Entrevista en Radio Nihuil

Isabel Allende: "Escribir sobre Paula me salvó la vida; el dolor y el conflicto son la materia de los libros"

En una charla con Radio Nihuil, la autora viva más leída en español reveló los secretos del proceso creativo expuestos en su obra autobiográfica La palabra mágica y cómo la tragedia de su hija dividió su existencia en un antes y un después

Seis años después, la escritora chilena Isabel Allende volvió a conversar con Radio Nihuil. Fue este jueves en el programa Ida y Vuelta con Gabrielli. La excusa, su nuevo libro: La palabra mágica: una vida escrita.

Pero la conversación con Andrés Gabrielli fue más que abordar un lanzamiento literario. La autora chilena, de 83 años, radicada en California hace tantos años, habló de todo: de su vida, de su obra y de sus emociones profundas. De su hija Paula. De sus amores. De sus antepasados. De la vida misma.

La palabra mágica. Una vida escrita es muy autobiográfica, de ella y de su familia. Y una conexión perfecta para los lectores y los escritores. O para quienes quieran serlo.

La autora chilena, de 83 años, radicada en California hace tantos años, habló de todo: de su vida, de su obra y de sus emociones profundas.

La autora chilena, de 83 años, radicada en California hace tantos años, habló de todo: de su vida, de su obra y de sus emociones profundas.

- Teníamos mucho interés en volver a conversar con usted. Tal vez no se acuerda, porque da tantas entrevistas en su vida, pero hace seis años hablamos acá por Largo pétalo de mar.

-¿Dónde la encontramos ahora, en su casa de Estados Unidos?

- Sí, en mi casa, en California.

- Esa casa tan rara que usted describe en su nuevo libro La palabra mágica. Usted la describe como una construcción antigua que fue reacondicionando de a poco.

- Esa es mi oficina. Ahí tenemos la fundación (Isabel Allende Fundation), ahí está mi oficina, ahí están todos los archivos. Es, efectivamente, una casa victoriana, antigua, muy encantadora. Pero mi casa no, parece una casa de playa común y corriente.

- No podría ser de otra manera siendo chilena, teniendo el mar como parte de la vida. Por eso me acordaba de Largo pétalo de mar, que es en honor a su país.

- Sí, ese libro salió fácil porque es la historia de un amigo mío; un tipo que conocí en el exilio en Venezuela, que se llamaba Víctor, también. Para él era el segundo exilio, porque ya había salido de España antes, después de la guerra civil.

- Recuerdo que en ese momento usted estaba muy enojada por el gobierno de Trump, a quien calificaba como un gran machista. Tuvo un breve respiro, pero ahora le ha vuelto a tocar Trump. ¿Cómo lo está viviendo?

- Ahora está mucho peor, mucho peor, porque se ha asentado lo que sembraron antes. Lo planearon muy bien y lo programaron durante mucho tiempo, durante los cuatro años que no fue presidente.

La palabra mágica. Una vida escrita es muy autobiográfica, de ella y de su familia.

La palabra mágica. Una vida escrita es muy autobiográfica, de ella y de su familia.

-Usted ha sido una feminista muy consecuente. ¿Cómo afecta todo esto a su fundación?

-Mi fundación tiene varios programas, pero ahora nos hemos enfocado en los que tienen que ver con derechos reproductivos y con inmigración, porque son las dos cosas que están más afectadas para las mujeres, digamos. Y la situación de odiosidad, de división, de autoritarismo, de machismo, de racismo, todo lo que te puedas imaginar, es poco comparado con lo que está pasando.

- Así que, en vez de mejorar, las cosas han empeorado.

- Están mucho peor, pero mucho peor.

-¿Cómo llamamos a su nuevo libro La palabra mágica? ¿Es una biografía, un manual para escritores o qué otra cosa?

-La idea no fue mía. Lo explico en el libro. La BBC hizo un curso que se llama Masterclass y ahí me obligaron a poner, de una manera organizada, lo que yo hago por instinto. A partir de eso, me surgió la idea de hacer una especie de recuento o memoria de cómo lo hago.

-¿Con qué intencionalidad?

