los argentinos, ¿no?

-Aunque aquí se dé un poco más profundizado, es un fenómeno internacional, por lo menos en Occidente. Lo hemos visto hasta en un país organizado como Alemania con una dirigente que viene dando pruebas de su racionalidad desde hace mucho tiempo como Angela Merkel. Fenómenos como la pandemia, el juego de medios, la pasividad para emitir, todo eso confunde los niveles.

-¿Entonces?

-Entonces, los políticos, periodistas, consultores, académicos, están en una sopa que es chica para contener todos los ingredientes que constituyen la complejidad de una vida social como la nuestra.

-Retomamos un asunto que nos preocupa. María Florencia Freijo, politóloga, comunicadora, ponía un tuit indicando cómo combatir las fake news. ¿Cómo se hace, según usted? Y, por otro lado, si uno ya publicó algo falso, ¿cómo hacer para que no se viralice?

-Sigo con la misma alegoría de la caverna. La caverna nunca existió; sin embargo, se sigue usando como ejemplo. También se dice que hay imágenes que valen por mil palabras; pero no se dice que hay palabras, conceptos, que no se pueden representar por ninguna imagen. Por lo tanto, estudios actuales sobre esta materia dicen que lo de las fake news no es un problema del periodismo.

-O sea que nuestro margen de maniobra es estrecho para reaccionar.

-Las fake news van a seguir existiendo. Si yo me equivoco tuiteando o mandando un Whatsapp y puedo hacer un desastre, algo que a todos nos ha pasado; lo que se puede hacer con eso es disculparse y entender hasta dónde llega la red que a uno lo valora y lo protege o lo odia. ¡No hay nada para hacer!

-Cuesta salir de nuestro microclima de la comunicación.

-Lo que hay que estudiar y, quizá, perfeccionar, es que cuando nosotros, en nuestro ambiente, decimos información, naturalmente pensamos en información político-económica. Y toda la teoría de la opinión pública, de los medios, se ha construido alrededor de la difusión o no de ese tipo de información. Como mucho se agrega cada tanto la publicidad como factor comercial.

-El campo de interés para el público en general es más amplio, ¿no?

-Todos los estudios indican que la información, para el individuo de una sociedad como la nuestra, es muy diversa. Solo una parte la ha recogido en los medios masivos. Y ese individuo está muy entrenado para buscar información en otras fuentes.

-¿Por ejemplo?

-Veamos. Uno tiene que decidir las vacaciones. ¿Hay alguna fake news que lo haga ir a un lugar horrible y donde se esté desatando una guerra; o donde quede tan lejos que sea imposible llegar o donde uno no pueda pagar el pasaje? Todos los días, al salir de nuestra casa, tengo que decidir cómo voy al trabajo: ¿voy con transporte público o con mi auto? ¿Voy en bicicleta o en moto? ¿O voy caminando y me hago dos o tres kilómetros de ejercicio? Todas esas decisiones, que tomamos como indígenas de una sociedad cualquiera, implican un nivel de conocimiento y una complejidad que no han sido estudiados. Yo veo así a las audiencias: hábiles.

-Volviendo, entonces, a las fake news, ¿cuál sería la conclusión?

-Lo importante de una noticia falsa, que se genera por maldad, por error o por lo que sea es, primero, que me llegue. Y cuando me llegó, ¿creí que era verdad o me di cuenta de que era mentira? Y si pensé que era verdad, ¿tomé alguna decisión en mi vida vinculado a eso? A lo mejor no tomé ninguna porque no es importante para mí, no me cambia la vida. Entonces, el problema, cuando mucho, lo tienen los emisores, no los receptores.

-El receptor no es un cavernícola, como decíamos…

-Mirando los posteos, pero no los que se destacan sino los que pasan desapercibidos, me parece que confirman esa experiencia mía de investigación que dice que las audiencias no son ni ciegas ni tontas sino muy hábiles -con ciertas limitaciones- para sortear obstáculos y encontrar lo que necesitan.

-Hay algoritmos con una potencia sobrehumana que afinan su mensaje para generarnos conductas que no sabemos si son del todo libres. ¿Cómo juega esto con su análisis?

-De ninguna manera descartaría el fenómeno de la inteligencia artificial. Buena parte de nuestra vida cotidiana, por ejemplo, a través de la internet de las cosas, va a estar ordenada de un modo automático. Eso está en marcha y ya estamos presos.

-¿Cuál es la discusión, entonces?

-Yo, que no estudio inteligencia artificial sino sistemas de intercambio discursivos, utilizo un set de plataformas bastante variadas. Te doy dos ejemplos. El algoritmo de YouTube, que uso fundamentalmente para distribuir música en mis redes, entiende mis gustos, que son bastante eclécticos. E incluso incluye novedades que no conozco. Eso está funcionando.

-¿Y Netflix?

- Netflix no puede entender cómo miro yo series. No me las recomienda. Y eso que soy un receptor bastante clásico. Conmigo está perdiendo plata. Y la plata que pierde Netflix, alguien la pone.

-¿Qué otra experiencia tuvo en este terreno tan en boga?

-La única máquina que estudié algo fue la de Spotify. Y mirando las publicaciones de otros que también la estudian, rápidamente a uno se le ocurren elementos que, traídos de las ciencias sociales o ciencias del discurso, ayudarían a ordenar y a hacer más eficientes esos algoritmos. Es evidente que todavía no hay ligazón entre estas ciencias y el mundo de la cibernética.