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La Iglesia dio por cierto un milagro atribuido a Fray Mamerto Esquiú

El Congreso Ordinario de Cardenales, por voto unánime, aprobó todo lo actuado en relación con el milagro atribuido a la intercesión del fray Mamerto Esquiú, un nuevo paso hacia su beatificación y sólo resta esperar que el papa Francisco firme el decreto correspondiente.

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La Provincia Franciscana de la Asunción de la Santísima Virgen del Río de la Plata, confirmó la noticia y precisó que el milagro atribuido al fraile catamarqueño es “la curación, inexplicable científicamente, de una niña que padecía una afección de osteomielitis”, el que ya contaba con la aprobación de la Comisión Teológica de la Congregación para las Causas de los Santos, expedida el 24 de abril pasado.

Tras los juicios definitivos de los Consultores Teólogos e Historiadores, las conclusiones del promotor de la fe y la positio, y la resolución de los cardenales, ahora se propondrá al Santo Padre que se realice un decreto "sobre la santidad de esta persona”.

La Orden de Frailes Menores precisó que “si el Santo Padre, realiza el decreto mencionado, el venerable Siervo de Dios Fray Mamerto Esquiú sería reconocido como beato” e indicó que con esta declaración el pontífice permitiría “el culto público eclesiástico, aunque limitándolo a determinados lugares o familias religiosas”.

La Orden Franciscana, responsable de la causa, alentó a rezar para que el papa Francisco emita el decreto “tan esperado” por los fieles devotos de Catamarca, donde nació, se consagró y se hizo notoria su figura como religioso franciscano. También por los fieles de Córdoba, donde fue obispo aún recordado por su ministerio humilde, y de toda la Argentina e incluso de fieles de otros países.

Fray Mamerto de la Ascensión Esquiú nació el 11 de mayo de 1826 en la localidad argentina de Piedra Blanca en la provincia de Catamarca. Su madre le impuso el nombre de Mamerto de la Ascensión, en homenaje al día en que nació: San Mamerto y el misterio de la Ascensión del Señor, que ese año había caído el mismo día.

A los cinco años comenzó a usar, por intermedio de su madre, el hábito franciscano que no lo abandonó en toda su vida, como promesa de su delicado estado de salud. Ingresó al noviciado del convento franciscano catamarqueño el 31 de mayo de 1836, y al cumplir 22 años se ordenó sacerdote, celebrando su primera misa el 15 de mayo de 1849.

Desde joven dictó cátedra de filosofía y teología y también se dedicó fervientemente a la educación siendo maestro de niños, a lo cual dedicó mucho entusiasmo, además de fervorosas homilías. Desde 1850 dictó cátedra de filosofía en un colegio secundario.

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