-No pretende ser un manual para otra gente, porque todos escribimos de una manera diferente. Y cuando terminé el libro, mi editora americana me dijo: mira, agrégale, al final, algún consejo que les pueda servir a aspirantes, escritores o a gente que está trancada con su trabajo; o al público en general, que le gusta leer y quiere saber qué hay detrás de La palabra mágica.

-En todas sus últimas apariciones, usted, Isabel, transmite una gran vitalidad, levantándose temprano para tomar su café, etcétera. Sin embargo, ya en el primer párrafo de este nuevo los justifica, según dice, “al acercarme al final de mi vida”. ¿Por qué se pone tan reflexiva?

-No es por morbosidad ni por pesimismo. Es sentido de la realidad. Tengo casi 84 años y no sé cuánto tiempo más me va a funcionar el cerebro o el cuerpo.

-¿Qué significa eso?

-Que estoy aprovechándolo al máximo, escribiendo lo más que puedo. Cada día es importante para mí, lo trato de vivir de la manera más completa posible, pero siempre con la conciencia de que es temporal y corto. Lo cual le da un tremendo valor a cada día. No vivo angustiada por eso, porque la muerte me ha tocado de cerca varias veces, entonces no le tengo miedo. Pero, fíjate que es un tema que no puedo hablar con mi marido.

- ¿Por qué?

-No sé. Él tiene como una fobia a mencionar la posibilidad de la muerte. ¡Como si fuera inmortal, imagínate! Así que no es un tema que podamos conversar. Pero yo lo tengo súper presente.

-Si no lo puede conversar con la persona que tiene al lado, tirarlo en el papel es su manera de hablar consigo misma, entonces.

-Claro, es lo que hago siempre. Escribo sobre las preguntas que me hago, sobre las cosas que me atormentan, las que me duelen. Mira, los libros nacen siempre del conflicto, de la oscuridad, del dolor, rara vez nacen de la felicidad. La felicidad es como gelatina, uno no la puede agarrar.

-Usted lo afirma en el libro textualmente. Y en la segunda página dice: “Paso la mayor parte de mi tiempo sola y en silencio, como un monje en su celda. Escribir es como meditar”. Es de lo que estamos hablando, ¿no?

-Sí, con la diferencia de que cuando estoy escribiendo, estoy escribiendo sobre la vida, sobre pasiones, sobre relaciones, no sobre la muerte. Pero siempre con la conciencia de que la vida es tan preciosa justamente porque termina. Imagínate que viviéramos para siempre, ¿cómo sería?

-Exacto. Según Borges, sería terrible que fuéramos inmortales. Pues bien, usted escribe historias realistas, pero también suele utilizar elementos fantásticos. Por ejemplo, usted dice: “En la soledad recuerdo, escucho voces, tengo visiones. En el silencio de la escritura a veces me visitan espíritus”. ¿Qué tipo de espíritus?

-Son los espíritus literarios que convoco. Pero también siento, a veces, la voz de mi madre. O la voz de mi abuela o la de Paula, indicándome ciertas cosas.

Isabel Allende habló este jueves con Andrés Gabrielli, en Radio Nihuil, desde su casa en California, Estados Unidos.

Isabel Allende habló este jueves con Andrés Gabrielli, en Radio Nihuil, desde su casa en California, Estados Unidos.

-¿De qué manera le sucede?

-De repente, me despierto a las tres de la mañana como asustada porque me doy cuenta de que hay una cursilada tremenda en lo que escribí ese día. Me levanto corriendo, voy a mi computadora y lo encuentro inmediatamente porque, o lo soñé o me lo sopló alguien. Un espíritu vino y me dijo: oye, no, pues esto no sirve.

-Un espíritu útil, en definitiva.

-O, si no, termino algo y siento la voz de mi mamá o la veo, diciéndome: mira, está bastante bueno tu cuento, pero al final no me gusta.

- Su mamá era una buena lectora, ¿no?

-Muy buena lectora y escribía precioso. Ella pertenece a esa generación a la que le enseñaron a escribir en la escuela: gramática, ortografía, cómo poner una frase bonita. Mi mamá escribía seis páginas a mano, con tinta, sin una sola corrección.

-En La palabra mágica figuran muchos nombres, incluyendo sus tres maridos, pero hay cuatro personas fundamentales en esta recuperación autobiográfica, que son su mamá, su abuela, su abuelo y su hija Paula. Ellos son un poco el corazón del libro.

-Son las personas que me acompañan, son esas presencias que uno carga. Yo sé que es un ejercicio de imaginación y de amor, que no ando viendo fantasmas, pero el tener la presencia de ellos constantemente en mi vida me ayuda muchísimo.

-¿Cómo carga con su presencia?

-Tengo las fotografías de ellos por todos lados. Pero en el lavatorio, donde me lavo los dientes tres o cuatro veces al día, ahí están mi mamá y la Paula, para saludarlas, para recordarlas. Es muy rico eso de tener a los muertos presentes.

-Paula se llama la revista donde usted trabajaba en Santiago, Paula se llama su hija y el libro que usted le dedicó para sobrellevar una muerte que a otra persona la hubiera destruido. Pero usted encontró la vuelta para terminar honrando en vida a su hija.

-Me salvó la vida, porque estaba tan mal después de un año cuidando a Paula en coma, que cuando ella se murió quedó como un vacío. Ya no había nada que hacer.

Allende tiene una fundación que hoy está enfocada en lo que tienen que ver con derechos reproductivos y con inmigración.

Allende tiene una fundación que hoy está enfocada en lo que tienen que ver con derechos reproductivos y con inmigración.

-Un verdadero calvario.

-Llevaba un año pendiente de ella, al lado de ella, tomada de la mano de ella. Y de repente se fue. Entonces, no quedó nada. Y ese vacío, que me habría, por lo menos, deprimido tremendamente, lo llené con la escritura. Y escribir sobre lo que había pasado, fue como meterme de vuelta en todo ese camino y entenderlo. Y aceptarlo. Porque fue un año muy confuso, que en la escritura se aclaró.

- Pero le cambió la vida para siempre, eso está claro, como usted acepta.

-La muerte de Paula, sin duda. Yo divido mi vida antes y después de eso.

-Inevitable, para una madre.

-Además, éramos muy unidas. Y Paula era un ser especial.

-Sin duda.

-Nicolás, mi hijo, que era su hermano menor, no puede hablar de ella sin que se le llenen los ojos de lágrimas, todavía, treinta años más tarde. La gente siempre le da el pésame a la mamá y nadie piensa en lo que sufrió Nicolás.

-Fue notable ese camino que encontró en la India, como una salida hacia otro lugar...

-Sí, sí. Y eso le recomiendo. Suelen llegarme cartas, de gente joven, en general, que me dice: quiero escribir, pero no puedo o no tengo tiempo o que tengo un libro adentro, pero no sé cómo contarlo.

-¿Qué les recomienda?

-Les digo: salgan de la zona cómoda en la que están, expónganse a otras cosas, a algunos riesgos, a otros paisajes, otros olores, otra gente. Y eso es como una inyección de vitalidad y de creatividad.

-Además de la experiencia con su hija, pareciera que usted también fue elaborando el duelo con su país, con Chile, que debió abandonar durante la dictadura de Pinochet. Lo fue exorcizando, suponemos, en libros como Mi país inventado o Largo pétalo de mar, ¿no?

-Nunca lo había pensado así, pero tienes razón, he ido recreando el país en muchos libros. El paisaje del sur, la gente, la comida.

-Usted es muy soñadora, lo dice todo el tiempo. Y sueña cosas impresionantes. ¿Anoche soñó?

-Sí, anoche soñé con una señora que yo adoré, que fue como una abuela postiza. La vi plantando un árbol.

-¿Qué quiere decir? Porque usted le va sacando sentido a los sueños...

-Este sueño de anoche no sé qué sentido tiene todavía. Pero cuando recuerdo un sueño es porque es importante. Muchos sueños, la mayoría, se me van, por supuesto. Me despierto y se me fue. Pero hay algunos que se quedan. Y a esos los anoto, porque después les doy la vuelta. Entonces digo: esto fue como un mensaje, esto fue una campana de alerta para una tontería que estoy haciendo. Esas cosas me pasan en los sueños.

-Porque, como usted enseña, los sueños revelan el alma del individuo.

-Yo creo que, en el día, cuando estamos despiertos, recogemos mucha información que pasa al inconsciente. Y ahí se queda, en una especie de bodega. Y cuando estamos dormidos, a veces esas cosas vuelven a un nivel más consciente. Si podemos recordarlo, nos traen mensajes. Pero no porque vengan del más allá, sino que porque ya los recogimos durante el día y los estamos elaborando.

-Es encantadora esta frase que usted dice en la parte de los sueños: “Al cabo de ochenta años soñando y cuarenta escribiendo, me estoy convirtiendo en bruja. Eso pasa con la edad”.

-Cierto. Tengo tres amigas que nos llamamos las brujas. Nos juntamos a almorzar, porque todas tenemos la sensación de que somos unas viejas brujas.

-Pero, ¿brujas buenas o brujas malas?

-No, brujas buenas.

-¿En qué tipo de escoba se mueven?

-Yo me muevo en un auto que tiene ya quince años de uso y que está chocado por todas partes. Soy el peor chofer de la historia.

-Usted cita varios autores, pero le da una gran preeminencia a Ken Follett, porque le enseñó a usar una investigación muy copiosa en beneficio de un libro atractivo.

-No creas que soy una fanática de Ken Follett, pero la única vez en mi vida que perdí un avión fue porque estaba leyendo Los pilares de la tierra.

-Claro, está contado en sus páginas.

-Digo: ¿cómo es posible que un mamotreto de mil páginas sobre las catedrales en el año 1200 me haya impedido subirme al avión? O sea, ¿cómo hace este tipo para meterte en la historia de esa manera?

-¿Cuál es la conclusión?

-Que una buena investigación te da fundamentos para un libro. Tú puedes mover a tus personajes con toda la fantasía que quieras, pero si la investigación te presenta un lugar y un momento totalmente creíbles, ya te ganaste al lector.

-De ahí usted obtiene otra premisa. No hay que atosigar con exceso de información. Y pone esto que es muy bueno: el propósito de una novela no es aleccionar. Si eso ocurre, es un beneficio tangencial. Porque muchos quieren bajar línea en sus novelas.

-Claro y darte un mensaje; y predicarte y decirte qué es lo que tienes que sentir y pensar. Ahí arruinaste la ficción. Si quieres hacer eso, escribe una memoria, escribe un manual, lo que quieras. Pero si es ficción y tienes algo que decir, va a salir entre líneas. No lo machaques al lector.

-Es importante el protagonismo del abuelo. Pero, por ejemplo, cuando habla del rigor que uno debe tener para escribir, dice:Esa disciplina se la debo a la estirpe de mi abuelo, ese viejo severo y maravilloso que me formó el carácter”.

-En mi vida fueron importantes los dos abuelos. Mi abuela murió joven, pero mi abuelo me crio. Yo viví en su casa hasta los once años y después volví a los dieciséis. Viví con él mucho, pero además lo visitaba todos los días. Yo era su nieta mayor y creo que me distinguía. Quiero pensar que yo era su favorita, anda a saber...

-¿Cómo lo recuerda, puntualmente?

-Era un viejo extraordinario, extraordinario. Fíjate que nació con una pierna más corta que otra, por un problema en la cadera. Y en aquella época no se operaba. Por lo tanto, siempre tuvo una pierna más corta que con los años. Y con la columna, que se le fue enchuecando, se acentuó más la distancia.

-¿Qué hizo? ¿Cómo se las arregló?

-Él mismo se fabricaba una plataforma de madera. ¡Imagínate el peso de eso, que se pegaba al zapato para poder caminar! Era tremendo.

-¿Y cómo lo sobrellevó?

-Ese hombre vivía adolorido, verdaderamente con dolor total, siempre. Y se lo pasaba sin una sola queja, con un vaso grande de gin puro y un puñado de aspirinas. Vivió hasta los noventa y nueve años.

-De ahí salió su modelo.

-Ese carácter duro, estoico, yo no lo tengo. Pero me ha servido mucho para no quejarme y no pedir nada, para hacer lo que tengo que hacer con toda responsabilidad y honor, como hacía él. Recuerdo que, de chiquita, me decía: no pida nada porque no se lo van a dar. Y fue una gran lección para la vida.

-Por eso, hablando de ese estoicismo, vale rescatar otra frase suya que dice: “Me ha costado mucho acostumbrarme a la felicidad de mi vejez. Ahora mi existencia es tan agradable que mi abuelo debe estar revolcándose en la tumba”.

-(Ríe) Exactamente.

-Tenemos la severidad del abuelo, pero también la locura de la abuela.

-Ese contraste era lo maravilloso. Mi abuela vivió su vida entera buscando explicación en el más allá, en los fenómenos paranormales, con una mesa de tres patas donde invocaban a los muertos, con las tres hermanas moras, que eran unas locas igual que ella, tratando de aprender telepatía.

-¿Qué otras excentricidades hacía?

-Le dio con que el idioma del futuro era el esperanto, que hoy no lo habla absolutamente nadie. Entonces, las tres hermanas moras y ella se comunicaban en esperanto, porque ése era el idioma del mañana. Ese tipo de cosas. Yo me crie con eso.

-En un entorno de fantasía, entonces.

-Esa abuela me dio un sentido mágico de la realidad, de que hay muchas dimensiones de la realidad; y que no es solamente lo que podemos ver y tocar y palpar y comprar lo que existe. Hay mucho más.

-Mucho de todo anima La casa de los espíritus. Usted dice: la excentricidad en mi familia proviene del lado de mi abuela Isabel, cuyo nombre llevo con orgullo.

-Esa era mi abuela Isabel, fantástica, legendaria casi. Yo tengo aquí la mesa del espiritismo. Del exilio, lo único que se salvó fue esa mesa. Es una mesa española pesada con cuatro leones de patas. Se necesitan dos personas fuertes para moverla. Según la leyenda, mi abuela la levantaba con un dedo. Anda a saber si fue verdad.

-¿Nadie pudo ratificar la leyenda?

-Creo que se fueron exagerando los cuentos a medida que se contaban y se volvían a contar. Y que tocaba el piano con la tapa cerrada.

-Maravilloso. Usted habla de sus maridos. El primero, Miguel, con quien no andaban muy las cosas en Venezuela. Después Willie, con quien se va a California. Roger, ahora. ¿Cómo ha sido eso de ir teniendo distintas vidas? Y menciona un hecho de infidelidad que le dolió mucho a su familia en Venezuela. ¿Cómo está esa parte íntima de su vida, Isabel?

-Muy buena, ahora, porque ya no me quedan hormonas. No ando haciendo estupideces. La infidelidad no se me pasaría por la mente y no le podría mostrar la celulitis a nadie (risas) Pero, de joven, claro, hice muchas tonterías.

-¿Alguna para arrepentirse?

-La mayor que hice fue enamorarme de un argentino. Me fui con él a España. Y dejé tirados a mis hijos, a mi marido y todo. Fue una brutalidad. Duró solo un mes y fue un desastre total que hirió a mi familia por mucho tiempo. O sea, una tontería que yo hice, ya que me fue imposible hacerla más breve. Tuvo unas consecuencias tremendas.

- ¿Y valió la pena por lo menos ese mes o no?

-¡No, por Dios! No valió la pena. Por eso terminó inmediatamente. Pero yo creo que yo tenía que sacármelo de adentro. Si no, me hubiera quedado con la idea de que perdí el amor de mi vida. Tú sabes las tonterías que dice uno.

- Sí, es cierto. Mejor haberse sacado la espina, ¿no?

-Claro, pero no pagué yo sola las consecuencias. Las pagaron mis hijos también.

-Hablando de los maridos, rescatamos este párrafo: “Mi madre decía que cuando algo no funciona hay que eliminarlo sin remordimientos. Se refería a ciertas piezas de ropa y a las amistades tóxicas. Yo lo aplico en la escritura y con los maridos”.

-(Risas) Bueno, a mí me cuesta mucho terminar una relación. No me cuesta nada empezarla, porque siempre estoy dispuesta a correr el riesgo. Pero terminarla me cuesta años.

-¿Cómo fue en cada caso?

-Con Miguel estuve veintinueve años. Con Willie, veintiocho. Y con Roger, yo supongo que nos iremos a morir juntos, porque ya no es tanto más lo que vamos a vivir. Pero yo le calculo, más o menos bien a un matrimonio, unos veinte años, máximo. Ya los otros ocho o nueve que me tocaron a mí, creo que ya estaban de más.

-Isabel, a usted siempre le preguntan por la mítica fecha del 8 de enero, que es cuando usted comienza sus novelas, no sé si es por cábala o por qué.

-Disciplina, disciplina.

-Pero ¿por qué el 8 y no el 9 o el 7?

-Porque el 8 empecé con La casa de los espíritus. En 1981 nos avisaron por teléfono que mi abuelo se estaba muriendo en Chile y yo no podía ir a despedirme. Y comencé una carta para él ese día, que después fue La casa de los espíritus.

-Que resultó ser “su” libro.

-Fue un libro tan afortunado y una cosa mágica lo que pasó con ese libro. Lo escribí hace cuarenta y cinco años y sigue dando bote, sigue siendo impreso en todos los idiomas. Entonces, por cábala, empecé el segundo libro en la misma fecha. Pero también en aquella época yo trabajaba administrando un colegio y ésa era época de vacaciones. Entonces, tenía tiempo.

-La casa de los espíritus puede ser para usted como Cien años de soledad para García Márquez. Ahora, le usted está como ofendida con el boom de los escritores latinoamericanos, porque dice que eran muy machistas.

-No es que fueran machistas, es que en el boom no hubo una sola mujer. ¿No te parece raro? Eran todos hombres y estaban todos conectados entre sí y se ayudaban y se recomendaban para premios, para editores, para qué sé yo. Tenían un gran respeto el uno por el otro y entre todos salieron adelante, ayudándose también.

-Eso está muy claro.

-Ninguna mujer estuvo incluida en ese club. Era el club de Toby. No estoy enojada con ellos, sino que es una realidad que las mujeres conocemos bien y que tenemos que vivir con ella. Porque esto que estamos hablando de la literatura se aplica en casi todos los campos de acción.

-¿En ese boom usted podría ubicar a don Jorge Edwards, a José Donoso, etcétera?

-Con José Donoso tuve una cierta relación epistolar más que nada, porque él vivía en Sitges y nos escribimos. Sí, con José tuve más relación que con Edwards.

- Claro. A Jorge Edwards tuve la suerte de conocerlo en Zapallar, en una muy linda velada.

-¡Qué lindo Zapallar, qué lindo!

-Ni hablar. Están con grandes problemas en este momento allí, pero sobre todo en la Serena con las inundaciones. Está bravo.

-Sí, sí. Pero Chile es un país de catástrofes, geológicas y políticas.

- Y Venezuela también. ¿Cómo sintió lo del terremoto? Usted que vivió bastante ahí.

-Me dio una pena infinita, ¡qué horror! Todavía están rescatando perros y gatos, una cosa terrible, terrible. Y el país no estaba preparado para eso, porque no es un país de terremotos. Además, toda la infraestructura está bastante fallada.

- ¿Qué siente por Venezuela y qué siente por Chile a esta altura? ¿Qué siente por esos dos países, que también han sido suyos?

-Chile siento que es mi país. He vivido la mayor parte de mi vida, casi toda mi vida afuera y muy poco tiempo en Chileél. Pero me siento chilena y amo Chile; un Chile idealizado porque, cuando voy, claro, me estrello contra la realidad, que muchas veces es diferente a lo que yo recuerdo, a lo que yo he inventado.

-¿Y Venezuela?

-Con Venezuela tengo una deuda de gratitud eterna, porque recibió a miles y miles de refugiados chilenos, argentinos y uruguayos. Llegaba gente de todas partes y había trabajo. Había alegría. Era un país abierto, generoso. Era maravilloso en muchos aspectos. Y, como ellos mismos decían, muy despelotao. Porque eera caótico en muchas cosas, pero tan amable en otras.

-Resulta lo valioso su rescate de Tomás Eloy Martínez, que fue quien la puso en contacto con la gran editora, Carmen Balcells, en Barcelona...

-Tomás Eloy Martínez venía pasando por Venezuela y se puso en contacto con mis padres, que eran exiliados chilenos. Ellos lo habían conocido en Argentina. Mi padre fue embajador en Argentina en la época de (Salvador) Allende. Y yo conocí a Tomás cuando tenía el manuscrito de La casa de los espíritus en un bolso y no sabía qué hacer con ese material. Yo nunca había escuchado hablar de agentes literarios y él me dio la dirección de Carmen Balcells.

-Usted dice que escribe en español y vive en inglés y que por lo tanto no tiene con quién hablar de sus libros. Es terrible eso, ¿no?

-Terrible pero bueno también, porque no me diluyo en conversaciones, como les pasa a muchos escritores y creativos, en general. Porque tienen una idea y la masajean contándosela a todo el mundo; y como todo el mundo tiene algo que decir, al final se diluye la angustia para escribir. Esa urgencia de llevar la idea al papel es necesaria.

-Dice que se siente más cómoda creando protagonistas femeninas porque conoce muy bien a las mujeres, y eso, para nosotros, es un gran enigma. ¿Cómo son las mujeres, Isabel?

-(Ríe) No sé, pero somos mucho más sentimentales, instintivas, emotivas e intuitivas que los hombres. Y eso nos permite ver las cosas de otra manera. Pero también, por la cultura y el mundo en que vivimos, las mujeres estamos a cargo de cosas que son muy básicas: la maternidad, la muerte; a cargo de cuidar, de proteger y de sembrar y de limpiar. Todas esas cosas nos dan una perspectiva diferente de la que los hombres tienen de la vida.

-¿Para qué está el hombre?

-Está ahí para proteger, para pelear y proveer, pero no está en la esencia misma de la vida, que es amamantar y cuidar, que es la vida entera. Los hijos crecen y se van; y las mujeres nunca dejamos de ser madres.

-Parece que nosotros somos más básicos. Hablando hace poco con un escritor catalán, decía que cuando se junta con sus amigos habla de generalidades. Para hablar de cosas profundas apela a las mujeres, a sus amigas. Como que hay otro nivel de relación, ¿o no?

-Creo que sí. Las mujeres se juntan y a los cinco minutos están contando cosas íntimas, están compartiendo. Mira, mi hijo Nicolás tiene un amigo con el cual sale a bicicletear. Van por Europa a través de los Alpes, acaban de volver de Noruega, etcétera. Ese tipo de amistad.

-¿Y qué pasa con ellos?

-Le digo: oye, ¿Alan es casado? No tengo idea, me dijo. ¿Cómo es posible que no sepas? ¿Pero ustedes de qué hablan? Entonces me dice: bueno, hablamos de la bicicleta. Pero nunca se le había ocurrido preguntarle si está casado, ¿no te parece raro?

-Somos básicos, definitivamente. Le hago otra pregunta, inevitable: hagamos de cuenta que estamos en Farenheit 451, la novela de Bradbury, donde se queman los libros. Y de todos sus libros, si usted quisiera rescatar uno, uno solo, ¿cuál sería?

- Paula, yo creo, porque en cierta forma mantiene viva a mi hija. Paula o La Casa de los Espíritus.

- Está bien, muy personales los dos...

-La casa de los espíritus, por lo que te dije. Le debo todo. O sea, si ese libro no hubiera tenido el éxito que tuvo y no hubiera pavimentado el camino para todos los que vinieron después, yo no estaría aquí conversando contigo. Estaría en el colegio, administrando un colegio o jubilada.

- O siendo periodista como nosotros...

-Pero no pude ser periodista en Venezuela, por eso terminé escribiendo.

En pocas palabras

  • Isabel Allende: la autora reveló en una charla con Radio Nihuil los secretos de su proceso creativo expuestos en su obra autobiográfica, La palabra mágica.
  • Proceso creativo: Allende explicó que el dolor y el conflicto son la materia de los libros, y que escribir sobre la tragedia de su hija Paula la salvó.
  • Profundidad: reflexionó sobre la vida, la obra, las emociones, sus amores, antepasados y la finitud de la existencia, dividiendo su vida en un antes y un después de la muerte de su hija.
Resumen generado por Thinkindot AI